viernes, 24 de junio de 2016

EPITAFIOS A Mr. CHIPS

            Algunos leyeron el libro Goodbye, Mr. Chips, de James Hilton. Otros quizá solo vieron alguna versión fílmica, como la protagonizada por Petula Clark y Peter O’Toole. Ofrezco aquí al personaje un humildísimo obsequio de dos epitafios latinos. El primero de ellos, en dístico acentual:

                        Ín libris existís, praecláre Anglórum magíster:
                             nón solum ín librís, ín mea ménte vigés.

                        Existes en los libros, preclaro maestro de los ingleses:
                             no solo en los libros, perduras en mi mente.  

            Y escribo estos dos, en metro trocaico acentual.

                        Ánglos díscipúlos dóces,
                        quí tibi ángelí fuérunt.
                        Ín eorúm memoria víves,
                        nóvus Hóratiús Británnus.

                        Enseñas a alumnos anglos,
                        que fueron para ti ángeles.
                        Vivirás en la memoria de ellos,
                        nuevo Horacio británico.

                        Plácuit míhi ptisána túa,
                        quám, ut díscipúlo, dábas.
                        Ptísaná fruébar cérte…
                        séd magís tua humánitáte.

                        Me agradó que me dieras el té,
                        como a un discípulo tuyo, que soy.
                        Me gustó tomar el té, sin duda…
                        pero más me deleita tu humanidad.

            En fin, quizás mis versitos te muevan a releer el libro o a ver las películas de Mr. Chips.

                                                                                                       JOHN SINGH
       




jueves, 29 de octubre de 2015


AUNQUE SEA EL MEJOR VINO

“Aunque sea el mejor vino
Juro que no tomo más,
Tampoco tomo de menos,
Con la misma cantidad”.

Glosa

Un desengaño me puso
La botella en el camino,
Más no dejo que me gane
“Aunque sea el mejor vino”.

Pensaba que a la botella
No dejaría jamás,
Yo mismo no me lo creo
“Juro que no tomo más”.

Parece que yo hago caso
Y a la vez no a los consejos,
Porque al final de las cuentas
“Tampoco tomo de menos”.

Es un cambio hacia lo mismo
Y es la cruda realidad,
Nadie toma más ni menos
“Con la misma cantidad”.

FANOR ORTEGA DÁVALOS


domingo, 14 de diciembre de 2014


LA VERDAD EN EL ARTE

 

Por JONATHAN GEORGALIS

 

 

Sépanlo Todos: este drama no es ni una ficción, ni una novela. All is true, es tan verdadero, que cada uno puede encontrar sus elementos en su propia casa, tal vez en su propio corazón. [Balzac, El tío Goriot]

 

 

El problema de la experiencia, conjuntamente con el de la “verdad” de la idealidad, no ha sido planteado con la altura merecida. Hemos escuchado divagues epistémicos, otros se han convertido en libros con títulos que en sí mismos representan un absurdo. No hace falta recordar aquél título tan taquillero que hablaba acerca de la mendacidad de las leyes científicas, aserto fundado, precisamente, en virtud de la idealidad de acuerdo a la cual se establece su formulación.

Pero ¿qué es la idealidad, al menos en ciencia? Por nuestra parte, no nos resignamos a encerrar el ámbito especulativo en las oxidadas tenazas de la racionalidad analítica o en los cerebros polvorosos que transitan los claustros académicos. La verdad resplandece en el arte, destella en la mente genial del creador, y abrasa la criatura caída hasta hacer de su alma toda una antorcha sagrada que consume, en su realidad esplendente, toda la vana escoria que consume la herrumbrosa substancia del curso cotidiano de nuestra vida.

La idealidad, en nuestro concepto, lejos de engañar, tiene la misión de manifestar. La idealidad, precisamente, lo que hace es desvincular los elementos enmarañados en la realidad concreta. Desarticula las fuerzas arremolinadas en el complejo juego de nuestro trato para con las cosas, desarma el remolino en su armado básico y su ordenamiento geométrico. Todo yace en todo, y una cosa en nuestro mundo refleja todo el universo. Por eso, el teórico, que quiere establecer fórmulas definidas referidas al ordenamiento simple de las cosas, debe trabajar con tipos ideales. Finalmente, éstos representan tipos simplificados, donde el juego de los principios se reduce a unos límites abarcables de interacciones mensurables. Una vez esclarecida la lógica, la inclusión de elementos puede tener lugar, con la conciencia plena de que todo en el cálculo científico tiende a la simplificación, vía la idealización, y que despreciamos las fuerzas intervinientes producto de infinidad de interacciones, precisamente porque su efecto no es significativo en relación a los fines perseguidos.

Falaz en el cálculo si se quiere, la idealización construye el armazón lógico, el esqueleto anatómico básico, que funda la fisiología de los seres concretos. La verdad resplandece a través del sueño y la idealidad que radiografía la verdad solamente puede ser reconstruida por el ojo visionario del artista. Así, la verdad ideal encuéntrase también, sobre todo, en el arte. Por eso sus creaciones trascienden las consideraciones superficiales, calando hondo en la naturaleza de las cosas. El fluir dinámico de las cosas se resuelve en capas de actividad, aquel que aprehende la matriz más honda domina el espectro y el contenido de la variación. Una vez allí, ¡qué nos importan las teorías o los detalles! Estamos de frente ante la realidad desprovista de todo atavío y ornamento, y cegados ante su humilde resplandor, comprendemos la belleza triste cantada por José Larralde:

 

¡Qué extraño fue todo, ya lo ves!

La vida que pasa…

Y en la más austera desnudez

Sobran las palabras.

 

En efecto, la palabra tosca del hombre de lo cotidiano no tiene cabida en estos campos, aparentemente tan yermos, donde puede sembrar la mano inspirada del artista, espigando los frutos más sabrosos y delicados. Balzac ha sido llamado vulgar, maestro de la brutalidad, genio creador que se solaza morbosamente en la degradación. Por nuestra parte, lo que nos subyuga sobre todo en su obra es su fuerza, al par de su clarividencia. La fuerza debe ser, a riesgo de no ser tal, intensa y clarividente. La naturaleza entera arde en su creación, sus personajes parecen encandilados por una voluntad enorme y ciega que los precipita a todos en el abismo común de la conflagración. La tragedia iguala las suertes de los héroes, los villanos, y de la masa anónima y más o menos despreciable que atraviesa la Comedia humana como un cortejo siniestro que se dirige hacia la tempestad, una tempestad de llamas. Y es con fuego, no con tinta, con lo que Balzac delinea los caracteres y el destino de sus personajes, con ese fuego que atraviesa la oscuridad, encendiendo un altar a la fatalidad de la noche, hasta que resplandezca finalmente el fuego aéreo del alba matinal.

La monomanía de sus héroes dirige el sino de los personajes, como una fatalidad inmanente. Finalmente, ésta crece, la personalidad pierde todo contorno, hasta convertirse en un receptáculo ciego, de esa potencia rugiente que busca su ocasión manifestadora. Por último, la potencia desbordante rompe el frágil receptáculo, un corazón se parte junto a los escombros del recipiente. El corazón late, finalmente, una última vez, desangrando la agonía que se lleva su último soplo de vida. Este es su testamento cruel, en el suelo, junto a las ruinas que contempla, se despide del mundo tortuoso con un último grito de locura.

