lunes, 5 de agosto de 2013

CADÍCAMO Y DICE UN REFRÁN  (por FIDEL FAREZ)


Enrique Santos Discépolo supo decir que Enrique Cadícamo fue el más porteño de los poetas. Es cierto que sus letras describen Buenos Aires como ningún otro poeta lo ha hecho, porque sin nombrar taxativamente lugares –toda buena poesía debería sugerir más que decir– sus versos transportan inequívocamente al paisaje que evoca. Dice un refrán es un tango atípico, pero tiene el sello de sus autores, el ambiente en aquí es creado tanto  por Cadícamo como por Ángel D’Agostino, compositor de la música; aquí el paisaje será una calle cualquiera con el personaje caminando y recordando:

 

DICE UN REFRÁN

 

Dice un refrán y confieso,

que no es refrán pa' aliviarse:

"Cariño le toma el preso

a la reja de la cárcel."

Pero yo sé que eso nunca lograré,

acostumbrarme a tu ausencia no podré.

Vos estarás muy tranquila

en brazos de otro querer, y yo.

Estoy sufriendo lo mismo

por tu cariño, mujer,

estoy sufriendo lo mismo

que habrá sufrido la otra... ay sí...

cuando por vos la dejé.

Cuando por vos la dejé... y yo

tengo en el alma una hoguera,

no puedo más con tu amor...

Está bien que no me quieras,

pero dejar que me muera... ay sí...

es no tener corazón.

Es no tener corazón...

Por culpa de tus desvíos

hoy ando triste y enfermo;

por culpa tuya, bien mío,

hoy ya no como ni duermo...

Entre la vida y la muerte estoy, amor,

y este dolor de perderte es un horror...

Vos estarás muy tranquila

en brazos de otro querer, y yo...

 

 

 

Y ahora, mis comentarios:

 

Dice un refrán y confieso,

que no es refrán pa'liviarse:

 

Qué lindo y cierto es el refrán:  

"Cariño le toma el preso

a la reja de la cárcel."

Pero yo sé que eso nunca lograré,

acostumbrarme a tu ausencia no podré.

 

Y ahora viene el prejuicio del abandonado, que se hunde en su imaginación; quién sabe cómo estará la mujer:

Vos estarás muy tranquila

en brazos de otro querer, y yo...

 

Sigue una mezcla de remordimiento y reproche, suenan más que a dolor:

Estoy sufriendo lo mismo

por tu cariño, mujer,

estoy sufriendo lo mismo

que habrá sufrido la otra... ay sí...

cuando por vos la dejé.

 

El reproche se repite, suavemente y con un dejo de humor, no se advierten odio ni rencor, él sabe que es así como suceden las cosas:

Tengo en el alma una hoguera,

no puedo más con tu amor...

Está bien que no me quieras,

pero dejar que me muera... ay sí...

es no tener corazón.

 

En Cadícamo rara vez se ve el deseo de destrucción hacia la mujer que se fue; los versos que siguen le cargan a la labilidad amorosa de ella sus propios males:

Por culpa de tus desvíos

hoy ando triste y enfermo;

por culpa tuya, bien mío,

hoy ya no como ni duermo...

Entre la vida y la muerte estoy, amor,

y este dolor de perderte es un horror...

Vos estarás muy tranquila

en brazos de otro querer, y yo...

 

Y al final se debe repite la estrofa anterior:

Estoy sufriendo lo mismo

por tu cariño, mujer,

estoy sufriendo lo mismo

que habrá sufrido la otra... ay sí...

cuando por vos la dejé.

tengo en el alma una hoguera,

no puedo más con tu amor...

Está bien que no me quieras,

pero dejar que me muera... ay sí...

es no tener corazón.
 

Haciendo click aquí, se puede disfrutar este lindísimo tango:
 
 
 
FIDEL FAREZ 

lunes, 26 de noviembre de 2012

SOLAMENTE UN VERANO


SOLAMENTE UN VERANO



Si bien, como soy viejo, poco me acuerdo de tales cosas, el verano es estación favorable a los amores. El calor, el mar, la playa, las diversiones y saraos son propicios para los dardos de Cupido. Muchos de esos amores, tan rápido como llegaron, se fueron. Quiero detenerme aquí en algunos de esos amorcillos; a lo mejor no fueron tan pequeños, porque sus protagonistas más de una vez los recuerdan. Empezaré con el poeta argentino Alfredo Bernardi, quien en Cien sonetos (Buenos Aires, Proa Amerian, 2011, p. 97), publicó “Aquel verano”:


Verte de nuevo y estrechar tu mano,

sostenerla liviana y distendida,

fue reescribir mi historia preferida

con la tinta volátil del verano.


Tu luz naciente, hálito cercano,

duró un instante, titiló enseguida,

y al apagarse se cobró una herida

que hasta el momento disimulo en vano.


Nos dio el estío un relajado intento,

una tabla sedante y placentera,

un refresco que alivia mi lamento.


Pasaron años de beldad cautiva

que tu imborrable madrigal nutriera.

No me olvido de ti. Te llevo viva.


El poeta vuelve aquí al verano pero desde un rencuentro. Hubo quizás un encuentro casual con la hermosa y antigua amiga del estío. A propósito de esta palabra, quizás a algún lector le parezca afectado su uso: ya nadie habla así. Puede ser, pero a mí me gusta, porque me hace pensar más en mi viejo latín; y también en “Estío” de Juana de Ibarbourou: “Cantar del agua del río. / Cantar continuo y sonoro, / arriba bosque sombrío / y abajo arenas de oro.”


En los amores estivales suele haber epístolas. No sé si el poeta reminiscente y soñador ha pensado en ellas pero, en cualquier caso, está la idea bíblica del libro de la vida. Es así, pues volvió a trazar esos momentos que quizás conservaban cartas amarillas. A lo mejor el otoño de la vida mató los papeles, pero hay una tinta volátil que no se borra. La herida de ese amor no fue tan efímera como aquel verano sino que lo acompaña en su caminar. En los poetas no está mal mentir y quizás aquí nos diga una mentirilla. ¿Realmente disimula en vano? A lo mejor fue en algún momento su intención, porque pluma en mano recuerda entrañablemente aquellos días felices, que lo salvaron de sí mismo, como la tabla salva a un náufrago y lo lleva a islas felices de paz.


Y cuando dice “se cobró una herida”, inmediatamente pienso en el extraño tópico de las guerras de amor. Sí, porque amor es ternura y también milicia. Cierto poeta romano no quería ir a la guerra, pero sí libraba batallas de amor con su amada: ‘aquí soy buen general y soldado’ (Tibulo 1, 1, 75); “dolce campo di battaglia il letto”, decía el Tasso en La Gerusalemme liberata (15, 64). El poeta no tiene ahora los besos y los abrazos, pero sí conserva con orgullo las heridas profundas, que vuelven a sangrar.


En el penúltimo verso leemos “tu imborrable madrigal.” Interpreto que, más que referirse a uno creado por ella, se trata del inspirado por ella. En todo caso, la composición poética que se ha alimentado con el incesante recuerdo. La Academia nos dice que dicha voz designa a cierta composición amorosa breve, que combina heptasílabos con endecasílabos. Me es imposible omitir aquel que escribió Gutierre de Cetina en el 1500:


Ojos claros, serenos,

si de un dulce mirar sois alabados,

¿por qué, si me miráis, miráis airados?

Si, cuanto más piadosos,

más bellos parecéis a aquel que os mira,

no me miréis con ira,

porque no parezcáis menos hermosos.

¡Ay tormentos rabiosos!

Ojos claros, serenos,

ya que así me miráis, miradme al menos.


Sí, y es la misma voz que tantas veces escuché en Cuando ya no me quieras, de los hermanos mexicanos Miguel Angel y José Angel Díaz Mirón y González de Castilla, más conocidos como Los Cuates Castilla. Aunque tampoco me olvido de la versión memorable de Tito Rodríguez. Así decía una parte de la canción: “Sé que ya no me quieres, me lo han dicho tus ojos. / Seguiré por la ruta, que no tiene final. / Seguiré siempre, siempre, partiré sin enojos / y mis labios sin penas cantarán un madrigal.”


La música italiana de los ’60 todavía tiene vigencia, porque algunos de sus éxitos han sido reeditados por cantantes actuales. Como ejemplo damos Il mondo, tema del cual tiene una versión Sergio Dalma. También, Che sarà?: hay hasta una versión argentina. Pero los de mi generación recordamos muy especialmente a la bellísima Claudia Sánchez, quien paseaba su figura ante un fondo de mar y playa al son de Abbronzatissima (música de Edoardo Vianello y letra de Carlo Rossi).


Abbronzatissima

sotto i raggi del sole,

come è bello sognare,

abbracciato con te.

Abbronzatissima

a due passi dal mare,

come è dolce sentirti

respirare con me.

Sulle labbra tue dolcissime

un profumo di salsedine

sentirò per tutto il tempo

di questa estate d’amor.

Quando il viso tuo nerissimo

tornerà di nuovo pallido,

questi giorni in riva al mar

non potrò dimenticar.


En esta canción el poeta está en el presente pero se proyecta al futuro. Vendrá el tiempo –dice a su bronceada niña– en que perderás la color y no estaremos juntos, pero mi ánimo conservará tu imagen. La gramática de la vida conjuga a cada instante el verbo pasar: según pasan los años, cambian también gustos y vivencias. Pero en el reino del corazón están vivas muchas cosas. Sé que algunos veranean en la montaña; otros, en el campo. Pero a mí me parece que una estate sin playa y mar es incompleta. Entonces, para mi gusto, el poeta tuvo lo mejor: besos y abrazos, junto al mar, de una chica piel canela y sapore di sale.


Leamos por último Mocosa, música de Atilio Stampone y letra de Andrés Marcelino Lizárraga. La versión más conocida es, si no me equivoco, la de Roberto Goyeneche. No puedo probar lo que digo, pero estoy seguro de haber escuchado otra por The Jazz Singers, conjunto casi olvidado hoy, pero sobre el cual se puede obtener todavía alguna que otra información (http://rockolafree.com.ar/JazzSingers.htm).


Difícil es andar las calles sin tus pasos,

difícil es cruzar la plaza sin tus manos;

ni las calles ni las plazas ni los barrios

tienen vida sin ese sol de tu verano.

Verano, mocosa que trajiste luz de playa,

verano, por una inmensidad de mar.

Mocosa, fuiste sol por las arenas

quietas, dormidas que me ayudan a soñar.

Verano, mocosa y tu manera inmaculada,

verano con la polaridad del mar;

mocosa, fuiste ruta en la distancia,

la fuerza impulso que me ayudas a cantar.

¡Qué fácil es andar las calles con tus pasos

¡Qué fácil es cruzar las plazas con tus manos!

Y a las calles y a las plazas y a los barrios

canto más con ese sol de tu verano.


No tengo más para decir, pues este tango es para mí una síntesis. Los amores de estudiante y los amores de verano son flor de un día. Quizás, pero no debemos confundir el amor real con el de la memoria. Lo de real es manera imperfecta de denominar: ¡como si el recuerdo no fuera vivo y perdurable! En Mocosa nuestro protagonista camina todos sus lugares alumbrado por el sol de esa joven. Es sol y ruta en este caminar. Y no es fardo pesado la nostalgia. Al contrario “fácil es andar.” Es incluso inspiración poética: “canto más con ese sol de tu verano.”


