domingo, 28 de noviembre de 2010

LAS CAMPANAS Y UN POEMA DE LUCIANO MAIA

LAS CAMPANAS Y UN POEMA DE LUCIANO MAIA

Más de una vez escribí sobre un amigo. Luciano Maia, brasileño de Fortaleza, es poeta, ensayista y traductor. Pero se yergue además como una columna de la latinidad perenne, pues conoce el latín y varias lenguas romances, incluso el rumano. Es Cónsul Honorario de Rumania en Fortaleza y Comendador de la Orden Nacional de Rumania en Fortaleza. Pero me detendré brevemente en su poema “Ode ao sino”, publicada en su poemario Pátria dos cataventos (Fortaleza, Expressão Gráfica e Editora, 2007, p. 91).

Na distância, uma badalada. Repique
na tarde em despedida
és, sino, solidão apunhalada.

Queria chamar-te campana
assim me lembrarias ternuras
e poemas e viagens e amores
distantes, porém serenizados
na doçura da rima castelhana.

Sino branco e dourado
em um relembro
rococó numa tarde exilada
longe, longe.
Sino alvissareiro no entardecer
do dia de Natal.

(Sino da minha cidade vestida de luto).

En estas líneas no pretendo decir nada elevado. Nada más haré libre asociación de ideas y recuerdos: menciono alguna campana que resuena en mi oído y doy, querido amigo, mis impresiones de lector cándido. Tampoco traduzco del portugués al español, porque creo que los latinoamericanos tenemos que acostumbrarnos a entendernos naturalmente. La primera lectura es la del Código de Derecho Canónico. No me refiero al actual, sino a uno viejo, que compré en mis andanzas por viejas librerías. Es el ordenado por Pío X y promulgado por Benedicto XV (para poner algún latinajo: Romae, Typis Polyglottis Vaticanis, MCMXVIII). Traduzco del canon 1169 del Codex: ‘§ 1. En cualquier iglesia conviene que haya campanas, para que los fieles sean invitados con ellas a los oficios divinos y a otros actos de religión. § 2. También las campanas de las iglesias deben ser consagradas o bendecidas según los ritos de los libros litúrgicos aprobados. § 3. El uso de ellas está sometido solamente a la autoridad eclesiástica. § 4. Con excepción de ciertas condiciones puestas, bajo aprobación del Ordinario, por aquellos que donaron la campana, ella no puede estar destinada a usos meramente profanos, salvo por causa de necesidad, por licencia del Ordinario o, en fin, por legítima costumbre.’

El segundo recuerdo en mi mente fue Vaya con Dios, viejo tema del cantante y actor mexicano Pedro Infante (1917-1957). Recuerdo también las versiones de los grandes Pedro Vargas, Nat King Cole y Julio Iglesias. Copio la letra (cf.: http://www.justsomelyrics.com/1460741/Pedro-Infante-Vaya-con-Dios-Lyrics).


Se llegó el momento ya
de separarnos;
en silencio el corazón
gime y suspira:
“Vaya con Dios mi vida,
vaya con Dios mi amor.”
Las campanas de la iglesia
suenan tristes
y parece que al sonar
también te dicen:
“Vaya con Dios mi vida,
vaya con Dios mi amor.”
Adonde vayas tú
yo iré contigo;
en sueños siempre
junto a ti estaré;
mi voz escucharás,
dulce amor mío;
pensando como yo estarás
volvernos siempre a ver.
La alborada al despertar
feliz te espera,
si en tu corazón yo voy
adonde quiera.
“Vaya con Dios mi vida,
vaya con Dios mi amor.”

En la lírica amorosa las despedidas son lugar común. Aquí la tristeza del adiós es acompañada por los bronces sonantes, tristes también ellos. Más aún, la personificación los hace hablar. Y me permito añadir algo que no está en la canción de Infante: “si yo te seguiré a todas partes, doquiera que tú vayas, y siempre te estaré esperando, que el son de estas campanas siempre te lo recuerde.” Es curioso pero todos sabemos que en las iglesias se “catequiza.” Pues bien, catequesis es voz griega que tiene la idea de ‘eco’: el más bello eco es para mí el de las campanas. Te invito entonces, caro lector, a escuchar la versión de Nat King Cole (cf.: http://www.youtube.com/watch?v=uCQGyxO316c). ¿Y cómo no pensar en las campanas navideñas? Sobre todo, el tradicional villancico Campanas de belén.