La monomanía en Balzac, creemos, no es sino una operación por la cual los personajes expresan un tipo ideal. El mecanismo de las fuerzas convergentes, fuerzas opuestas que chocan, se debilitan y “transaccionan”, es esclarecido mediante la construcción de estos engendros. Los héroes en Balzac representan tipos puros. Grandet, el avaro que arrastra los aires plácidos de la provincia, arremolinando todos sus anhelos en oro. Vautrin, el diablo depurado e irredento, cuya potencia abisal conmueve las entrañas de la sociedad a la que desprecia. Finalmente, el mismo amor arrebata la vida a Goriot, amor desmesurado, ciego ante la ingratitud y la miseria de las hijas a las que había legado tantas riquezas.

El genio, calando hondo en la naturaleza de los seres en virtud de su potencia simpática, entresaca el misterio de las cosas, desarma el andamiaje de los caracteres y descubre el mecanismo de las pasiones. Balzac es, además de artista, un visionario de genio, un naturalista pero, ante todo, un zoólogo. Taxonomista genial, la jungla de la ciudad no lo arredra, con audacia viril se lanza a través de los laberintos de cemento, el París decimonónico, húmedo y mohoso encontrará al narrador que todos, en algún momento, quisimos para nosotros mismos y nuestras abrumadas almas, mucho más prosaicas.

 Ahora bien, si nuestra interpretación es correcta, ¿no debiera tener algún tipo de validación textual por parte del mismo autor? ¿No debiera el zoólogo Balzac incursionar en estas humildes faenas epistémicas? Balzac lo hace. No hace falta referir a su admiración por Cuvier, quien formuló los célebres principios de la paleontología. Ni tampoco a Saint Hilaire, quien formuló el principio de la unidad de composición. La concepción filosófica de Balzac, monista en metafísica, culmina, en lo epistémico, con una reflexión acerca de lo ideal y la relación que presenta con la realidad. En función de ello transcribimos este pasaje, transcripto, a su vez, por Jaime Torres Bodet en su biografía de Balzac y que refiere una charla entre éste último y el jefe de la policía Vidocq. El policía, tan astuto en cuestiones de pesquisas criminales, le espeta a nuestro novelista, no utilice su perspicacia eminente, casi visionaría, en el estudio de la realidad, como corresponde a un hombre de un siglo tan práctico como el XIX. Pero Balzac no es Conan Doyle (que, por otro lado, acabaría precipitado al espiritismo, fracaso del optimismo compartido con las desmesuradas esperanzas de todo un siglo), y le responde con la clarividencia y la madurez que, en sus raptos más felices, solamente le son dadas al genio:

 

“¡Ah! ¿Usted cree aún en la realidad? No lo hubiese imaginado tan candoroso... Vamos; la realidad somos nosotros quienes la hacemos… La verdadera realidad es este hermoso durazno de Montreuil. El que usted llamaría real surge naturalmente en el bosque… No vale nada: es pequeño ácido, amargo; no se le puede comer. Éste es el verdadero… El producto de cien años de cultivos, el que se obtiene… mediante cierto trasplante en un terreno ligero o seco y gracias a algún injerto; en fin el que es exquisito es el que hemos hecho nosotros; el único real. En mi caso, el procedimiento es idéntico. Obtengo la realidad con mis novelas como Montreuil obtiene la suya con sus duraznos. Soy jardinero en libros.”

lunes, 5 de agosto de 2013

CADÍCAMO Y DICE UN REFRÁN  (por FIDEL FAREZ)


Enrique Santos Discépolo supo decir que Enrique Cadícamo fue el más porteño de los poetas. Es cierto que sus letras describen Buenos Aires como ningún otro poeta lo ha hecho, porque sin nombrar taxativamente lugares –toda buena poesía debería sugerir más que decir– sus versos transportan inequívocamente al paisaje que evoca. Dice un refrán es un tango atípico, pero tiene el sello de sus autores, el ambiente en aquí es creado tanto  por Cadícamo como por Ángel D’Agostino, compositor de la música; aquí el paisaje será una calle cualquiera con el personaje caminando y recordando:

 

DICE UN REFRÁN

 

Dice un refrán y confieso,

que no es refrán pa' aliviarse:

"Cariño le toma el preso

a la reja de la cárcel."

Pero yo sé que eso nunca lograré,

acostumbrarme a tu ausencia no podré.

Vos estarás muy tranquila

en brazos de otro querer, y yo.

Estoy sufriendo lo mismo

por tu cariño, mujer,

estoy sufriendo lo mismo

que habrá sufrido la otra... ay sí...

cuando por vos la dejé.

Cuando por vos la dejé... y yo

tengo en el alma una hoguera,

no puedo más con tu amor...

Está bien que no me quieras,

pero dejar que me muera... ay sí...

es no tener corazón.

Es no tener corazón...

Por culpa de tus desvíos

hoy ando triste y enfermo;

por culpa tuya, bien mío,

hoy ya no como ni duermo...

Entre la vida y la muerte estoy, amor,

y este dolor de perderte es un horror...

Vos estarás muy tranquila

en brazos de otro querer, y yo...

 

 

 

Y ahora, mis comentarios:

 

Dice un refrán y confieso,

que no es refrán pa'liviarse:

 

Qué lindo y cierto es el refrán:  

"Cariño le toma el preso

a la reja de la cárcel."

Pero yo sé que eso nunca lograré,

acostumbrarme a tu ausencia no podré.

 

Y ahora viene el prejuicio del abandonado, que se hunde en su imaginación; quién sabe cómo estará la mujer:

Vos estarás muy tranquila

en brazos de otro querer, y yo...

 

Sigue una mezcla de remordimiento y reproche, suenan más que a dolor:

Estoy sufriendo lo mismo

por tu cariño, mujer,

estoy sufriendo lo mismo

que habrá sufrido la otra... ay sí...

cuando por vos la dejé.

 

El reproche se repite, suavemente y con un dejo de humor, no se advierten odio ni rencor, él sabe que es así como suceden las cosas:

Tengo en el alma una hoguera,

no puedo más con tu amor...

Está bien que no me quieras,

pero dejar que me muera... ay sí...

es no tener corazón.

 

En Cadícamo rara vez se ve el deseo de destrucción hacia la mujer que se fue; los versos que siguen le cargan a la labilidad amorosa de ella sus propios males:

Por culpa de tus desvíos

hoy ando triste y enfermo;

por culpa tuya, bien mío,

hoy ya no como ni duermo...

Entre la vida y la muerte estoy, amor,

y este dolor de perderte es un horror...

Vos estarás muy tranquila

en brazos de otro querer, y yo...

 

Y al final se debe repite la estrofa anterior:

Estoy sufriendo lo mismo

por tu cariño, mujer,

estoy sufriendo lo mismo

que habrá sufrido la otra... ay sí...

cuando por vos la dejé.

tengo en el alma una hoguera,

no puedo más con tu amor...