Raúl Lavalle

martes, 17 de enero de 2012

LAS DESPEDIDAS DE AMOR

LAS DESPEDIDAS DE AMOR (MOTIVO CLÁSICO EN LA CANCIÓN POPULAR)

RAÚL LAVALLE

La literatura muchas veces nos obsequió con escenas de despedidas. En estas líneas comentaré algunos ejemplos conocidos, que proceden de la literatura y de la canción popular. Y empiezo por la literatura clásica. En efecto muchos han leído los versos que Virgilio dedica a la despedida de Dido y Eneas (Eneida 4, 296-396). Cuando el héroe troyano se dirige a Italia (hago una muy breve síntesis), debe sobrellevar muchas pruebas, una verdadera odisea, antes de llegar a destino. Uno de sus puntos de detención es Cartago. Allí reina Dido, quien no mucho antes debió huir de su ciudad natal, la fenicia Tiro, y fundó en el norte de África esa urbe que sería poderosísima y además rival de Roma. Los dioses, para recomponer la flota y gastadas fuerzas de Eneas, hacen que la reina se enamore de él. Y ambos vivieron un amor cartaginés, que debía sin embargo tener fin. En efecto el dios Mercurio se aparece a Eneas y le ordena retomar su camino hacia Italia. Por más que Eneas trata de mantener, al menos por breve tiempo, a escondidas de la reina su decisión de partir, esto no le pasó desapercibido, pues dolos praesensit (‘presintió el engaño’); en efecto pregunta el poeta: quis fallere possit amantem? (cf. 4, 296-297). Queda entonces mencionado un elemento de este relato, la percepción de los enamorados: ‘¿quién podría engañar a un amante?’ El texto latino y mi traducción tienen más de un sentido posible, pero está claro que aquí significa que Eneas, por más que quiera, no puede sustraerse a la percepción de su amante (no significa: “¿quién tendrá la bajeza moral de engañar a un amante?”).

Dido –es comprensible– reprocha a Eneas ingratitud. No te retienen –dice más o menos– mi amor ni la diestra que te di antes. Te apresuras a navegar incluso en invierno y no piensas en el estado en que me dejas. Todo lo abandoné por ti, incluso mi pudor. Ahora sí citamos, en traducción nuestra: ‘Si al menos, antes de partir, hubiera recibido / una progenie de ti; si algún pequeño Eneas, / que te llevara en el rostro, jugara en el palacio, / no parecería del todo vendida y abandonada’ (4, 327-330). Confieso que nunca entendí bien este pedido. Hay varias explicaciones: una es que Dido es una mujer que está perturbada por su amor y, por tanto, está más expuesta a decir cosas no sensatas. En mi pobre opinión, el vástago habría sido más bien recuerdo de una traición, no tanto de buenos momentos. Y hay una razón literaria. En efecto en Apolonio de Rodas, autor griego del s. III a. C., Hipsípila, reina de la isla de Lemnos, se despide de Jasón (recordemos que este era el jefe de los Argonautas) y le manifiesta su deseo de ser madre. Quiere decir, no le pide un hijo sino, como ya han tenido trato, anhela el regreso de él, ‘si los dioses me concedieran dar a luz’ (Argonáuticas 1, 898). Jasón en su respuesta pide a Hipsípila que, si el destino dispone que él vuelva a la Hélade y que ella engendre un hijo varón, lo envíe una vez crecido a Yolco, patria del héroe, para que sea remedio en las necesidades de sus abuelos, los padres de Jasón (cf. Argonáuticas 1, 904-909). Recordemos que Virgilio no solo pretende dar gloria literaria a la Eneida emulando a Homero: también rinde homenaje a otro poetas griegos.

Otras despedidas hay en el mundo clásico. Por ejemplo la de Ovidio cuando fue desterrado de Roma y se acuerda de la noche de su partida, de cómo vio por última vez su casa y su mujer (cf. Tristes 1, 3). O la del poeta romano Tibulo, que iba a la guerra y se despedía de su amada Delia (cf. Elegías 1, 3). Y más famosa aún es, en Homero, la despedida de Héctor y Andrómaca: si bien el héroe troyano no se va lejos, se va al campo de batalla, donde no mucho después encontrará la muerte a manos de Aquiles (cf. Ilíada 6, 404 ss.). Pero dejaremos esos célebres encuentros clásicos y también otros muchísimos de las literaturas modernas. Me quedo nada más con unos ejemplos de la canción popular. Empiezo por Jamaica Farewell, de Erving Burgess, muy recordada sobre todo, creo yo, por la versión de Harry Belafonte. El texto lo tomo de: http://www.arlo.net/resources/lyrics/jamaica-farewell.shtml:

Down the way, where the nights are gay,
and the sun shines daily on the mountain top,
I took a trip on a sailing ship
And, when I reached Jamaica, I made a stop.

But I'm sad to say, I'm on my way;
won't be back for many a day;
my heart is down, my head is turning around:
I had to leave a little girl in Kingston town.

Sounds of laughter everywhere
and the dancing girls swaying to and fro.
I must declare that my heart is there,
though I've been from Maine to Mexico.

Down at the market you can hear
ladies cry out, while on their head they bear
akie rice and salt fish is nice
and the rum is good any time of year.

Burgess nació en 1924 en Brooklyn; es autor de varias canciones (cf.: http://answers.yahoo.com/question/index?qid=20061005111927AAQLnzu). Como no domino el inglés, acude en mi ayuda la Red: “Akie (or akee) rice is a Jamaican dish made from rice plus the fruit of a special tree called akee that grows in the Caribbean” (http://www.cstone.net/~bcp/4/4MMusic.htm). En efecto el yo poético en esta atmósfera tropical recuerda con afecto cosas típicas de su tierra, porque se tiene nostalgia también –y mucha– de lo pequeño. Tal vez esas beldades que ágilmente ondean sus miembros le hacen revivir aquella otra a la que una vez dijo adiós, al brillo del tramontar del sol o a la luz de la luna sobre el mar.

Un beso y una flor, el conocido tema romántico que cantaba Nino Bravo, fue compuesta en 1972 por José Luis Armenteros y Pablo Herrero. Copio la letra de la página oficial del cantante (http://www.ninobravo.net/). No sé si ambos compositores hicieron letra y música o cada uno de ellos una cosa.

Dejaré mi tierra por ti,
dejaré mis campos y me iré
lejos de aquí.
Cruzaré llorando el jardín
y con tus recuerdos partiré
lejos de aquí.
De día viviré
pensando en tus sonrisas;
de noche las estrellas
me acompañarán.
Serás como una luz
que alumbre mi camino;
me voy pero te juro
que mañana volveré.

Al partir, un beso y una flor,
un te quiero, una caricia y un adiós.
Es ligero equipaje para tan largo viaje;
las penas pesan en el corazón.
Más allá del mar habrá un lugar,
donde el sol cada mañana brille más.
Forjarán mi destino las piedras del camino;
lo que nos es querido siempre queda atrás.

Buscaré un hogar para ti
donde el cielo se une con el mar,
lejos de aquí.
Con mis manos y con tu amor
lograré encontrar otra ilusión
lejos de aquí.

Las palabras de esta bella canción subrayan, más que el momento de la partida, lo que nuestro protagonista se lleva después de ella: besos, sonrisas, lugares; en fin, recuerdos. Ahora bien, no será meramente recuerdo sino que deviene luz, semejante a las estrellas, a las Osas que guiaban el navegar de griegos y fenicios. Y otra imagen tradicional, la de las piedras del caminar, se suma a las anteriores, en natural armonía. De modo que, si bien es real la tristeza del adiós, hay también la gozosa esperanza de otra vida, que una los afectos de antes con los del mañana. El ámbito ideal de ella es el de siempre: “un hogar para ti.” Ahora hago una rápida pasada por el Festival di Sanremo; precisamente por Sergio Endrigo, quien en 1967 compuso y presentó allí Dove credi di andare?

Dove credi di andare,
se tutti i tuoi pensieri restano qui?
Come pensi di amare,
se ormai non trovi amore dentro di te?
Con tante navi che partono,
nessuna ti porterà lontano da te.
Il mondo, sai, non ti aiuterà,
ognuno al mondo è solo come te e me.
Dove credi di andare,
se il tempo che è passato non passerà mai?
Povere le tue notti,
se tu le spenderai per dimenticare.
Il mondo non è più grande di questa città;
la gente si annoia ogni sera, come da noi.
Dove credi di andare,
se ormai non c’è più amore dentro di te?

El poeta se pone en consejero en este adiós. Advierte en efecto a su bambina que sus afectos interiores, aun cuando ella partiera, seguirían en el lugar de origen, donde el pasado todavía es fuerte. Además es doloroso el tiempo que se consume en el olvido. Pero otro adiós famoso es el cantado por Sergio Denis, Te llamo para despedirme, tema de Francis Smith. En él el poeta parece sentirse fuerte, pero las lágrimas evidencian la persistencia del sentimiento:

Te llamo para despedirme,
pues hoy me alejo de tu vida.
Lo nuestro nunca tuvo sentido;
te quise y fue tiempo perdido.
¿Por qué, por qué?
No sé por qué estoy yo aquí,
llorando por ti,
Si ya te olvidé.
Te llamo para despedirme;
me voy no sé dónde ni cuándo;
ahora puedo serte sincero:
te quise pero ya no te quiero.

Y nunca está mal terminar con el tango. El último café, con música de Héctor Stamponi y letra de Cátulo Castillo, es para mí la despedida más triste. Pero hay otro que también cantaba Julio Sosa, No nos veremos más, con música de Luis Stazo y letra de Federico Silva; aprovechamos para ello el servicio del sitio TODOTANGO (http://www.todotango.com/english/las_obras/letra.aspx?idletra=2021).

De pronto ya todo
quedó sin paisaje,
la nube que vuela,
el tiempo de amar.
Y supimos tarde
cuál es el mensaje
para dos que tarde
quisieron soñar.
Tu luz de verano
me soñó en otoño
y yo te agradezco la felicidad.
No puedo engañarte,
mi adiós es sincero,
tú estás en enero, mi abril ya se va.

¡Adiós!
Es la manera de decir ya nunca.
¡Adiós!Es la palabra que quedó temblando.
¡ay!, en el corazón de la partida.
¡Adiós!,espina fina de la despedida.
¡Adiós, amor!
¡No nos veremos más!

Los sueños perdidos
me duelen ahora,
cuando ya no es hora
de querer soñar.
Y un niño que llora soy
yo mismo entonces,
buscando el juguete que no ha de encontrar.
Tu azúcar amarga
se me entró en las venas,
me encendió la sangre
hasta el corazón.
Pero no te engaño,
mi adiós es sincero,
tú estás en enero,
mi abril ya pasó.

Este tango de aires de bolero se complace en citar cosas huidizas de la naturaleza: nube, tiempo, estaciones. También son frecuentes en las despedidas la palabra interrumpida y un dolor profundo y punzante. Y la pérdida del amor evoca también otras ausencias: tales, la niñez, los sueños y la felicidad pasada. En suma, es un tema que no innova casi nada en los contenidos, pero me agrada en su correcta simplicidad. Se podrían citar infinitos textos de despedidas, pero basta con los poquitos que trajimos aquí.