Está bien que no me quieras,

pero dejar que me muera... ay sí...

es no tener corazón.
 

Haciendo click aquí, se puede disfrutar este lindísimo tango:
 
 
 
FIDEL FAREZ 

lunes, 26 de noviembre de 2012

SOLAMENTE UN VERANO


SOLAMENTE UN VERANO



Si bien, como soy viejo, poco me acuerdo de tales cosas, el verano es estación favorable a los amores. El calor, el mar, la playa, las diversiones y saraos son propicios para los dardos de Cupido. Muchos de esos amores, tan rápido como llegaron, se fueron. Quiero detenerme aquí en algunos de esos amorcillos; a lo mejor no fueron tan pequeños, porque sus protagonistas más de una vez los recuerdan. Empezaré con el poeta argentino Alfredo Bernardi, quien en Cien sonetos (Buenos Aires, Proa Amerian, 2011, p. 97), publicó “Aquel verano”:


Verte de nuevo y estrechar tu mano,

sostenerla liviana y distendida,

fue reescribir mi historia preferida

con la tinta volátil del verano.


Tu luz naciente, hálito cercano,

duró un instante, titiló enseguida,

y al apagarse se cobró una herida

que hasta el momento disimulo en vano.


Nos dio el estío un relajado intento,

una tabla sedante y placentera,

un refresco que alivia mi lamento.


Pasaron años de beldad cautiva

que tu imborrable madrigal nutriera.

No me olvido de ti. Te llevo viva.


El poeta vuelve aquí al verano pero desde un rencuentro. Hubo quizás un encuentro casual con la hermosa y antigua amiga del estío. A propósito de esta palabra, quizás a algún lector le parezca afectado su uso: ya nadie habla así. Puede ser, pero a mí me gusta, porque me hace pensar más en mi viejo latín; y también en “Estío” de Juana de Ibarbourou: “Cantar del agua del río. / Cantar continuo y sonoro, / arriba bosque sombrío / y abajo arenas de oro.”


En los amores estivales suele haber epístolas. No sé si el poeta reminiscente y soñador ha pensado en ellas pero, en cualquier caso, está la idea bíblica del libro de la vida. Es así, pues volvió a trazar esos momentos que quizás conservaban cartas amarillas. A lo mejor el otoño de la vida mató los papeles, pero hay una tinta volátil que no se borra. La herida de ese amor no fue tan efímera como aquel verano sino que lo acompaña en su caminar. En los poetas no está mal mentir y quizás aquí nos diga una mentirilla. ¿Realmente disimula en vano? A lo mejor fue en algún momento su intención, porque pluma en mano recuerda entrañablemente aquellos días felices, que lo salvaron de sí mismo, como la tabla salva a un náufrago y lo lleva a islas felices de paz.


Y cuando dice “se cobró una herida”, inmediatamente pienso en el extraño tópico de las guerras de amor. Sí, porque amor es ternura y también milicia. Cierto poeta romano no quería ir a la guerra, pero sí libraba batallas de amor con su amada: ‘aquí soy buen general y soldado’ (Tibulo 1, 1, 75); “dolce campo di battaglia il letto”, decía el Tasso en La Gerusalemme liberata (15, 64). El poeta no tiene ahora los besos y los abrazos, pero sí conserva con orgullo las heridas profundas, que vuelven a sangrar.


En el penúltimo verso leemos “tu imborrable madrigal.” Interpreto que, más que referirse a uno creado por ella, se trata del inspirado por ella. En todo caso, la composición poética que se ha alimentado con el incesante recuerdo. La Academia nos dice que dicha voz designa a cierta composición amorosa breve, que combina heptasílabos con endecasílabos. Me es imposible omitir aquel que escribió Gutierre de Cetina en el 1500:


Ojos claros, serenos,

si de un dulce mirar sois alabados,

¿por qué, si me miráis, miráis airados?

Si, cuanto más piadosos,

más bellos parecéis a aquel que os mira,

no me miréis con ira,

porque no parezcáis menos hermosos.

¡Ay tormentos rabiosos!

Ojos claros, serenos,

ya que así me miráis, miradme al menos.


Sí, y es la misma voz que tantas veces escuché en Cuando ya no me quieras, de los hermanos mexicanos Miguel Angel y José Angel Díaz Mirón y González de Castilla, más conocidos como Los Cuates Castilla. Aunque tampoco me olvido de la versión memorable de Tito Rodríguez. Así decía una parte de la canción: “Sé que ya no me quieres, me lo han dicho tus ojos. / Seguiré por la ruta, que no tiene final. / Seguiré siempre, siempre, partiré sin enojos / y mis labios sin penas cantarán un madrigal.”


La música italiana de los ’60 todavía tiene vigencia, porque algunos de sus éxitos han sido reeditados por cantantes actuales. Como ejemplo damos Il mondo, tema del cual tiene una versión Sergio Dalma. También, Che sarà?: hay hasta una versión argentina. Pero los de mi generación recordamos muy especialmente a la bellísima Claudia Sánchez, quien paseaba su figura ante un fondo de mar y playa al son de Abbronzatissima (música de Edoardo Vianello y letra de Carlo Rossi).


Abbronzatissima

sotto i raggi del sole,

come è bello sognare,

abbracciato con te.

Abbronzatissima

a due passi dal mare,

come è dolce sentirti

respirare con me.

Sulle labbra tue dolcissime

un profumo di salsedine

sentirò per tutto il tempo

di questa estate d’amor.

Quando il viso tuo nerissimo

tornerà di nuovo pallido,

questi giorni in riva al mar

non potrò dimenticar.


En esta canción el poeta está en el presente pero se proyecta al futuro. Vendrá el tiempo –dice a su bronceada niña– en que perderás la color y no estaremos juntos, pero mi ánimo conservará tu imagen. La gramática de la vida conjuga a cada instante el verbo pasar: según pasan los años, cambian también gustos y vivencias. Pero en el reino del corazón están vivas muchas cosas. Sé que algunos veranean en la montaña; otros, en el campo. Pero a mí me parece que una estate sin playa y mar es incompleta. Entonces, para mi gusto, el poeta tuvo lo mejor: besos y abrazos, junto al mar, de una chica piel canela y sapore di sale.


Leamos por último Mocosa, música de Atilio Stampone y letra de Andrés Marcelino Lizárraga. La versión más conocida es, si no me equivoco, la de Roberto Goyeneche. No puedo probar lo que digo, pero estoy seguro de haber escuchado otra por The Jazz Singers, conjunto casi olvidado hoy, pero sobre el cual se puede obtener todavía alguna que otra información (http://rockolafree.com.ar/JazzSingers.htm).


Difícil es andar las calles sin tus pasos,

difícil es cruzar la plaza sin tus manos;

ni las calles ni las plazas ni los barrios

tienen vida sin ese sol de tu verano.

Verano, mocosa que trajiste luz de playa,

verano, por una inmensidad de mar.

Mocosa, fuiste sol por las arenas

quietas, dormidas que me ayudan a soñar.

Verano, mocosa y tu manera inmaculada,

verano con la polaridad del mar;

mocosa, fuiste ruta en la distancia,

la fuerza impulso que me ayudas a cantar.

¡Qué fácil es andar las calles con tus pasos

¡Qué fácil es cruzar las plazas con tus manos!

Y a las calles y a las plazas y a los barrios

canto más con ese sol de tu verano.


No tengo más para decir, pues este tango es para mí una síntesis. Los amores de estudiante y los amores de verano son flor de un día. Quizás, pero no debemos confundir el amor real con el de la memoria. Lo de real es manera imperfecta de denominar: ¡como si el recuerdo no fuera vivo y perdurable! En Mocosa nuestro protagonista camina todos sus lugares alumbrado por el sol de esa joven. Es sol y ruta en este caminar. Y no es fardo pesado la nostalgia. Al contrario “fácil es andar.” Es incluso inspiración poética: “canto más con ese sol de tu verano.”


Raúl Lavalle

martes, 17 de enero de 2012

LAS DESPEDIDAS DE AMOR

LAS DESPEDIDAS DE AMOR (MOTIVO CLÁSICO EN LA CANCIÓN POPULAR)

RAÚL LAVALLE

La literatura muchas veces nos obsequió con escenas de despedidas. En estas líneas comentaré algunos ejemplos conocidos, que proceden de la literatura y de la canción popular. Y empiezo por la literatura clásica. En efecto muchos han leído los versos que Virgilio dedica a la despedida de Dido y Eneas (Eneida 4, 296-396). Cuando el héroe troyano se dirige a Italia (hago una muy breve síntesis), debe sobrellevar muchas pruebas, una verdadera odisea, antes de llegar a destino. Uno de sus puntos de detención es Cartago. Allí reina Dido, quien no mucho antes debió huir de su ciudad natal, la fenicia Tiro, y fundó en el norte de África esa urbe que sería poderosísima y además rival de Roma. Los dioses, para recomponer la flota y gastadas fuerzas de Eneas, hacen que la reina se enamore de él. Y ambos vivieron un amor cartaginés, que debía sin embargo tener fin. En efecto el dios Mercurio se aparece a Eneas y le ordena retomar su camino hacia Italia. Por más que Eneas trata de mantener, al menos por breve tiempo, a escondidas de la reina su decisión de partir, esto no le pasó desapercibido, pues dolos praesensit (‘presintió el engaño’); en efecto pregunta el poeta: quis fallere possit amantem? (cf. 4, 296-297). Queda entonces mencionado un elemento de este relato, la percepción de los enamorados: ‘¿quién podría engañar a un amante?’ El texto latino y mi traducción tienen más de un sentido posible, pero está claro que aquí significa que Eneas, por más que quiera, no puede sustraerse a la percepción de su amante (no significa: “¿quién tendrá la bajeza moral de engañar a un amante?”).

Dido –es comprensible– reprocha a Eneas ingratitud. No te retienen –dice más o menos– mi amor ni la diestra que te di antes. Te apresuras a navegar incluso en invierno y no piensas en el estado en que me dejas. Todo lo abandoné por ti, incluso mi pudor. Ahora sí citamos, en traducción nuestra: ‘Si al menos, antes de partir, hubiera recibido / una progenie de ti; si algún pequeño Eneas, / que te llevara en el rostro, jugara en el palacio, / no parecería del todo vendida y abandonada’ (4, 327-330). Confieso que nunca entendí bien este pedido. Hay varias explicaciones: una es que Dido es una mujer que está perturbada por su amor y, por tanto, está más expuesta a decir cosas no sensatas. En mi pobre opinión, el vástago habría sido más bien recuerdo de una traición, no tanto de buenos momentos. Y hay una razón literaria. En efecto en Apolonio de Rodas, autor griego del s. III a. C., Hipsípila, reina de la isla de Lemnos, se despide de Jasón (recordemos que este era el jefe de los Argonautas) y le manifiesta su deseo de ser madre. Quiere decir, no le pide un hijo sino, como ya han tenido trato, anhela el regreso de él, ‘si los dioses me concedieran dar a luz’ (Argonáuticas 1, 898). Jasón en su respuesta pide a Hipsípila que, si el destino dispone que él vuelva a la Hélade y que ella engendre un hijo varón, lo envíe una vez crecido a Yolco, patria del héroe, para que sea remedio en las necesidades de sus abuelos, los padres de Jasón (cf. Argonáuticas 1, 904-909). Recordemos que Virgilio no solo pretende dar gloria literaria a la Eneida emulando a Homero: también rinde homenaje a otro poetas griegos.

Otras despedidas hay en el mundo clásico. Por ejemplo la de Ovidio cuando fue desterrado de Roma y se acuerda de la noche de su partida, de cómo vio por última vez su casa y su mujer (cf. Tristes 1, 3). O la del poeta romano Tibulo, que iba a la guerra y se despedía de su amada Delia (cf. Elegías 1, 3). Y más famosa aún es, en Homero, la despedida de Héctor y Andrómaca: si bien el héroe troyano no se va lejos, se va al campo de batalla, donde no mucho después encontrará la muerte a manos de Aquiles (cf. Ilíada 6, 404 ss.). Pero dejaremos esos célebres encuentros clásicos y también otros muchísimos de las literaturas modernas. Me quedo nada más con unos ejemplos de la canción popular. Empiezo por Jamaica Farewell, de Erving Burgess, muy recordada sobre todo, creo yo, por la versión de Harry Belafonte. El texto lo tomo de: http://www.arlo.net/resources/lyrics/jamaica-farewell.shtml:

Down the way, where the nights are gay,
and the sun shines daily on the mountain top,
I took a trip on a sailing ship
And, when I reached Jamaica, I made a stop.

But I'm sad to say, I'm on my way;
won't be back for many a day;
my heart is down, my head is turning around:
I had to leave a little girl in Kingston town.

Sounds of laughter everywhere
and the dancing girls swaying to and fro.
I must declare that my heart is there,
though I've been from Maine to Mexico.

Down at the market you can hear
ladies cry out, while on their head they bear
akie rice and salt fish is nice
and the rum is good any time of year.

Burgess nació en 1924 en Brooklyn; es autor de varias canciones (cf.: http://answers.yahoo.com/question/index?qid=20061005111927AAQLnzu). Como no domino el inglés, acude en mi ayuda la Red: “Akie (or akee) rice is a Jamaican dish made from rice plus the fruit of a special tree called akee that grows in the Caribbean” (http://www.cstone.net/~bcp/4/4MMusic.htm). En efecto el yo poético en esta atmósfera tropical recuerda con afecto cosas típicas de su tierra, porque se tiene nostalgia también –y mucha– de lo pequeño. Tal vez esas beldades que ágilmente ondean sus miembros le hacen revivir aquella otra a la que una vez dijo adiós, al brillo del tramontar del sol o a la luz de la luna sobre el mar.

Un beso y una flor, el conocido tema romántico que cantaba Nino Bravo, fue compuesta en 1972 por José Luis Armenteros y Pablo Herrero. Copio la letra de la página oficial del cantante (http://www.ninobravo.net/). No sé si ambos compositores hicieron letra y música o cada uno de ellos una cosa.