“Partir es morir un poco”, se dice. Esa es la fórmula que sintetizó el escritor francés Edmond Haraucourt, quien murió en 1941 y ni siquiera fue un nombre para mí; por lo menos hasta que en la Red aprendí que era el autor de “Chanson de l’adieu (http://fr.wikipedia.org/wiki/Edmond_Haraucourt#Rondel_.C3.A0_l.27adieu). Creo que mostré en este escrito que partir es morir, pero también es vivir e ilusionarse, a pesar del dolor. No obstante, me parece que es bueno leer, como modo de terminar, a Haraucourt, pues en él se menciona ‘el último verso de un poema.’ Sin duda la poesía y el canto mitigan y ensalzan el dolor de la ausencia. Además en el adiós, como dice la última estrofa, se siembra el alma; y esa siembra dará también su mies.

Partir, c'est mourir un peu,
C'est mourir à ce qu'on aime:
On laisse un peu de soi-même
En toute heure et dans tout lieu.

C'est toujours le deuil d'un vœu,
Le dernier vers d'un poème;
Partir, c'est mourir un peu,
C'est mourir à ce qu'on aime.

Et l'on part, et c'est un jeu,
Et jusqu'à l'adieu suprême
C'est son âme que l'on sème,
Que l'on sème en chaque adieu:
Partir, c'est mourir un peu.

RAÚL LAVALLE

domingo, 18 de septiembre de 2011

CUÁNDO UNA PALABRA ES LUNFARDA

CUÁNDO UNA PALABRA ES LUNFARDA

DANIEL ANTONIOTTI

Hace más o menos 100 años, Ferdinand de Saussure, el padre de la lingüística moderna, enunció un postulado que pasó a figurar en la bolilla I de todos los programas de la materia. El aserto en cuestión sostiene que “el signo lingüístico es arbitrario e inmotivado”. Es decir que no hay ninguna razón lógica o natural (más allá de lo histórico etimológico) que haga que para denominar un objeto equis, por ejemplo una ventana, una colectividad de hablantes de una misma lengua la llame, precisamente, “ventana”, otra colectividad de hablantes de otra lengua: “window”; otros, “fenêtre” y así sucesivamente.
No hay algo intrínseco en los términos de una lengua que haga que la sucesión de sonidos (técnicamente fonemas) que componen una palabra resulte más idónea o más justa para designar todos los significados de un idioma. Los cuatro fonemas (sonidos individuales) de la palabra “amor” no son ni más ni menos apropiados que los tres sonidos (graficados en cuatro letras al momento de escribirse) de la palabra inglesa “love”, para aludir a lo que se alude cuando un hispano parlante o un angloparlante, respectivamente, la emplean en su discurso.
Esta arbitrariedad que hace que un colectivo social de manera inmotivada y también, y esto es muy importante, inconsciente, atribuya significados a cierto sonido, o sucesión de éstos, resulta de plena aplicación a cuestiones que hacen al uso de los registros formales o informales en una misma lengua.
Por ejemplo, si yo dijese que “mi laburo es la educación”, connotaría algo diferente que si dijera que “mi métier es la educación”. La denotación es más o menos la misma, pero en el primer caso, con el italianismo “laburo” le doy un aire reo a mi enunciado y en el segundo, con el galicismo “métier”, la impronta será por cierto más protocolar y hasta distinguida.
Seguramente, si estuviese dando una conferencia en un congreso docente llamaría más la atención del auditorio diciendo “laburo” en vez de “métier” o del más estándar “trabajo”, ya sea para cosechar objeciones por la excesiva informalidad de la palabra pronunciada en un marco de cierta solemnidad. Aunque también podría recibir elogios, por la misma razón.
Ahora bien, por qué “laburo” integra el corpus lunfardesco y “métier” suena hasta medio pituco es por la arbitraria atribución de connotaciones de una colectividad lingüística. En el caso, tales atribuciones (arbitrarias e inconscientes) corresponden a los hablantes de español de la variedad dialectal rioplatense, en especial, tal como se ha dado esa variedad en los grandes centros urbanos.
Se podría decir, con razón, que “laburo” se asocia con la masiva y populosa inmigración itálica y que “métier”, por ser una voz francesa, lengua privilegiada por nuestra aristocracia desde la generación del ’80 y hasta hace algunas décadas, se vincula, por el contrario, con cierta exquisitez cultural. Esas atribuciones de sentido son exteriores a la lengua, cuestiones histórico-sociales, a veces muy caprichosas, llevan a que un vocablo, un modo de pronunciar, un giro sintáctico reciban una aureola de distinción o una impronta de vulgaridad.
Después de Saussure, la sociolingüística y una disciplina que pretendió superar a ésta, la sociología del lenguaje, se impusieron determinar el valor simbólico que las variaciones de una lengua poseen para los hablantes. En alguna situación, podemos referirnos a un mismo sujeto diciendo viejo, anciano, persona mayor, persona de la tercera edad o “jovato”. Cada una de esas expresiones arrastra una carga simbólica que sonará, según fuere la fórmula elegida, respetuosa, irrespetuosa, simpática, rebuscada, etc. Pero sonará así por convención, no porque “jovato” venga ab initio con la marca de informalidad o “tercera edad” con la patente de afectación. Inconscientemente una colectividad acuerda la atribución de sentidos y connotaciones, como si fuese un “contrato social”. Al respecto, nunca creí que fuese casual que el positivista decimonónico Saussure, el ya citado padre de la lingüística moderna, fuese un suizo ginebrino, como el dieciochesco Jean Jacques Rousseau. La comunidad política y la comunidad lingüística de manera implícita, sin manifestarlo expresamente –ni de viva voz, ni por escrito, ni firmándolo en un papel–, acuerdan lo atinente al orden social, y dentro de lo social también se encuentra el orden de la comunicación.
El norteamericano Joshua Fishman, creador de la sociología del lenguaje, explicaba que en algunas comunidades, en la evolución de su idioma, hubo voces de gran prestigio social y académico que luego cayeron en desuso en esos ámbitos y pasaban a integrar el léxico de los iletrados. Inversamente, variantes propias de los estratos de más baja educación podían evolucionar hasta el vocabulario de los sectores de más alto rango social. Ya Horacio en Epístola a los Pisones sentenciaba:

Volverán a estar de moda palabras ya en desuso
y caerán en desuso palabras actualmente en uso.

Lo cual nos lleva a inferir que no hay nada de metafísico en una lengua. Ni en sus significados primarios o denotados, o bien en los connotados, metafóricos o retóricos en general. Vaya otro ejemplo: el anteponer un artículo al nombre propio de una persona, “el José”, “la Susana”, indica en Buenos Aires la pertenencia a un sector socioeducativo bajo. En las provincias del noroeste de nuestro país, me consta que ese uso es muy frecuente en la clase alta y lo emplean profesionales y académicos, sin el menor prejuicio. No sería extraño que, por el peso cultural que tiene todo lo que proviene de Buenos Aires en el interior, en algún momento este hábito se pierda en los sectores encumbrados de esas sociedades provincianas y que resulte un quemo, como diría Landrú, referirse a alguien como “el Ernesto” o “la Rosa”.
Es, entonces, el uso, ese gran legislador anónimo de las lenguas, el que lleva a que una palabra se inserte dentro de la categoría de lo marginal o de lo prestigioso. Habrá que determinar diacrónicamente, es decir, a lo largo de la historia de un idioma las razones sociales, exteriores al sistema lingüístico por las que se canoniza o se demoniza una expresión. Pero insisto, no hay metafísica en las lenguas y, de añadidura, no hay tampoco una metafísica en el lunfardo.
Una palabra es lunfarda conforme la percepción que el entorno sociolingüístico le dispensa. Poco tiene que ver lo etimológico en esta cuestión. Esa expresión debe oponerse a otra que podríamos clasificar como correcta o como perteneciente a la lengua estándar. ‘Faso’ es voz lunfarda porque se opone a cigarrillo. La lunfardía le viene de afuera hacia adentro.
El otro aspecto crucial para darle entidad lunfarda es que tenga una relativa exclusividad de uso frecuente, en su origen, al menos, en el ámbito del español dialectal porteño o más genéricamente rioplatense. Es claro que a medida que nos alejamos de las fronteras argentinas, y si se quiere uruguayas, la citada palabra ‘faso’ dejará de ser comprendida.
Hay una tercera exigencia y es la de la perdurabilidad de la palabra en cuestión, más allá de modas o coyunturas.
Hechas estas salvedades, y por ejemplificar con alguna de los términos sugeridos en la consigna, “trapito” se opone a cuidacoches o a cuidacoches informal o ilegal. Se utiliza solamente en Buenos Aires y a lo mejor en otros centros urbanos de la Argentina, pero no mucho más allá.
Por lo tanto, solo le faltaría, para constituirse como lunfardismo sostenerse en su uso. Si así ocurriere, no dudo de que un diccionario lunfardo de 2020 habrá contemplar esa flamante expresión. Sería ésta una de las palabras que un trabajo presentado en las jornadas académicas de 2002, definió como lunfardo consolidándose. El gerundio indica una situación en proceso.
“Trapito”, y a lo mejor hay algunas decenas de términos en esa situación, se está cocinando lentamente como palabra lunfarda. A lo mejor se apaga el horno y quizás al enfriarse pase de moda. Pero mientras el empleo habitual que de ella haga que la colectividad hablante porteña le siga dando calor, se consolidará como lunfardismo.
Alguna vez, frente a esa pregunta metafísica que siempre se formula respecto de ¿qué es el tango?, le escuché responder a nuestro presidente que “el tango es lo que la gente dice que es”.
En un sentido, no idéntico, pero sí análogo, considero que las palabras serán lunfardas o no según el uso, generalmente inconciente, que el hablante porteño le dé a esa voz, inentendible para un hispanoparlante de lejanas geografías, sabiendo que hay otra expresión sinonímica correcta, pero sin duda menos elocuente para la intensidad o el énfasis afectivo que se pretende transmitir.

DANIEL ANTONIOTTI

miércoles, 14 de septiembre de 2011

A NUEVOS DISCÍPULOS DE LATÍN

A NUEVOS DISCÍPULOS DE LATÍN

Martin Freundorfer es un poeta latino actual. Nació y vive en Austria y usa el nombre literario Martinus Zythophilus (el apellido romano significa ‘amante de la cerveza’). Enseña latín en su patria y, próximo ya a comenzar un nuevo curso anual, envió a algunos de sus amigos este poema.

Vos, quibus est, pueri, discenda Latina, saluto,
lingua, et, uti uobis fiat amica, rogo.
Hunc docuit populos sermonem Roma subactos,
nam ferrum fuerant uerba secuta ferum.
Hunc patrium loquitur sermonem Europa superba,
Romae cum ruerint moenia celsa diu.
Noscite Romanos et magnam noscite Romam
et quidquid cecinit Musa Latina uiris.
Omnia deposito monstrabunt scripta timore :
pergite, inite nouam me comitante uiam.

[Os saludo, discípulos que aprendéis la lengua
latina, y os ruego que sea ella vuestra amiga;
ella, que fue enseñada por Roma a los pueblos
sometidos, pues las palabras siguieron al duro
hierro. La soberbia Europa la habla como lengua
propia, aunque hace tiempo los muros de Roma
cayeron. Conoced a los romanos y a la excelsa
Roma y cuanto cantó la Musa latina a sus varones.
Todo esto mostrarán los escritos, si dejáis el temor.
¡Adelante! Os acompañaré en este nuevo camino.]

Todos, antes de empezar cualquier año académico, nos preguntamos cómo serán nuestros alumnos, cuáles dificultades enfrentaremos… Aquí Martin se dirige a discípulos a quienes no conoce (y que naturalmente no podrán entender al principio sus versos), a los que enseñará cosas no sencillas. Hoy parece que esto es más difícil que nunca, pero es bueno tener una mirada positiva: hablar de lo que conseguiremos, no solo de cuánto esfuerzo nos demandará algo. Por eso el deseo de que ellos se amiguen, que empiecen desde el inicio a amar la lengua de Roma. Motivos para ello: varios, pero nuestro poeta da algunos. Es la lengua de un antiguo imperio, pero es superadora del mismo. En efecto aunque los muros de la antigua Urbe cayeron (solo una parte, con gran esfuerzo reconstruida, se conserva hoy), aunque solo hay reliquias materiales de su fasto lejano, su lengua es señora de Europa y de sus hijos, esparcidos (‘sembrados’, diríamos en griego) por toda la tierra. La gran tarea del maestro de la lengua del Lacio, la cual es instrumento básico para el conocimiento de la ‘soberbia’ civilización europea, es la de ser como un Hermes, un psicopompo, guía de las almas. Nunca nos libramos del todo del temor, pero podemos animarnos a emprender un camino fecundo.

Radulfus

lunes, 18 de abril de 2011

CONVIENE SABER LA PRONUNCIACIÓN ECLESIÁSTICA

Cada lugar tendrá su propio uso pero creo que la pronunciación clásica, también llamada restituida es la que predomina en el uso académico. En cambio la llamada eclesiástica, o también romana, queda confinada a los seminarios o a algunas instituciones de la Iglesia que enseñan latín atendiendo principalmente a la Biblia latina y al latín cristiano. Incluso las universidad y profesorados católicos, cuando enseñan latín en carreras como Letras y Filosofía, suelen emplear la restituta. Me parece muy comprensible esto pero creo que conviene enseñar las dos pronunciaciones; intentaré mostrarlo en estas líneas. Trabajo en más de un lado pero ahora me refiero a mi labor docente en el Colegio Santo Tomás de Aquino, de la Ciudad de Buenos Aires. Allí tengo alumnos que han hecho cursos anteriores de latín y leen al modo clásico. Sin embargo les aclaro que les enseñaré también la pronunciación romana. En efecto, cada vez que copio una oración en la pizarra, la leo primero ad modum restitutum y luego ecclesiastice. No me toma mucho tiempo sino que sobre la misma lectura les indico las diferencias. ¿Por qué no hago esto mismo en lugares no eclesiásticos? Simplemente porque pienso que algunas personas sectarias me atacarán y dirán que enseño el catecismo. Quienes crean que tal prevención es exagerada, muy probablemente tengan razón. En primer lugar, hay expresiones que se conocen más al modo romano que al modo clásico. Tales, Via Crucis y sui generis. En realidad la segunda más bien tiene un problema de acento, pues los que la usan no suelen conocer el carácter bisílabo del posesivo. Tampoco es común oír vade retro con v al modo clásico. Y la Academia hace tiempo incorporó vademécum: nunca pensó en algo como uademécum (no hace falta aclarar que no existe tal palabra). Otro punto fuerte es que, como bien sabemos, las lenguas románicas provienen del latín hablado, no del latín clásico. En todo caso, el latín escrito suministra infinidad de cultismos. Pues bien, la pronunciación eclesiástica guarda más similitud con el sermo vulgaris que la clásica. Si empezamos con la u semiconsonántica, que se suele escribir v, ninguna lengua moderna dice uino, sino vino; se dice verso y no uerso, vulgar y no uulgar, vario y no uario. Volviendo a sui generis, el modo que siguen otras lenguas romances para la g es como la eclesiástica y no como la clásica. Nuestro gente se pronuncia distinto en italiano (gente), francés (gens) y portugués (gente). En cuanto a la c, el modo romano no nos ayuda para portugués y francés, pero sí para italiano (como en certus y certo); y también guarda similitud con el rumano: pacem y pace, ‘paz.’ Vamos ahora a gn. La pronunciación eclesiástica para este grupo coincide con italiano y francés: pugnus en latín romano tiene se lee igual que el francés poigne y que el italiano pugno. Si hablamos del diptongo ae, hay que recordar, sin meternos en una clase de fonética histórica, que se pronunciaba e, que es justamente lo que hace la Iglesia. Foedus, ‘feo’, taeda, ‘tea’, y laetitia, como nombre italianizado de la Princesa de España, son ejemplos de que nuestra lengua prefiere el modo romano. Por fin, para terminar repitamos que se trata de sumar, no de restar: incluso en los lugares donde se enseña la ecclesiastica conviene que sepan los principios de la restituta. No sé si hay un latín mejor que otro, pues todos los latines tienen tradición y cultura ; son eternos como la Urbe que los crió. RADULFUS

domingo, 28 de noviembre de 2010

LAS CAMPANAS Y UN POEMA DE LUCIANO MAIA

LAS CAMPANAS Y UN POEMA DE LUCIANO MAIA

Más de una vez escribí sobre un amigo. Luciano Maia, brasileño de Fortaleza, es poeta, ensayista y traductor. Pero se yergue además como una columna de la latinidad perenne, pues conoce el latín y varias lenguas romances, incluso el rumano. Es Cónsul Honorario de Rumania en Fortaleza y Comendador de la Orden Nacional de Rumania en Fortaleza. Pero me detendré brevemente en su poema “Ode ao sino”, publicada en su poemario Pátria dos cataventos (Fortaleza, Expressão Gráfica e Editora, 2007, p. 91).

Na distância, uma badalada. Repique
na tarde em despedida
és, sino, solidão apunhalada.

Queria chamar-te campana
assim me lembrarias ternuras
e poemas e viagens e amores
distantes, porém serenizados
na doçura da rima castelhana.

Sino branco e dourado
em um relembro
rococó numa tarde exilada
longe, longe.
Sino alvissareiro no entardecer
do dia de Natal.

(Sino da minha cidade vestida de luto).

En estas líneas no pretendo decir nada elevado. Nada más haré libre asociación de ideas y recuerdos: menciono alguna campana que resuena en mi oído y doy, querido amigo, mis impresiones de lector cándido. Tampoco traduzco del portugués al español, porque creo que los latinoamericanos tenemos que acostumbrarnos a entendernos naturalmente. La primera lectura es la del Código de Derecho Canónico. No me refiero al actual, sino a uno viejo, que compré en mis andanzas por viejas librerías. Es el ordenado por Pío X y promulgado por Benedicto XV (para poner algún latinajo: Romae, Typis Polyglottis Vaticanis, MCMXVIII). Traduzco del canon 1169 del Codex: ‘§ 1. En cualquier iglesia conviene que haya campanas, para que los fieles sean invitados con ellas a los oficios divinos y a otros actos de religión. § 2. También las campanas de las iglesias deben ser consagradas o bendecidas según los ritos de los libros litúrgicos aprobados. § 3. El uso de ellas está sometido solamente a la autoridad eclesiástica. § 4. Con excepción de ciertas condiciones puestas, bajo aprobación del Ordinario, por aquellos que donaron la campana, ella no puede estar destinada a usos meramente profanos, salvo por causa de necesidad, por licencia del Ordinario o, en fin, por legítima costumbre.’

El segundo recuerdo en mi mente fue Vaya con Dios, viejo tema del cantante y actor mexicano Pedro Infante (1917-1957). Recuerdo también las versiones de los grandes Pedro Vargas, Nat King Cole y Julio Iglesias. Copio la letra (cf.: http://www.justsomelyrics.com/1460741/Pedro-Infante-Vaya-con-Dios-Lyrics).


Se llegó el momento ya
de separarnos;
en silencio el corazón
gime y suspira:
“Vaya con Dios mi vida,
vaya con Dios mi amor.”
Las campanas de la iglesia
suenan tristes
y parece que al sonar
también te dicen:
“Vaya con Dios mi vida,
vaya con Dios mi amor.”
Adonde vayas tú
yo iré contigo;
en sueños siempre
junto a ti estaré;
mi voz escucharás,
dulce amor mío;
pensando como yo estarás
volvernos siempre a ver.
La alborada al despertar
feliz te espera,
si en tu corazón yo voy
adonde quiera.
“Vaya con Dios mi vida,
vaya con Dios mi amor.”

En la lírica amorosa las despedidas son lugar común. Aquí la tristeza del adiós es acompañada por los bronces sonantes, tristes también ellos. Más aún, la personificación los hace hablar. Y me permito añadir algo que no está en la canción de Infante: “si yo te seguiré a todas partes, doquiera que tú vayas, y siempre te estaré esperando, que el son de estas campanas siempre te lo recuerde.” Es curioso pero todos sabemos que en las iglesias se “catequiza.” Pues bien, catequesis es voz griega que tiene la idea de ‘eco’: el más bello eco es para mí el de las campanas. Te invito entonces, caro lector, a escuchar la versión de Nat King Cole (cf.: http://www.youtube.com/watch?v=uCQGyxO316c). ¿Y cómo no pensar en las campanas navideñas? Sobre todo, el tradicional villancico Campanas de belén.

Campana sobre campana
y sobre campana una:
asómate a la ventana,
verás al Niño en la cuna.
–Belén, campanas de Belén,
que los ángeles tocan,
¿qué nuevas nos traéis?
–Recogido tu rebaño,
¿adónde vas, pastorcillo?
–Voy a llevar al Portal
requesón, manteca y vino.
Campana sobre campana
y sobre campana dos:asómate a la ventana,
porque está naciendo Dios.
Campana sobre campana
y sobre campana tres:
en una cruz a esta hora
el Niño va a padecer.
Caminando, a media noche,
dónde camina el pastor,
le llevo al Niño que nace,
como a Dios, mi corazón.

En este bello villancico andaluz los repiques dan alegría al Portal y a los pastores, que acuden con sus sencillas y sabrosas ofrendas pastoriles. La alegría navideña preanuncia no obstante el dolor futuro de la Cruz. Pero, antes de ir al poema de Luciano, quiero recordar lo que él me dijo en un correo personal del 4 nov. 2010: “Curioso que, a mi juicio, solo en portugués y en romanche existen, con el sentido de campana, sino (port.) y zain (rom.) advenidos de signum.” En cambio en la mayoría de las lenguas neolatinas está el derivado del latín campāna, de Campania, en Italia, donde se usó por primera vez, según informa la Academia.