Dejaré mi tierra por ti,
dejaré mis campos y me iré
lejos de aquí.
Cruzaré llorando el jardín
y con tus recuerdos partiré
lejos de aquí.
De día viviré
pensando en tus sonrisas;
de noche las estrellas
me acompañarán.
Serás como una luz
que alumbre mi camino;
me voy pero te juro
que mañana volveré.

Al partir, un beso y una flor,
un te quiero, una caricia y un adiós.
Es ligero equipaje para tan largo viaje;
las penas pesan en el corazón.
Más allá del mar habrá un lugar,
donde el sol cada mañana brille más.
Forjarán mi destino las piedras del camino;
lo que nos es querido siempre queda atrás.

Buscaré un hogar para ti
donde el cielo se une con el mar,
lejos de aquí.
Con mis manos y con tu amor
lograré encontrar otra ilusión
lejos de aquí.

Las palabras de esta bella canción subrayan, más que el momento de la partida, lo que nuestro protagonista se lleva después de ella: besos, sonrisas, lugares; en fin, recuerdos. Ahora bien, no será meramente recuerdo sino que deviene luz, semejante a las estrellas, a las Osas que guiaban el navegar de griegos y fenicios. Y otra imagen tradicional, la de las piedras del caminar, se suma a las anteriores, en natural armonía. De modo que, si bien es real la tristeza del adiós, hay también la gozosa esperanza de otra vida, que una los afectos de antes con los del mañana. El ámbito ideal de ella es el de siempre: “un hogar para ti.” Ahora hago una rápida pasada por el Festival di Sanremo; precisamente por Sergio Endrigo, quien en 1967 compuso y presentó allí Dove credi di andare?

Dove credi di andare,
se tutti i tuoi pensieri restano qui?
Come pensi di amare,
se ormai non trovi amore dentro di te?
Con tante navi che partono,
nessuna ti porterà lontano da te.
Il mondo, sai, non ti aiuterà,
ognuno al mondo è solo come te e me.
Dove credi di andare,
se il tempo che è passato non passerà mai?
Povere le tue notti,
se tu le spenderai per dimenticare.
Il mondo non è più grande di questa città;
la gente si annoia ogni sera, come da noi.
Dove credi di andare,
se ormai non c’è più amore dentro di te?

El poeta se pone en consejero en este adiós. Advierte en efecto a su bambina que sus afectos interiores, aun cuando ella partiera, seguirían en el lugar de origen, donde el pasado todavía es fuerte. Además es doloroso el tiempo que se consume en el olvido. Pero otro adiós famoso es el cantado por Sergio Denis, Te llamo para despedirme, tema de Francis Smith. En él el poeta parece sentirse fuerte, pero las lágrimas evidencian la persistencia del sentimiento:

Te llamo para despedirme,
pues hoy me alejo de tu vida.
Lo nuestro nunca tuvo sentido;
te quise y fue tiempo perdido.
¿Por qué, por qué?
No sé por qué estoy yo aquí,
llorando por ti,
Si ya te olvidé.
Te llamo para despedirme;
me voy no sé dónde ni cuándo;
ahora puedo serte sincero:
te quise pero ya no te quiero.

Y nunca está mal terminar con el tango. El último café, con música de Héctor Stamponi y letra de Cátulo Castillo, es para mí la despedida más triste. Pero hay otro que también cantaba Julio Sosa, No nos veremos más, con música de Luis Stazo y letra de Federico Silva; aprovechamos para ello el servicio del sitio TODOTANGO (http://www.todotango.com/english/las_obras/letra.aspx?idletra=2021).

De pronto ya todo
quedó sin paisaje,
la nube que vuela,
el tiempo de amar.
Y supimos tarde
cuál es el mensaje
para dos que tarde
quisieron soñar.
Tu luz de verano
me soñó en otoño
y yo te agradezco la felicidad.
No puedo engañarte,
mi adiós es sincero,
tú estás en enero, mi abril ya se va.

¡Adiós!
Es la manera de decir ya nunca.
¡Adiós!Es la palabra que quedó temblando.
¡ay!, en el corazón de la partida.
¡Adiós!,espina fina de la despedida.
¡Adiós, amor!
¡No nos veremos más!

Los sueños perdidos
me duelen ahora,
cuando ya no es hora
de querer soñar.
Y un niño que llora soy
yo mismo entonces,
buscando el juguete que no ha de encontrar.
Tu azúcar amarga
se me entró en las venas,
me encendió la sangre
hasta el corazón.
Pero no te engaño,
mi adiós es sincero,
tú estás en enero,
mi abril ya pasó.

Este tango de aires de bolero se complace en citar cosas huidizas de la naturaleza: nube, tiempo, estaciones. También son frecuentes en las despedidas la palabra interrumpida y un dolor profundo y punzante. Y la pérdida del amor evoca también otras ausencias: tales, la niñez, los sueños y la felicidad pasada. En suma, es un tema que no innova casi nada en los contenidos, pero me agrada en su correcta simplicidad. Se podrían citar infinitos textos de despedidas, pero basta con los poquitos que trajimos aquí.


“Partir es morir un poco”, se dice. Esa es la fórmula que sintetizó el escritor francés Edmond Haraucourt, quien murió en 1941 y ni siquiera fue un nombre para mí; por lo menos hasta que en la Red aprendí que era el autor de “Chanson de l’adieu (http://fr.wikipedia.org/wiki/Edmond_Haraucourt#Rondel_.C3.A0_l.27adieu). Creo que mostré en este escrito que partir es morir, pero también es vivir e ilusionarse, a pesar del dolor. No obstante, me parece que es bueno leer, como modo de terminar, a Haraucourt, pues en él se menciona ‘el último verso de un poema.’ Sin duda la poesía y el canto mitigan y ensalzan el dolor de la ausencia. Además en el adiós, como dice la última estrofa, se siembra el alma; y esa siembra dará también su mies.

Partir, c'est mourir un peu,
C'est mourir à ce qu'on aime:
On laisse un peu de soi-même
En toute heure et dans tout lieu.

C'est toujours le deuil d'un vœu,
Le dernier vers d'un poème;
Partir, c'est mourir un peu,
C'est mourir à ce qu'on aime.

Et l'on part, et c'est un jeu,
Et jusqu'à l'adieu suprême
C'est son âme que l'on sème,
Que l'on sème en chaque adieu:
Partir, c'est mourir un peu.