Quizás por eso Luciano dice que querría a veces llamar campana a su sino. La trata de tú, la toma como compañera de un viaje espiritual, sobre todo a la vieja Castilla. Pues Luciano conoce perfectamente el español y hay una parte española en su familia. En la primera estrofa nos dijo que el tañido del bronce le parecía una ‘soledad apuñalada’, en esa tarde de despedida. Pues bien, paralelamente dijimos que su itinerario espiritual lo acompañó en sus saudades personales y lo llevó en un instante a la Península Ibérica, a la tierra de los Maias. Y es muy bonito que en Hispania tengamos también la palabra árabe alvissareiro: la campana en el atardecer nos da albricias. Y nada menos que las albricias de la Navidad: no en vano una viejísima canción alemana dice que nunca suenan más dulces las campanas que en Nochebuena (süßer die Glocken nie klingen / als zu der Weihnachtszeit). Para colmo de mi alegre evocación, completan el bello cuadro las curvas, los oros, la pasión y el fervor del rococó brasileño. Recibe entonces, caro Luciano, este saludo y agradecimiento de quien –uno de sus mayores orgullos– tiene la vanidad de considerarse tu amigo.

Radulfus

lunes, 22 de noviembre de 2010

LATINES INESPERADOS

Hace poco volví a visitar el Palacio Barolo, ese notable edificio de Buenos Aires que está inspirado en diversos aspectos de La Divina Comedia. Acababa de hablar con Roberto Alifano, quien está terminando una novela ambientada a la vez en tiempos del Dante y también en la Argentina reciente; en ella se habla precisamente del Palacio, obra del arquitecto italiano Mario Palanti y terminado en 1923 (http://es.wikipedia.org/wiki/Palacio_Barolo). Pues bien, leí con emoción las varias frases latinas que se hallan en el cielorraso de su inmensa galería (algunas, virgilianas; otras, evangélicas) y pensé en la grandeza del mundo clásico, que ha llegado tan lejos en el espacio y en el tiempo. El Palacio es entonces responsable en parte de las siguientes búsquedas.

Esto me hizo acordar de Marcela, una alumna que me llevó a clase un curioso regalo. Era una foto de la entrada del cementerio de 25 de Mayo, Provincia de Buenos Aires. Allí se lee claramente NON OMNIS MORIAR. Con estas célebres palabras Horacio (Odas 3, 30, 6), poeta latino del s. I a. C., manifiesta su convencimiento de vencer a la muerte, pues los encanecidos siglos leerán sus versos. Y tenía razón, pues en este apartado lugar del mundo algunos –no tan pocos– seguimos leyéndolo. Y me vino inmediatamente la asociación con una frase que solían enseñar en las clases de doctrina cristiana, atribuida a Vicente de Lérins: la fe es quod semper, quod ubique, quod ab omnibus (‘lo que fue creído siempre, en todo lugar y por todos’; es un autor cristiano del s. V: cf.: http://en.wikipedia.org/wiki/St._Vincent_of_Lerins). Pensé que esto se ha dado con la luz de la Hélade y la gloria de la Roma eterna. En efecto en lugares muy curiosos es posible encontrar sus huellas. Pongo aquí por escrito solamente unos pocos de esos sitios.

Empezaré por un actor cómico de nombre artístico Calígula. Afortunadamente la Red ayuda a mi memoria, con un artículo de la revista Nosotros, del diario El Litoral (Santa Fe, 27 de marzo de 2004). “Délfor Amaranto Dicásolo, más conocido por Délfor, y creador en 1954 de La revista dislocada, programa que lideró durante años la audiencia de los mediodías dominicales y luego pasó a la TV, regresó a la radio –por Nacional, domingos a las 14– con su programa tradicional. […] ‘Así se hizo la Dislocada, la mayoría apareció de esa manera, como Jorge Porcel o Calígula; a Porcel me lo trajo un amigo […], que lo conoció una noche que fue a actuar a Villa Domínico’, describió. Conoció a Jorge en la confitería donde actuaba […] ‘Porcel era un gordito simpático que estaba haciendo el servicio militar, y así empezó; lo mismo que Calígula, obrero en Segba en Dock Sud, traído por mi amigo el locutor Miguelito Franco’, recordó. Por ese entonces, Délfor había visto el filme El manto sagrado y, cuando el futuro cómico apareció, alto y flaco, peinado hacia adelante en su intento de ocultar su calva, él exclamó ‘¡Calígula!’, por su parecido con el actor que interpretaba al célebre incendiario. Así quedó en el olvido su verdadero nombre, Luis Decibe, imitador memorioso de los diálogos de las películas de Carlos Gardel y primo hermano de la ex ministra de Educación Susana Decibe, nativa como él de la ciudad de Bragado.” (cf.: http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2004/03/27/nosotros/NOS-06.html).

Dos o tres cosas para comentar. Primero que el incendiario no fue Calígula sino Nerón, aunque en realidad es muy dudoso que este último haya incendiado Roma; no obstante, esa es la idea que circula vulgarmente (cf.: http://en.wikipedia.org/wiki/Nero). En cuanto a El manto sagrado, era un libro de Lloyd C. Douglas que fue llevado después al cine por Henry Koster; Jay Robinson hacía de Calígula (cf.: http://www.imdb.com/title/tt0046247/). Por último, Délfor tenía un hijo que a veces cantaba en La revista dislocada y en algún otro programa. Su nombre de pila era Carlos, pero su nombre artístico era romano: Espartaco (cf.: http://rockolafree.com.ar/ARG-E.htm). No obstante, era un muchacho muy flaco, más parecido al alfeñique de 44 kg de Charles Atlas que a un gladiador. Nota sobre nota, Charles Atlas también era un nombre de fantasía, tomado sin duda del mundo clásico (cf.: http://dealgunamanera1.blogspot.com/2008/05/ser-como-charles-atlas.html).

Más de res computatrales. Los chicos nos llenan de vida con su buen humor; en este mundo de hoy, tan comunicado, algunos de ellos ponen latines en sus direcciones electrónicas: galarzorum@ (el chico quedó impresionado por la música del genitivo plural); mi alumno Claudio usa egosumclaudius@ (según propia admisión, ama la novela de Robert Graves); y otro, Augusto, prefiere augustus@; un profesor griego que reside en Miami y es experto en elegía latina, Konstantinos P. Nikoloutsos, usa constantinus_magnus@ (su dirección muestra sin duda su admiración por el epónimo de Constantinopla); otro alumno, no mío, de latín, usa spqr@. En fin, las epistulae electronicae, de parabienes.

Todos los de mi época conocemos a Donald, el de Tiritando, tema de Nono Pugliese (utilizó en esta ocasión el seudónimo Charlie Tonto). Pues bien, cierta vez vi a Donald en la calle y me acerqué respetuosamente a él. Después de conseguir su autógrafo, le pedí su dirección electrónica, para enviarle por ese medio mi versión latina de su máximo éxito. Su comienzo es:

Fluctus flaminaque, [Enos Mars, Enos Mars]
frigora maris;
tui frigora animi
me conterritant.

Para verter el famoso sucundum, me valí de una frase de un himno que cantaban, en la antigua Roma, los sacerdotes del dios Marte. De vuelta, en correo del 7 dic. 2006, Donald me agradeció y dijo: “En realidad la palabra o el sonido sucundum se me ocurrió en el año ’67, cuando estudiaba Derecho Romano en primer año de la Universidad del Salvador, y la palabra de la cual derivó era secundum. ¡Qué gracioso después de tantos años volver a las fuentes!” Ni siquiera yo, siempre optimista respecto del futuro del latín, me pude haber imaginado tal cosa.

A griegos y romanos les gustaron mucho las carreras de caballos. Tal vez por eso algunos nombres de “burros” (et nos cedamus vulgari eloquio!) proceden de allí. Por ejemplo Edipo Rey, un caballo chileno que ganó el Gran Premio Latinoamericano en 1990 (cf.: http://dealgunamanera1.blogspot.com/2008/05/ser-como-charles-atlas.html). Hay muchas asociaciones que pueden hacerse a partir de este nombre, pero a mí me gusta porque dicen que el resultado final siempre es un enigma, cuando se trata del pasto o de la arena de las apuestas: por algo los que saben de esto son llamados “la cátedra.” Otro équido importante era Nonbis in Idem (cf.: http://mbprofesionales.com.ar/fabulada/info/forsale.pdf . El error en la separación y en el uso de mayúsculas (debería ser non bis in idem) no es mío, sino del dueño de este sangre pura). ‘No dos veces en lo mismo’ significa que no debemos cometer dos veces el mismo error; quizás por eso alguien, sabedor de que los habitantes de esta parte del mundo tenemos cierta propensión a ello (no somos los únicos), hablaba de los latinoamnesicanos. El premio República de Bolivia (1100 m, Hipódromo de La Plata) lo obtuvo la yegua Lux Lucis, que es de la tercera pero resultó de primera (cf.: La Nación, 22 oct. 2010). Pero el que más me gustó fue Borístenes, varias veces ganador (cf.: La Nación, 26 sept. 1999). Tiene el mismo nombre que un caballo de Adriano; este emperador romano del s. II le dedicó un epitafio (fragm. nº 4) que elogiaba su gran rapidez:

Borysthenes Alanus,
Caesareus veredus,
per aequor et paludes
et tumulos Etruscos
volare qui solebat.

Borístenes era el Dnieper, río que desagua en el Mar Negro. El mundo clásico y los corceles siempre fueron amigos; tanto que un antecesor de Adriano, Calígula, hizo para su caballo Incitatus un establo de mármol, lo custodiaba con soldados, lo vestía de púrpura, le ponía collares y joyas, le destinó una casa y esclavos para su atención y hasta, se decía, tenía pensado hacerlo cónsul (cf.: Suetonio, Calígula 55). Y Alejandro Magno llegó también bastante lejos, pues en honor a su caballo Bucéfalo fundó, junto al río Hidaspes, ‘no de otro modo que si hubiera perdido a un amigo’ la ciudad de Bucefalia (cf.: Plutarco, Vida de Alejandro 61).

Muy leído es el ingenioso humorista gráfico Nik. En uno de sus dibujos (cf.: La Nación, 25 jun. 2008), relacionado con la protesta agrícola que hubo en Argentina en 2008, un periodista le preguntaba al político de turno cómo andaban las instituciones en Argentina. El bigotudo funcionario le contesta que muy bien, pues lo hacen “de acuerdo a [sic] lo que deciden los tres poderes.” Estos no son ejecutivo, legislativo y judicial, como se espera, sino “piquete, cacerolazo y carpa.” El característico gato de Nik comenta: “Ya lo dijo el poeta: Carpe diem, diez carpas en el Congreso.” No sorprende la cita horaciana (Odas 1, 11, 8), pues es ex alumno del Colegio Nacional de Buenos Aires, gloria de la latinidad.

No me gusta, y lo digo sinceramente, el abuso de las palabrotas. Me refiero aquí a una de ellas por necesidad. Pues bien, pendejo es voz del español general, “pelo que nace en el pubis y en las ingles”, define la Academia. También sabe que: “vulg. Arg. y Ur. Chico, adolescente.” Pero ni la Academia ni el Diccionario del habla de los argentinos, de la Academia Argentina de Letras, registran pendex, que es deformación de la voz citada y que tiene ya unos treinta años. Más aún, la Red testimonia su abundante uso, como puede ver cualquiera que se valga de un buscador. Creo que pendex fue idea de un conocedor, en mucho o en poco, del latín: a la manera de latex,icis (‘líquido’), simplex,icis (‘simple’) o apex,icis (‘punta’). Lo curioso es que, cuando se usa en plural, no se dice pendices, en buen latín, sino “los pendex.” (Cf.: http://bicicletas-usadas.vivavisos.com.ar/motos-usadas+otras-santa-fe-region/yamaha-xj-600cc-ideal-p-pendex-q-no-llegan-al-cbr/10260134). Es como cuando alguien dice que, por su desempeño en el trabajo, le dieron “varios bonus”, en vez de boni; o como cuando alguien presentó “varios curriculums”, en vez de curricula.

Pero el lenguaje corriente comete muchos asesinatos. Dígalo, si no, la frase latina primum vivere, deinde philosophari (‘primero vivir, luego filosofar’). El mal uso ha llegado a forjar una mezcla con el italiano: primum vivere dopo filosofare. ¡Ni hablar del rarísimo non calentarum: largum vivirum! En la Red están documentados ambos usos. Muy curioso, porque parte de la creencia de que casi todo en latín termina en –um; en todo caso, la frase tiene un lejanísimo aire de ars longa, vita brevis, versión del aforismo griego hipocrático (ho bíos brachýs, con perdón por el uso de la trasliteración; cf.: http://es.wikipedia.org/wiki/Ars_longa_vita_brevis). Y, cuando surge alguna contrariedad, los sexagenarios decimos: Sonati, frates. Sin duda paráfrasis jocosa del Orate, fratres, de la Misa en latín.

Ahora, a los libros de viajes y aventuras. John L. Brom (1908-1969) fue explorador y fotografío y filmó muchísimo sobre el África (cf.: http://www.nmnh.si.edu/naa/whatsnew2000_02.htm). En uno de sus libros escribe: “El jefe de una familia de hipopótamos es un tirano feroz y celoso que reina sobre muchas hembras que lo obedecen ciegamente. Y ¡ay del intruso, de todo macho extraño que se atreva a acercarse a una de sus esposas! La consecuencia será una batalla a muerte […]. Puede suceder que ambos adversarios sucumban a causa de sus heridas, en cuyo caso las hembras se van y se buscan nuevo marido. Sin duda, este temperamento celoso impulsaba a los machos a destruir a sus propios vástagos masculinos, en quienes ven rivales en potencia. También puede suceder que el hijo, después de haber alcanzado la edad adulta viviendo solo, vuelva al seno de la familia, combata con su padre, lo mate y se apodere de todas las hembras, inclusive su propia madre. ¡El drama de la vida del hipopótamo es, en suma, digno de Shakespeare, o más bien de Sófocles, con matices que recuerdan a Edipo!” (John L. Brom. 32000 kilómetros por la selva africana. Buenos Aires, Ediciones Selectas, 1959, p. 278). Ya de por sí el hipopótamo tiene mucho de griego, pues su nombre es algo así como ‘caballo de río.’

En fin, llegado ya a puerto, debo aclarar que el título de este trabajo no es del todo preciso. En efecto no pueden considerarse demasiado “inesperados” los latines en alguien que, como Nik o como Brom, tuvo una formación de base europea. A pesar de tal impropiedad, quise mantenerlo, pues desde siempre me llamó la atención hallar el mundo clásico en lugares distantes de la literatura y del arte. También tuve una intención evocativa y otra de carácter humorístico y lúdico. Si mis lectores dedicaron su irreparable tiempo a tales bocadillos, venia, precor, sit mihi concessa.

RADULFUS

domingo, 6 de junio de 2010

NERÓN, ÍCONO DE LA ROMA ANTIGUA

El más célebre de los emperadores romanos es Nerón. Casi todos consideran que fue un loco. Si te detienes en estas líneas, querido lector, no conocerás verdades históricas pero solamente algo –muy poco– de la fama que lo siguió. Como este artículo no es la obra de un especialista, bastará con recordar que Nerón vivió en el siglo I AD y que hizo varias excentricidades. No es para nada seguro el que él haya incendiado Roma (cf.: http://es.wikipedia.org/wiki/Ner%C3%B3n). Pero al imaginario poco suele importarle la verdad y se queda con lo que comúnmente se cree. Hasta tal punto es esto así que tenemos lo siguiente: “Nero Burning ROM es un popular programa para producir CD y DVD, que funciona en Microsoft Windows y Linux. La compañía responsable de su desarrollo es Nero AG, anteriormente Ahead Software. Nero Express viene gratuitamente con muchos grabadores de discos ópticos.” Y continúa el artículo de la enciclopedia virtual (http://es.wikipedia.org/wiki/Nero_Burning_ROM):
“El nombre del programa pretende ser un juego de palabras.
El proceso de grabar un CD o un DVD es conocido como "quemar".
Teniendo en cuenta que el programa es alemán:
Nero hace referencia a Nerón, el emperador romano del cual se dice que quemó la ciudad de Roma.
Rom hace referencia a Roma. ROM corresponde a "Memoria de solo lectura", como antiguamente eran los CDs (y posteriormente DVDs). Su pronunciación es similar.
El logo del programa es el Coliseo ardiendo. Burning, en inglés.”

También lleva el nombre del emperador el gran detective Nero Wolfe, una creación del escritor estadounidense Rex Scout (1886-1975). “Nero Wolfe pesa cerca de 150 kilos, bebe más de diez litros de cerveza por día (sin que esto le produzca ningún síntoma de ebriedad), y cultiva su pasión por coleccionar orquídeas de incalculabre valor. Es una persona terca y malhumorada, que vive ayudado por su eficiente colaborador Archie Goodwin, su cocinero Fritz y un jardinero. No acostumbra a moverse de su casa y tiene horarios muy limitados para recibir clientes. Sus métodos son estrictos, primarios e incluso algunas veces ilegales o estorbando a la policía, mientras Archie y Saul Panzer (su otro ayudante en casos policiales) buscan pistas, Wolfe se dedica a pensar, en medio de abundantes banquetes y vasos de cerveza” (cf.: http://es.wikipedia.org/wiki/Rex_Stout).

Hay incluso un célebre texto español, el anónimo “Romance que dice Mira Nero de Tarpeya”, que se puede copiar de la Red, en el Centro Virtual Cervantes (http://cvc.cervantes.es/artes/fotografia/esp_roma/introduccion/textos_literarios01.htm).

Mira Nero de Tarpeya
a Roma cómo se ardía;
gritos dan niños y viejos,
y él de nada se dolía.
El grito de las matronas
sobre los cielos subía;
como ovejas sin pastor,
unas a otras corrían;
perdidas, descarriadas,
a las torres se acogían.
Los siete montes romanos
lloro y fuego los hundía;
en el grande Capitolio
suena muy gran vocería;
por el collado Aventino
gran gentío discurría;
van en caballo rotundo,
la gente apenas cabía;
por el rico Coliseo,
gran número se subía.
Lloraban los ditadores
y los cónsules a porfía;
daban voces los tribunos,
los magistrados plañían,
los cuestores se mataban,
los senadores gemían.
Llora la orden ecuestre,
toda la caballería,
por la crueldad de Nero,
que lo ve y toma alegría.
Siete días con sus noches,
la ciudad toda se ardía;
por tierra yacen las casas,
los templos de tallería;
los palacios muy antiguos,
de alabastro y sillería,
por tierra van en ceniza
sus lazos y pedrería.
Las moradas de los dioses
han triste postrimería:
el templo Capitolino
do Júpiter se servía,
el grande templo de Apolo
y el que de Mars se decía,
sus tesoros y riquezas
el fuego los derritía.
Por los carneros y osarios,
la gente se defendía.
De la torre de Mecenas,
mirábala todavía
el ahijado de Claudio,
que a su padre parecía;
el que a Séneca dio muerte,
el que matara a su tía;
el que, antes de nueve meses
que Tiberio se moría,
con prodigios y señales
en este mundo nacía;
el que siguió los cristianos,
el padre de tiranía.
De ver abrasar a Roma
gran deleite recebía,
vestido en sénico traje
decantaba en porfía.
Todos le ruegan que amanse
su crueldad y porfía:
Doriporo se lo ruega,
Esporo la combatía;
a sus pies Rubia se lanza
acepte lo que pedía.
Claudia Augusta se lo ruega;
ruégalelo Mesalina.
Ni lo hace por Popea
ni por su madre Agripina;
no hace caso de Antonia,
que la mayor se decía;
ni de padre tío Claudio
ni de Lípida, su tía.
Aulo Plauco se lo habla,
Rufino se lo pedía;
por Británico ni Trusco
ninguna cuenta hacía.
Los ayos se lo rogaban,
el Tonsor y el que tenía;
a sus pies se tiende Otavia;
esa queja no quería.
Cuanto más todos le ruegan,
él de nadie se dolía.

Tan famoso era que –narra Fray Bartolomé de las Casas en su Brevísima relación de la destruición de las Indias– “estando metiendo a espada los cinco o seis mil hombres en el patio estaba cantando el capitán de los españoles: ‘Mira Nero de Tarpeya / a Roma cómo se ardía. / Gritos dan niños y viejos / y él de nada se dolía.’ ” (cf.: http://www.ciudadseva.com/textos/otros/brevisi.htm). No queremos aburrir con la roca Tarpeya, con Británico, con Octavia y demás datos históricos, pero se ve claramente que el romance español, no muy amante de la brevedad, hace de Nerón un incendiario insensible ante el dolor de los demás; solo era sensible para su peculiar arte “realista”. En todo caso, el autor tenía algo más que un barniz de historia romana. Solo quiero detenerme en la castellanización “Nero”, que aquí leemos. No es la habitual hoy para los nombres latinos de ese tipo. Quienes han estudiado latín, saben que Nero,onis es como Cato,onis, ‘Catón’, y Varro,onis, ‘Varrón’; o como Pero,onis, ‘Perón’, según castellanizó Oscar Conde en su versión latina de la “Marcha peronista” (no transcribo el correspondiente pasaje, para no lesionar su derecho de autor).

Pero vayamos un poco al mundo de la publicidad. Hay un vino argentino que se llama NERÓN. Supongo que es de precio popular, porque viene en envase Tetra Brik. Sobre un fondo de uvas, un círculo encierra una reproducción de la cabeza marmórea de nuestro César. Lo rodea la inscripción “VINO TINTO – red wine”, repetida tres veces. Ignoro por qué está también bilingüe: quizás acate el standard de calidad que exige la exportación. En todo caso, la buena mesa está asociada al nombre del romano más famoso. Otro tanto hace el restaurante Nerón (Juncal 2479, Ciudad de Buenos Aires).

Pero no solo está el placer de la comida, pues AQUA (sic) DE NERON (sic) es un establecimiento que organiza “Fiestas Partner” (no sé con precisión el significado). En la misma tarjeta se lee que allí están “los shows más eróticos de Bs. As.”; y que es “an exclusive place for a (sic) heavenly moments in exquisite company”. Tal vez la bella señorita escasa de ropas que engalana el cartón invita de modo especial a turistas extranjeros. A pesar de que queda en Santa Fé (sic) 1130, a cuatro calles de mi casa, confieso que nunca entré a ese angélico local para proseguir mis investigaciones.

Pero mi amor por los años ’60 me lleva a citar una nota que escribí hace tiempo: “El latín del Club del Clan” (en: Ludus, nº 4. Buenos Aires, jul. 1995). Debo rectificar mi error, porque debí haber escrito “de El Club del Clan”, porque el artículo forma parte del nombre (http://www.violetarivas.com.ar/cc-el%20club%20del%20clan%201.htm). Pero lo que importa es que en esa época “el cantante italiano Gianni Morandi hizo famoso Che me ne faccio del latino?, tema de Marchesi, Bereta y Bertolazzi.” Así escribía entonces. En esa canción no se nombra a Nerón, pero cito una parte de la versión castellana, que fue hecha por Ben Molar y cantaron Violeta Rivas y también Ricardo Roda:

En tiempos de Nerón
era la moda dar latín.
Hoy Chubby Checker con el twist
otro incendio provocó.