RAÚL LAVALLE

domingo, 18 de septiembre de 2011

CUÁNDO UNA PALABRA ES LUNFARDA

CUÁNDO UNA PALABRA ES LUNFARDA

DANIEL ANTONIOTTI

Hace más o menos 100 años, Ferdinand de Saussure, el padre de la lingüística moderna, enunció un postulado que pasó a figurar en la bolilla I de todos los programas de la materia. El aserto en cuestión sostiene que “el signo lingüístico es arbitrario e inmotivado”. Es decir que no hay ninguna razón lógica o natural (más allá de lo histórico etimológico) que haga que para denominar un objeto equis, por ejemplo una ventana, una colectividad de hablantes de una misma lengua la llame, precisamente, “ventana”, otra colectividad de hablantes de otra lengua: “window”; otros, “fenêtre” y así sucesivamente.
No hay algo intrínseco en los términos de una lengua que haga que la sucesión de sonidos (técnicamente fonemas) que componen una palabra resulte más idónea o más justa para designar todos los significados de un idioma. Los cuatro fonemas (sonidos individuales) de la palabra “amor” no son ni más ni menos apropiados que los tres sonidos (graficados en cuatro letras al momento de escribirse) de la palabra inglesa “love”, para aludir a lo que se alude cuando un hispano parlante o un angloparlante, respectivamente, la emplean en su discurso.
Esta arbitrariedad que hace que un colectivo social de manera inmotivada y también, y esto es muy importante, inconsciente, atribuya significados a cierto sonido, o sucesión de éstos, resulta de plena aplicación a cuestiones que hacen al uso de los registros formales o informales en una misma lengua.
Por ejemplo, si yo dijese que “mi laburo es la educación”, connotaría algo diferente que si dijera que “mi métier es la educación”. La denotación es más o menos la misma, pero en el primer caso, con el italianismo “laburo” le doy un aire reo a mi enunciado y en el segundo, con el galicismo “métier”, la impronta será por cierto más protocolar y hasta distinguida.
Seguramente, si estuviese dando una conferencia en un congreso docente llamaría más la atención del auditorio diciendo “laburo” en vez de “métier” o del más estándar “trabajo”, ya sea para cosechar objeciones por la excesiva informalidad de la palabra pronunciada en un marco de cierta solemnidad. Aunque también podría recibir elogios, por la misma razón.
Ahora bien, por qué “laburo” integra el corpus lunfardesco y “métier” suena hasta medio pituco es por la arbitraria atribución de connotaciones de una colectividad lingüística. En el caso, tales atribuciones (arbitrarias e inconscientes) corresponden a los hablantes de español de la variedad dialectal rioplatense, en especial, tal como se ha dado esa variedad en los grandes centros urbanos.
Se podría decir, con razón, que “laburo” se asocia con la masiva y populosa inmigración itálica y que “métier”, por ser una voz francesa, lengua privilegiada por nuestra aristocracia desde la generación del ’80 y hasta hace algunas décadas, se vincula, por el contrario, con cierta exquisitez cultural. Esas atribuciones de sentido son exteriores a la lengua, cuestiones histórico-sociales, a veces muy caprichosas, llevan a que un vocablo, un modo de pronunciar, un giro sintáctico reciban una aureola de distinción o una impronta de vulgaridad.
Después de Saussure, la sociolingüística y una disciplina que pretendió superar a ésta, la sociología del lenguaje, se impusieron determinar el valor simbólico que las variaciones de una lengua poseen para los hablantes. En alguna situación, podemos referirnos a un mismo sujeto diciendo viejo, anciano, persona mayor, persona de la tercera edad o “jovato”. Cada una de esas expresiones arrastra una carga simbólica que sonará, según fuere la fórmula elegida, respetuosa, irrespetuosa, simpática, rebuscada, etc. Pero sonará así por convención, no porque “jovato” venga ab initio con la marca de informalidad o “tercera edad” con la patente de afectación. Inconscientemente una colectividad acuerda la atribución de sentidos y connotaciones, como si fuese un “contrato social”. Al respecto, nunca creí que fuese casual que el positivista decimonónico Saussure, el ya citado padre de la lingüística moderna, fuese un suizo ginebrino, como el dieciochesco Jean Jacques Rousseau. La comunidad política y la comunidad lingüística de manera implícita, sin manifestarlo expresamente –ni de viva voz, ni por escrito, ni firmándolo en un papel–, acuerdan lo atinente al orden social, y dentro de lo social también se encuentra el orden de la comunicación.
El norteamericano Joshua Fishman, creador de la sociología del lenguaje, explicaba que en algunas comunidades, en la evolución de su idioma, hubo voces de gran prestigio social y académico que luego cayeron en desuso en esos ámbitos y pasaban a integrar el léxico de los iletrados. Inversamente, variantes propias de los estratos de más baja educación podían evolucionar hasta el vocabulario de los sectores de más alto rango social. Ya Horacio en Epístola a los Pisones sentenciaba:

Volverán a estar de moda palabras ya en desuso
y caerán en desuso palabras actualmente en uso.

Lo cual nos lleva a inferir que no hay nada de metafísico en una lengua. Ni en sus significados primarios o denotados, o bien en los connotados, metafóricos o retóricos en general. Vaya otro ejemplo: el anteponer un artículo al nombre propio de una persona, “el José”, “la Susana”, indica en Buenos Aires la pertenencia a un sector socioeducativo bajo. En las provincias del noroeste de nuestro país, me consta que ese uso es muy frecuente en la clase alta y lo emplean profesionales y académicos, sin el menor prejuicio. No sería extraño que, por el peso cultural que tiene todo lo que proviene de Buenos Aires en el interior, en algún momento este hábito se pierda en los sectores encumbrados de esas sociedades provincianas y que resulte un quemo, como diría Landrú, referirse a alguien como “el Ernesto” o “la Rosa”.
Es, entonces, el uso, ese gran legislador anónimo de las lenguas, el que lleva a que una palabra se inserte dentro de la categoría de lo marginal o de lo prestigioso. Habrá que determinar diacrónicamente, es decir, a lo largo de la historia de un idioma las razones sociales, exteriores al sistema lingüístico por las que se canoniza o se demoniza una expresión. Pero insisto, no hay metafísica en las lenguas y, de añadidura, no hay tampoco una metafísica en el lunfardo.
Una palabra es lunfarda conforme la percepción que el entorno sociolingüístico le dispensa. Poco tiene que ver lo etimológico en esta cuestión. Esa expresión debe oponerse a otra que podríamos clasificar como correcta o como perteneciente a la lengua estándar. ‘Faso’ es voz lunfarda porque se opone a cigarrillo. La lunfardía le viene de afuera hacia adentro.
El otro aspecto crucial para darle entidad lunfarda es que tenga una relativa exclusividad de uso frecuente, en su origen, al menos, en el ámbito del español dialectal porteño o más genéricamente rioplatense. Es claro que a medida que nos alejamos de las fronteras argentinas, y si se quiere uruguayas, la citada palabra ‘faso’ dejará de ser comprendida.
Hay una tercera exigencia y es la de la perdurabilidad de la palabra en cuestión, más allá de modas o coyunturas.
Hechas estas salvedades, y por ejemplificar con alguna de los términos sugeridos en la consigna, “trapito” se opone a cuidacoches o a cuidacoches informal o ilegal. Se utiliza solamente en Buenos Aires y a lo mejor en otros centros urbanos de la Argentina, pero no mucho más allá.
Por lo tanto, solo le faltaría, para constituirse como lunfardismo sostenerse en su uso. Si así ocurriere, no dudo de que un diccionario lunfardo de 2020 habrá contemplar esa flamante expresión. Sería ésta una de las palabras que un trabajo presentado en las jornadas académicas de 2002, definió como lunfardo consolidándose. El gerundio indica una situación en proceso.
“Trapito”, y a lo mejor hay algunas decenas de términos en esa situación, se está cocinando lentamente como palabra lunfarda. A lo mejor se apaga el horno y quizás al enfriarse pase de moda. Pero mientras el empleo habitual que de ella haga que la colectividad hablante porteña le siga dando calor, se consolidará como lunfardismo.
Alguna vez, frente a esa pregunta metafísica que siempre se formula respecto de ¿qué es el tango?, le escuché responder a nuestro presidente que “el tango es lo que la gente dice que es”.
En un sentido, no idéntico, pero sí análogo, considero que las palabras serán lunfardas o no según el uso, generalmente inconciente, que el hablante porteño le dé a esa voz, inentendible para un hispanoparlante de lejanas geografías, sabiendo que hay otra expresión sinonímica correcta, pero sin duda menos elocuente para la intensidad o el énfasis afectivo que se pretende transmitir.