Vuelvo a citar lo que entonces escribí: “Ben Molar hizo bien y no fue incisivo en la traducción: eliminó otros romanos ilustres y puso al paradigmático Nerón (a quien es dudoso que se le pueda atribuir el célebre incendio).” Y esto me sirve como conclusión de estas líneas. En efecto quizás otros tiempos y lugares ponderaban a Augusto o a Trajano. Pero en el hombre común, sin estudios específicos, Nerón ha quedado como símbolo. Quizás no fue tan loco y no fue loco todo el tiempo, pero eso poco importa. No es mi tarea decirle al pueblo lo que debe imaginar sino, humildemente, ilustrar con vanas voces su imaginario. Además Nerón admiraba mucho la cultura griega; por eso está bien que digamos que fue un ícono de la Ciudad Eterna.

Radulfus

lunes, 22 de marzo de 2010

LATINES MARINOS


En esta modesta página mía publiqué, a comienzos de 2009, "Escocia en mis lecturas de verano". Ahora, a comienzos de 2010, escribo algo sobre algunos libros que leí en vacaciones. Esta vez no se trata de obras relacionadas con las tierras altas, sino con el latín; y empiezo no con un libro, sino con un barco. En Punta del Este está el hotel Ajax. Me llamó la atención que en su logo hubiera una campana y que, en el jardín de entrada, una madera llevara la inscripción Nec quisquam nisi Ajax. Un impreso de la Dirección General de Turismo de la Intendencia Municipal de Maldonado dice: “A 290 millas al oriente de la desembocadura del Río de la Plata, a las 06:17’ de la mañana del miércoles 13 de diciembre de 1939, comenzó la batalla llamada de Punta del Este, entre el poderoso acorazado alemán Graf Spee, al mando del capitán Langsdorff, y los cruceros británicos livianos Ajax y Achilles y el crucero pesado Exeter, todos al mando del comodoro Harwood.” En el hotel Ajax hay una réplica de la campana del buque homónimo y se conserva un farol original de la nave. Ahora bien, ¿y la frase latina? La tenía el buque inglés, cambiando un verso de las Metamorfosis de Ovidio (13, 390): ne quisquam Aiacem possit superare nisi Aiax, ‘para que nadie pueda vencer a Áyax sino el propio Áyax.’ Confieso que no esperaba hallar estos latines en una ciudad que parece relacionarse más con el jet set.

Pero mi primera lectura junto al piélago uruguayo fue El capitán Blood, de Rafael Sabatini. Compré por centavos un volumen de Editorial Tor (Buenos Aires, 1957), aunque los estudiosos dicen que tales ediciones son muy malas. Tienen razón, pero me gusta su sabor antiguo. La Wikipedia me informó sobre Sabatini (1875-1950): “Rafael Sabatini nació en la localidad de Jesi (Italia). Su madre fue inglesa y su padre fue italiano; ambos fueron cantantes de ópera y maestros. Por haber vivido con su abuelo en Inglaterra y estudiado en Portugal y Suiza, Sabatini hablaba hasta seis idiomas. De ellos, decidió escribir en inglés, la lengua de su madre, porque entendía que ‘los mejores cuentos están escritos en inglés’.Tras un breve período en el mundo de los negocios, Sabatini comenzó a trabajar como escritor. Durante la Segunda Guerra Mundial trabajó como traductor para el Servicio de Inteligencia Británico. Escribió varios relatos cortos entre 1890 y 1900 y publicó su primera novela en 1902. Le llevaría casi un cuarto de siglo alcanzar el éxito, lo que conseguiría con Scaramouche (http://es.wikipedia.org/wiki/Rafael_Sabatini). Confieso que nada sabía de esto: al único que conocía era a Errol Flynn, el actor que personificó en el cine a Blood; en todo caso, el artículo citado nada dice de sus latines, que son abundantes en esta novela de piratas.

Blood era de profesión médico, aunque la vida lo llevó en determinados momentos a tomar las armas, como soldado y como pirata. Quiere decir que, como hombre educado de sus tiempos (segunda mitad del s. XIX), había aprendido nuestra lengua madre. No por nada tenía “un ejemplar, encuadernado en piel de becerro, de las Odas de Horacio” (cap. 22). Van solo algunos ejemplos de tal conocimiento. A tres buques tomados a los españoles los bautizó Cloto, Láquesis y Átropo (cap. 18), los nombres de las tres Parcas, o Moiras, de los antiguos. También hay mención de dichos célebres latinos: “Los dioses empiezan por volver locos a aquellos a quienes quieren destruir” (cap. 17), que es sin duda quem Deus vult perdere, prius dementat; “praemonitus, praemunitus” (cap. 23), juego de palabras que podría verterse ‘quien está avisado, está resguardado’; y versos de Horacio (Odas 1, 24, 19-20) que se hicieron proverbiales: “levius fit patientia / quicquid corrigere est nefas” (cap. 22), ‘con la paciencia se hace más leve / aquello que no se puede cambiar.’

Cuando Blood ve a los hombres dirigirse a la guerra, se pregunta con palabras de Horacio (Epodos 7, 1): quo, quo, scelesti ruitis? (cap. 1), ‘¿dónde, dónde vais en vuestra maldad?’ Y ante la fuerza del destino recuerda, modificada, una frase de Virgilio (Eneida 10, 113): fata viam invenerunt (cap. 13) ‘los hados hallaron su camino.’ Y también, mal citado, recuerda al poeta de la Eneida (10, 284) con audaces fortuna iuvat (cap. 15), ‘la fortuna ayuda a los audaces.’ Y hay bastantes ejemplos más, pero basten estos como muestra de que la voz del Lacio viajaba también por los mares del Caribe.

Para el último libro de viajes, el comienzo de un artículo de la enciclopedia en línea: “Louis Antoine de Bougainville, conde de Bougainville (1729-1811) fue un militar, explorador, y navegante francés que hizo la primera circunnavegación francesa, y se destacó por su descripción de Tahití. En su memoria se bautizó la isla Bougainville y la fosa de Bougainville, en el archipiélago de Salomón, y la planta bugamvilia, que descubrió el naturalista de la expedición en Brasil y trajeron a Europa” (http://es.wikipedia.org/wiki/Louis_Antoine_de_Bougainville). En una librería de viejo compré el libro que leí en mi enero junto al mar, no en el Pacífico sino en el Atlántico uruguayo: L. A. de Bougainville. Viaje a Tahití (pról. Joan Bestard). Barcelona, José J. de Olañeta, 1982. Cumple agregar que trae como apéndice el Suplemento al viaje de Bougainville, de Diderot, un muy buen mapa del periplo y fotos en blanco y negro.

Es natural que un europeo de ese entonces vea un mundo nuevo con visión del viejo. Por eso no llama la atención leer que en Tahití “impera todavía la franqueza de la edad dorada” (pp. 28-29). Cuando una bella nativa se desnuda ante ellos, “apareció a los ojos de todos como la Venus se dejó ver de los ojos del pastor frígido” (p. 29). Sin duda hay en error en la traducción: debe ser ‘el pastor frigio’, esto es Paris, príncipe de Troya; no “frígido.” El Paris de la mitología poca frialdad parecía tener en cosas de amores. Y el nombre que dieron los franceses a Tahití fue Nouvelle Cythère (p. 49). Recordemos que Citera era una isla del Egeo consagrada a Venus. Y, al ver ellos cómo hombres y mujeres tahitianos pintaban sus cuerpos (p. 58), es lógico que alguno recordara a César, quien en La guerra de las Galias (5, 14) contaba que los británicos también se pintaban (Omnes vero se Britanni vitro inficiunt, quod caeruleum efficit colorem). Y –última referencia– ante las maravillas naturales de la Polinesia, Bougainville dice “se creería uno en los Campos Elíseos” (p. 52).

En fin, agradezco a los lectores por haberme acompañado en mis meditaciones, hechas junto al mar y en un país de gente muy cordial. Ya no estoy en las vacaciones ni en el Uruguay, pero los libros son capaces de llevarnos a tierras muy lejanas. Y en tales viajes siempre me acompaña mi viejo latín.

Raúl Lavalle

domingo, 14 de marzo de 2010

VIRGILIO ENTRE VIKINGOS

De Marcos Méndez Filesi


Regresos troyanos

Durante la Edad Media, a medida que se iban formando conciencias nacionales, fue frecuente reinterpretar la historia con el objetivo de ligar el pasado de cada lugar con la Antigüedad clásica, cuyo prestigio aún debía de perdurar en la mentalidad colectiva.
Un ejemplo claro lo encontramos es la Estoria de España de Alfonso X (1221-1284), en la que se hace a los españoles descendientes de Heracles y los griegos. Según esta crónica, antes de su llegada, la península Ibérica recibía el nombre de Hesperia —como el legendario jardín de la mitología griega— y, entre sus reyes, el más poderoso era uno llamado Caco, que en los mitos griegos se presenta como un hijo de Hefesto enemigo de Heracles.
Tras derrotar Caco, Heracles fundó varias ciudades, como Híspalis (Sevilla) o Barca nona (Barcelona), y los griegos que constituían su ejército poblaron esta nueva tierra. Luego marchó a recorrer el mundo en busca de aventuras, pero antes dejó al mando de Hesperia a su sobrino Espan, un gran señor del que proviene el nombre de España.

«E por esso la poblo daquellas yentes que troxiera consigo que eran de Grecia, e puso en cada logar omnes de so linaje. E sobre todos fizo señor un so sobreino, que criara de pequenno, que auie nombre Espan; y esto fizo el por quel prouara por much esforçado e de buen seso; e por amor del camio el nombre a la tierra que ante dizien Esperia e pusol nombre Espanna» (1).

Para escribir estas crónicas nacionales legendarias, algunos autores se inspiraron en Virgilio, quien había descrito en el siglo I a.C. la fundación mítica de Roma a partir de las aventuras de Eneas, un príncipe troyano que había sobrevivido a la guerra de Troya.

El caso más claro lo encontramos en la Historia de los de los reyes de Britania, escrita en el siglo XII por Geoffrey de Monmouth (2). En esta obra, de la que nació todo el ciclo artúrico, Geoffrey de Monmouth reinventó la historia de las islas Británicas mezclando mitos, leyendas, cuentos, poemas y genealogías para ensalzar el pasado de los galeses y, en menor medida, el resto de pueblos y culturas que constituían las variopintas islas británicas.

Según Geoffrey de Monmouth, quizás basándose en una tradición galesa, el origen de los británicos se remonta a la guerra de Troya. Un bisnieto de Eneas llamado Bruto se fue de Italia hasta Grecia para expiar el homicidio involuntario de su padre y allí liberó a 7.000 troyanos y sus familias que se encontraban prisioneros. Luego, siguiendo los consejos de la diosa Diana (Artemisa), navegó hacia el oeste rumbo de hacia una isla que antaño se encontraba poblada por gigantes pero que ahora estaba casi desierta. Por el camino se encontró con el gran guerrero Corineo, otro descendiente de troyanos, que se convirtió en su mejor amigo y compañero de batallas. Después de pasar por diversas peripecias llegaron hasta Aquitania, en Francia, donde derrotaron a Gofario el Picto, y finalmente arribaron a la isla de Albión, que desde entonces se denominó Britania en honor de Bruto. Tras vencer a unos pocos gigantes que aún quedaban por la isla, los troyanos —ahora britanos— se asentaron y fundaron la ciudad de Nueva Troya, que más tarde pasaría a llamarse Kaerlud, en honor del rey Lud, y en la actualidad se conoce como Londres.

Otro caso similar lo vemos en el Edda Menor de Snorry Stúrluson (1179-1241), autor de varias obras fundamentales de la literatura medieval islandesa (3). En el prólogo cuenta que en el centro del mundo, en lo que por entonces se conocía como Turquía, había una ciudad llamada Troya, la cual estaba por gobernada por doce reyes. Uno de estos reyes era Memnón y estaba casado con Troyana, que era la hija de Príamo, el rey más poderoso de la ciudad. De esta unión nació Tros, «el que nosotros conocemos por Thor», es decir, el famoso dios vikingo del trueno y el rayo.

Tros se educó con el duque de Tracia, que se llamaba Lorikus, en equivalencia al dios vikingo Loki. Cuando Tros cumplió doce años:

«Alcanzó la plenitud de sus fuerzas: diez pieles de oso levantaba del sueño de una vez. Entonces mató a su padrino, el duque de Lorikus, y a la esposa de éste, Lora o Glora, y se adueñó del reino de Tracia; Trudheim le decimos nosotros.

»Luego salió a recorrer el mundo y conoció todas las tierras y venció él solo a todos los berserkir y a todos los gigantes y a un enorme dragón y muchas fieras. En la parte norte del mundo encontró una adivina llamada Sibila, la que nosotros conocemos por Sif, y se casó con ella. La familia de Sif no la sé, pero era la más hermosa de todas las mujeres; su cabello era como el oro».

Con esta Sibila, una profetisa que desempeña un papel fundamental en la Eneida, Thor inaugura un largo linaje en el que, después de varias generaciones, aparece Voden, es decir, Odín, el rey de los dioses en la mitología germánica. Odín se casó con Frígida, a la que los vikingos denominan Frig, y luego marchó desde Troya, en Turquía, hasta Escandinavia poblando estas gélidas tierras de troyanos.

«Odín poseía, como también su esposa, el don de la adivinación, y mediante esta ciencia supo que en la parte norte del mundo su nombre sería más honrado y ensalzado que el de ningún rey. Quiso por ello venirse para acá, y salió de Turquía seguido de una gran multitud de jóvenes y viejos, hombres y mujeres, que llevaban consigo muchas cosas de valor».

Un tercer ejemplo se encuentra en la Crónica de los Bohemios, de la que por fin podemos disfrutar de una traducción al español gracias a Raúl Lavalle (4). Fue escrita por Cosmas de Praga hacia el año 1120 y relata el origen legendario del reino de Bohemia a partir de un antepasado mítico llamado Bohemo. En este caso, la influencia virgiliana es más sutil. Los personajes de la generación fundadora no derivan directamente de Troya o la Eneida, pero sí se inspiran en ellos, como es el caso de Kazi, una hechicera que se compara en varias ocasiones con la Sibila de Cumas.

Y ahora ha llegado el momento de preguntarnos, ¿por qué esta insistencia en Virgilio?

Virgilio rodeado por las musas en un mosaico romano

Virgilio el poeta

Publio Virgilio Marón está considerado uno de los mayores autores de toda la historia de la literatura universal. Nació el 15 de octubre del año 70 a.C. en Andes, un pequeño pueblo cerca de Mantua (Italia) en el seno de una familia humilde. Su padre era un campesino que, al parecer, mejoró su situación económica al casarse con la hija de su patrono. Tras vivir en Cremona y Milán, donde estudió en profundidad la literatura grecolatina y la disciplina de matemáticas (que incluía medicina, astronomía y astrología, entre otras), marchó a Roma cuando contaba unos 20 años. En la ciudad más importante de su tiempo, en teoría, iba a seguir la carrera forense pero la literatura le resultó mucho más interesante y pronto la abandonó para dedicarse a la poesía. También dejó la capital para instalarse en Nápoles, quizá la más griega de las ciudades romanas, donde procuró llevar una vida apacible y sosegada en consonancia con los planteamientos epicúreos que compartía por aquella época. Sin embargo, hacia el año 42 a.C., su tranquilo retiro de la mundanal Roma se vio interrumpido por un terrible acontecimiento.

Desde hacía tiempo, la otrora orgullosa República romana estaba gobernada de facto por los distintos señores de la guerra que iban surgiendo a cada momento y se sucedían constantes enfrentamientos entre los partidarios de uno y otro bando. Los generales del ejército intervenían con creciente frecuencia en la política de la república pero a cambio, entre otras recompensas, debían pagar la obediencia de sus legionarios con la promesa de asentarlos tras su servicio en tierras confiscadas o conquistadas. En una de esas confiscaciones, la familia de Virgilio perdió todas sus propiedades en Mantua y el poeta debió de abandonar Nápoles para hacerse cargo de la situación. Por fortuna, parece ser que consiguió que les restituyesen las tierras y poco después, en el año 39 a.C. publicó su primer gran éxito, las Bucólicas, con el que obtuvo el suficiente reconocimiento a su talento literario como para no volver a padecer penurias económicas. Sin embargo, con la fama y el dinero llegaron también nuevos peligros pues había llamado la atención de un hombre al que más valía no contrariar: el emperador Augusto.

Tras la publicación de las Bucólicas, Virgilio había regresado a su amada Nápoles, donde durante unos diez años se encarga de terminar pacientemente su segunda gran obra, las Geórgicas, una loa a la vida rural que consolidó definitivamente su prestigio. Tras su conclusión, en el año 29 a.C., era ya tal su fama que recibió un encargo del emperador, debía escribir una epopeya de tintes homéricos que glorificase el pasado de la ciudad de Roma y, por ende, de la familia imperial que en la actualidad la regía. Fruto de aquel encargo fue una obra extraordinaria, la Eneida, a cuya redacción le dedicó los últimos diez años de su vida. Cuando apenas le faltaban un par de revisiones a la Eneida para estar concluida, Virgilio decidió emprender un viaje por Grecia y los demás lugares donde se desarrollaba para ver con sus propios ojos los principales escenarios de la obra. Antes de partir, cuenta la leyenda que le pidió a su amigo Vario que destruyese la Eneida y el resto de sus textos inéditos si moría durante el viaje. Curioso presentimiento, pues enfermó cerca de la ciudad de Megara y murió al poco de regresar a Italia, el 21 de septiembre del año 19 a.C.

Aún antes de morir, insistió en que destruyesen las copias inconclusas de la Eneida. Alabados sean los dioses, sus ruegos fueron ignorados y a la posteridad ha pasado una de las mejores obras literarias de todos los tiempos, aunque la verdad es que nos queda una pregunta por resolver, ¿qué debería haber hecho Vario?, ¿respetar la última voluntad de un moribundo sobre su propia obra o ignorarla pensando en el resto de la humanidad?

La respuesta es complicada porque lo cierto es que la influencia posterior de Virgilio ha sido enorme en la literatura, la filosofía y el arte. De hecho, tan grande era el prestigio de Virgilio el poeta que tiempo después abrieron su tumba para dar paso a Virgilio el santo.


Virgilio el santo

Cuando cayó el imperio romano, la Iglesia oficialmente condenó y despreció por paganos a los antiguos autores clásicos, tildándolos literalmente de perros pulgosos. Sin embargo, no podían relegarlos por completo porque representaban todo el saber de la época y, lo que aún resultaba más importante, sin ellos no podían aprender la lengua de la liturgia y de la propia Iglesia: el latín. Y decir latín es decir Virgilio, el autor más reconocido desde tiempos romanos.

Así, a pesar de las consignas oficiales, se siguió leyendo a los clásicos, y los eclesiásticos más sensibles al arte literario se rindieron ante la belleza y profundidad de aquellos textos. En un pionero ensayo de 1866, el filólogo Domenico Comparetti recogía una anécdota sintomática de esta tensión entre la postura oficial y la pasión que despertaba Virgilio:
«Este fanatismo, llevado al exceso, se nos presenta con ciertas características de leyenda. Un escritor de siglo XI nos cuenta que: «En Rávena, Vilgardo estudiaba gramática con gran intensidad, tal y como suelen hacer los italianos, descuidando todo lo demás. Había empezado a enorgullecerse como un necio por su saber, cuando una noche se le aparecieron los demonios con la forma de los poetas Virgilio, Horacio y Juvenal; y estos demonios le agradecieron con palabras falaces el estudio que hacía de sus textos y le prometieron hacerle partícipe de su gloria. Así, depravado por estas malas artes, empezó a enseñar muchas cosas contrarias a la Fe y a decir que debía creerse ciegamente en las palabras de los poetas. Al final, fue declarado hereje y condenado por el arzobispo Pietro».

Para resolver esta contradicción, dieron con una ingeniosa solución. Si no podemos ni queremos abandonar a los clásicos, convirtámoslos en cristianos, basta con pensar que tras sus textos paganos se esconden, a modo de metáforas y alegorías, los principios del cristianismo. Y entonces descubrieron que Virgilio había anticipado el nacimiento de Jesús.

En la cuarta Bucólica (c. 40 a.C.), Virgilio describe la llegada de una nueva era profetizada por la Sibila de Cumas con pasajes tan significativos para un clérigo medieval como este:

«La última edad del vaticino de Cumas es ya llegada; una gran sucesión de siglos nace de nuevo. Vuelve ya también la Virgen, vuelve el reinado de Saturno; una nueva descendencia baja ya de lo alto de los cielos. Tú, casta Lucina, sé propicia al niño que ahora nace, con él la raza de hierro dejará de serlo al punto y por todo el mundo surgirá una raza de oro» (5).

Daba igual que, en realidad, la Virgen fuera la diosa de la justicia, Temis, o su hija Astrea, el niño algún hijo de un ilustre personaje romano y la nueva edad de oro hiciera referencia a la extendida creencia grecolatina de que la humanidad ha pasado por diversas generaciones a cada cual más envilecida hasta llegar a la actual. Virgilio se convirtió en una autoridad incuestionable, casi un santo. De ahí que terminemos encontrando sibilas en la Capilla Sixtina de Miguel Ángel y en la Crónica de los Bohemios, o a descendientes troyanos por Gales y Escandinavia.

La Sibila de Cumas, Miguel Ángel

Notas
1. Alfonso X. Prosa histórica. Estoria de Espanna. Cátedra. Madrid, 1990.
2. Geoffrey de Monmouth. Historia de los reyes de Britania. Traducción de Luis Alberto de Cuenca. Alianza Editorial.
3. Snorri Sturluson. Edda Menor. Traducción de Luis Lerate. Alianza Editorial, Madrid, 2000.
4. Cosmas de Praga. Crónica de los Bohemios. Traducción de Raúl Lavalle. Edición on line.
5. Virgilio. Bucólicas. Traducción de Tomás de la Ascensión Recio García. Gredos. Madrid, 2000.