DANIEL ANTONIOTTI

miércoles, 14 de septiembre de 2011

A NUEVOS DISCÍPULOS DE LATÍN

A NUEVOS DISCÍPULOS DE LATÍN

Martin Freundorfer es un poeta latino actual. Nació y vive en Austria y usa el nombre literario Martinus Zythophilus (el apellido romano significa ‘amante de la cerveza’). Enseña latín en su patria y, próximo ya a comenzar un nuevo curso anual, envió a algunos de sus amigos este poema.

Vos, quibus est, pueri, discenda Latina, saluto,
lingua, et, uti uobis fiat amica, rogo.
Hunc docuit populos sermonem Roma subactos,
nam ferrum fuerant uerba secuta ferum.
Hunc patrium loquitur sermonem Europa superba,
Romae cum ruerint moenia celsa diu.
Noscite Romanos et magnam noscite Romam
et quidquid cecinit Musa Latina uiris.
Omnia deposito monstrabunt scripta timore :
pergite, inite nouam me comitante uiam.

[Os saludo, discípulos que aprendéis la lengua
latina, y os ruego que sea ella vuestra amiga;
ella, que fue enseñada por Roma a los pueblos
sometidos, pues las palabras siguieron al duro
hierro. La soberbia Europa la habla como lengua
propia, aunque hace tiempo los muros de Roma
cayeron. Conoced a los romanos y a la excelsa
Roma y cuanto cantó la Musa latina a sus varones.
Todo esto mostrarán los escritos, si dejáis el temor.
¡Adelante! Os acompañaré en este nuevo camino.]

Todos, antes de empezar cualquier año académico, nos preguntamos cómo serán nuestros alumnos, cuáles dificultades enfrentaremos… Aquí Martin se dirige a discípulos a quienes no conoce (y que naturalmente no podrán entender al principio sus versos), a los que enseñará cosas no sencillas. Hoy parece que esto es más difícil que nunca, pero es bueno tener una mirada positiva: hablar de lo que conseguiremos, no solo de cuánto esfuerzo nos demandará algo. Por eso el deseo de que ellos se amiguen, que empiecen desde el inicio a amar la lengua de Roma. Motivos para ello: varios, pero nuestro poeta da algunos. Es la lengua de un antiguo imperio, pero es superadora del mismo. En efecto aunque los muros de la antigua Urbe cayeron (solo una parte, con gran esfuerzo reconstruida, se conserva hoy), aunque solo hay reliquias materiales de su fasto lejano, su lengua es señora de Europa y de sus hijos, esparcidos (‘sembrados’, diríamos en griego) por toda la tierra. La gran tarea del maestro de la lengua del Lacio, la cual es instrumento básico para el conocimiento de la ‘soberbia’ civilización europea, es la de ser como un Hermes, un psicopompo, guía de las almas. Nunca nos libramos del todo del temor, pero podemos animarnos a emprender un camino fecundo.

Radulfus

lunes, 18 de abril de 2011

CONVIENE SABER LA PRONUNCIACIÓN ECLESIÁSTICA

Cada lugar tendrá su propio uso pero creo que la pronunciación clásica, también llamada restituida es la que predomina en el uso académico. En cambio la llamada eclesiástica, o también romana, queda confinada a los seminarios o a algunas instituciones de la Iglesia que enseñan latín atendiendo principalmente a la Biblia latina y al latín cristiano. Incluso las universidad y profesorados católicos, cuando enseñan latín en carreras como Letras y Filosofía, suelen emplear la restituta. Me parece muy comprensible esto pero creo que conviene enseñar las dos pronunciaciones; intentaré mostrarlo en estas líneas. Trabajo en más de un lado pero ahora me refiero a mi labor docente en el Colegio Santo Tomás de Aquino, de la Ciudad de Buenos Aires. Allí tengo alumnos que han hecho cursos anteriores de latín y leen al modo clásico. Sin embargo les aclaro que les enseñaré también la pronunciación romana. En efecto, cada vez que copio una oración en la pizarra, la leo primero ad modum restitutum y luego ecclesiastice. No me toma mucho tiempo sino que sobre la misma lectura les indico las diferencias. ¿Por qué no hago esto mismo en lugares no eclesiásticos? Simplemente porque pienso que algunas personas sectarias me atacarán y dirán que enseño el catecismo. Quienes crean que tal prevención es exagerada, muy probablemente tengan razón. En primer lugar, hay expresiones que se conocen más al modo romano que al modo clásico. Tales, Via Crucis y sui generis. En realidad la segunda más bien tiene un problema de acento, pues los que la usan no suelen conocer el carácter bisílabo del posesivo. Tampoco es común oír vade retro con v al modo clásico. Y la Academia hace tiempo incorporó vademécum: nunca pensó en algo como uademécum (no hace falta aclarar que no existe tal palabra). Otro punto fuerte es que, como bien sabemos, las lenguas románicas provienen del latín hablado, no del latín clásico. En todo caso, el latín escrito suministra infinidad de cultismos. Pues bien, la pronunciación eclesiástica guarda más similitud con el sermo vulgaris que la clásica. Si empezamos con la u semiconsonántica, que se suele escribir v, ninguna lengua moderna dice uino, sino vino; se dice verso y no uerso, vulgar y no uulgar, vario y no uario. Volviendo a sui generis, el modo que siguen otras lenguas romances para la g es como la eclesiástica y no como la clásica. Nuestro gente se pronuncia distinto en italiano (gente), francés (gens) y portugués (gente). En cuanto a la c, el modo romano no nos ayuda para portugués y francés, pero sí para italiano (como en certus y certo); y también guarda similitud con el rumano: pacem y pace, ‘paz.’ Vamos ahora a gn. La pronunciación eclesiástica para este grupo coincide con italiano y francés: pugnus en latín romano tiene se lee igual que el francés poigne y que el italiano pugno. Si hablamos del diptongo ae, hay que recordar, sin meternos en una clase de fonética histórica, que se pronunciaba e, que es justamente lo que hace la Iglesia. Foedus, ‘feo’, taeda, ‘tea’, y laetitia, como nombre italianizado de la Princesa de España, son ejemplos de que nuestra lengua prefiere el modo romano. Por fin, para terminar repitamos que se trata de sumar, no de restar: incluso en los lugares donde se enseña la ecclesiastica conviene que sepan los principios de la restituta. No sé si hay un latín mejor que otro, pues todos los latines tienen tradición y cultura ; son eternos como la Urbe que los crió. RADULFUS

domingo, 28 de noviembre de 2010

LAS CAMPANAS Y UN POEMA DE LUCIANO MAIA

LAS CAMPANAS Y UN POEMA DE LUCIANO MAIA

Más de una vez escribí sobre un amigo. Luciano Maia, brasileño de Fortaleza, es poeta, ensayista y traductor. Pero se yergue además como una columna de la latinidad perenne, pues conoce el latín y varias lenguas romances, incluso el rumano. Es Cónsul Honorario de Rumania en Fortaleza y Comendador de la Orden Nacional de Rumania en Fortaleza. Pero me detendré brevemente en su poema “Ode ao sino”, publicada en su poemario Pátria dos cataventos (Fortaleza, Expressão Gráfica e Editora, 2007, p. 91).

Na distância, uma badalada. Repique
na tarde em despedida
és, sino, solidão apunhalada.

Queria chamar-te campana
assim me lembrarias ternuras
e poemas e viagens e amores
distantes, porém serenizados
na doçura da rima castelhana.

Sino branco e dourado
em um relembro
rococó numa tarde exilada
longe, longe.
Sino alvissareiro no entardecer
do dia de Natal.

(Sino da minha cidade vestida de luto).

En estas líneas no pretendo decir nada elevado. Nada más haré libre asociación de ideas y recuerdos: menciono alguna campana que resuena en mi oído y doy, querido amigo, mis impresiones de lector cándido. Tampoco traduzco del portugués al español, porque creo que los latinoamericanos tenemos que acostumbrarnos a entendernos naturalmente. La primera lectura es la del Código de Derecho Canónico. No me refiero al actual, sino a uno viejo, que compré en mis andanzas por viejas librerías. Es el ordenado por Pío X y promulgado por Benedicto XV (para poner algún latinajo: Romae, Typis Polyglottis Vaticanis, MCMXVIII). Traduzco del canon 1169 del Codex: ‘§ 1. En cualquier iglesia conviene que haya campanas, para que los fieles sean invitados con ellas a los oficios divinos y a otros actos de religión. § 2. También las campanas de las iglesias deben ser consagradas o bendecidas según los ritos de los libros litúrgicos aprobados. § 3. El uso de ellas está sometido solamente a la autoridad eclesiástica. § 4. Con excepción de ciertas condiciones puestas, bajo aprobación del Ordinario, por aquellos que donaron la campana, ella no puede estar destinada a usos meramente profanos, salvo por causa de necesidad, por licencia del Ordinario o, en fin, por legítima costumbre.’

El segundo recuerdo en mi mente fue Vaya con Dios, viejo tema del cantante y actor mexicano Pedro Infante (1917-1957). Recuerdo también las versiones de los grandes Pedro Vargas, Nat King Cole y Julio Iglesias. Copio la letra (cf.: http://www.justsomelyrics.com/1460741/Pedro-Infante-Vaya-con-Dios-Lyrics).


Se llegó el momento ya
de separarnos;
en silencio el corazón
gime y suspira:
“Vaya con Dios mi vida,
vaya con Dios mi amor.”
Las campanas de la iglesia
suenan tristes
y parece que al sonar
también te dicen:
“Vaya con Dios mi vida,
vaya con Dios mi amor.”
Adonde vayas tú
yo iré contigo;
en sueños siempre
junto a ti estaré;
mi voz escucharás,
dulce amor mío;
pensando como yo estarás
volvernos siempre a ver.
La alborada al despertar
feliz te espera,
si en tu corazón yo voy
adonde quiera.
“Vaya con Dios mi vida,
vaya con Dios mi amor.”

En la lírica amorosa las despedidas son lugar común. Aquí la tristeza del adiós es acompañada por los bronces sonantes, tristes también ellos. Más aún, la personificación los hace hablar. Y me permito añadir algo que no está en la canción de Infante: “si yo te seguiré a todas partes, doquiera que tú vayas, y siempre te estaré esperando, que el son de estas campanas siempre te lo recuerde.” Es curioso pero todos sabemos que en las iglesias se “catequiza.” Pues bien, catequesis es voz griega que tiene la idea de ‘eco’: el más bello eco es para mí el de las campanas. Te invito entonces, caro lector, a escuchar la versión de Nat King Cole (cf.: http://www.youtube.com/watch?v=uCQGyxO316c). ¿Y cómo no pensar en las campanas navideñas? Sobre todo, el tradicional villancico Campanas de belén.

Campana sobre campana
y sobre campana una:
asómate a la ventana,
verás al Niño en la cuna.
–Belén, campanas de Belén,
que los ángeles tocan,
¿qué nuevas nos traéis?
–Recogido tu rebaño,
¿adónde vas, pastorcillo?
–Voy a llevar al Portal
requesón, manteca y vino.
Campana sobre campana
y sobre campana dos:asómate a la ventana,
porque está naciendo Dios.
Campana sobre campana
y sobre campana tres:
en una cruz a esta hora
el Niño va a padecer.
Caminando, a media noche,
dónde camina el pastor,
le llevo al Niño que nace,
como a Dios, mi corazón.

En este bello villancico andaluz los repiques dan alegría al Portal y a los pastores, que acuden con sus sencillas y sabrosas ofrendas pastoriles. La alegría navideña preanuncia no obstante el dolor futuro de la Cruz. Pero, antes de ir al poema de Luciano, quiero recordar lo que él me dijo en un correo personal del 4 nov. 2010: “Curioso que, a mi juicio, solo en portugués y en romanche existen, con el sentido de campana, sino (port.) y zain (rom.) advenidos de signum.” En cambio en la mayoría de las lenguas neolatinas está el derivado del latín campāna, de Campania, en Italia, donde se usó por primera vez, según informa la Academia.

Quizás por eso Luciano dice que querría a veces llamar campana a su sino. La trata de tú, la toma como compañera de un viaje espiritual, sobre todo a la vieja Castilla. Pues Luciano conoce perfectamente el español y hay una parte española en su familia. En la primera estrofa nos dijo que el tañido del bronce le parecía una ‘soledad apuñalada’, en esa tarde de despedida. Pues bien, paralelamente dijimos que su itinerario espiritual lo acompañó en sus saudades personales y lo llevó en un instante a la Península Ibérica, a la tierra de los Maias. Y es muy bonito que en Hispania tengamos también la palabra árabe alvissareiro: la campana en el atardecer nos da albricias. Y nada menos que las albricias de la Navidad: no en vano una viejísima canción alemana dice que nunca suenan más dulces las campanas que en Nochebuena (süßer die Glocken nie klingen / als zu der Weihnachtszeit). Para colmo de mi alegre evocación, completan el bello cuadro las curvas, los oros, la pasión y el fervor del rococó brasileño. Recibe entonces, caro Luciano, este saludo y agradecimiento de quien –uno de sus mayores orgullos– tiene la vanidad de considerarse tu amigo.

Radulfus