Campana sobre campana
y sobre campana una:
asómate a la ventana,
verás al Niño en la cuna.
–Belén, campanas de Belén,
que los ángeles tocan,
¿qué nuevas nos traéis?
–Recogido tu rebaño,
¿adónde vas, pastorcillo?
–Voy a llevar al Portal
requesón, manteca y vino.
Campana sobre campana
y sobre campana dos:asómate a la ventana,
porque está naciendo Dios.
Campana sobre campana
y sobre campana tres:
en una cruz a esta hora
el Niño va a padecer.
Caminando, a media noche,
dónde camina el pastor,
le llevo al Niño que nace,
como a Dios, mi corazón.

En este bello villancico andaluz los repiques dan alegría al Portal y a los pastores, que acuden con sus sencillas y sabrosas ofrendas pastoriles. La alegría navideña preanuncia no obstante el dolor futuro de la Cruz. Pero, antes de ir al poema de Luciano, quiero recordar lo que él me dijo en un correo personal del 4 nov. 2010: “Curioso que, a mi juicio, solo en portugués y en romanche existen, con el sentido de campana, sino (port.) y zain (rom.) advenidos de signum.” En cambio en la mayoría de las lenguas neolatinas está el derivado del latín campāna, de Campania, en Italia, donde se usó por primera vez, según informa la Academia.

Quizás por eso Luciano dice que querría a veces llamar campana a su sino. La trata de tú, la toma como compañera de un viaje espiritual, sobre todo a la vieja Castilla. Pues Luciano conoce perfectamente el español y hay una parte española en su familia. En la primera estrofa nos dijo que el tañido del bronce le parecía una ‘soledad apuñalada’, en esa tarde de despedida. Pues bien, paralelamente dijimos que su itinerario espiritual lo acompañó en sus saudades personales y lo llevó en un instante a la Península Ibérica, a la tierra de los Maias. Y es muy bonito que en Hispania tengamos también la palabra árabe alvissareiro: la campana en el atardecer nos da albricias. Y nada menos que las albricias de la Navidad: no en vano una viejísima canción alemana dice que nunca suenan más dulces las campanas que en Nochebuena (süßer die Glocken nie klingen / als zu der Weihnachtszeit). Para colmo de mi alegre evocación, completan el bello cuadro las curvas, los oros, la pasión y el fervor del rococó brasileño. Recibe entonces, caro Luciano, este saludo y agradecimiento de quien –uno de sus mayores orgullos– tiene la vanidad de considerarse tu amigo.

Radulfus

lunes, 22 de noviembre de 2010

LATINES INESPERADOS

Hace poco volví a visitar el Palacio Barolo, ese notable edificio de Buenos Aires que está inspirado en diversos aspectos de La Divina Comedia. Acababa de hablar con Roberto Alifano, quien está terminando una novela ambientada a la vez en tiempos del Dante y también en la Argentina reciente; en ella se habla precisamente del Palacio, obra del arquitecto italiano Mario Palanti y terminado en 1923 (http://es.wikipedia.org/wiki/Palacio_Barolo). Pues bien, leí con emoción las varias frases latinas que se hallan en el cielorraso de su inmensa galería (algunas, virgilianas; otras, evangélicas) y pensé en la grandeza del mundo clásico, que ha llegado tan lejos en el espacio y en el tiempo. El Palacio es entonces responsable en parte de las siguientes búsquedas.

Esto me hizo acordar de Marcela, una alumna que me llevó a clase un curioso regalo. Era una foto de la entrada del cementerio de 25 de Mayo, Provincia de Buenos Aires. Allí se lee claramente NON OMNIS MORIAR. Con estas célebres palabras Horacio (Odas 3, 30, 6), poeta latino del s. I a. C., manifiesta su convencimiento de vencer a la muerte, pues los encanecidos siglos leerán sus versos. Y tenía razón, pues en este apartado lugar del mundo algunos –no tan pocos– seguimos leyéndolo. Y me vino inmediatamente la asociación con una frase que solían enseñar en las clases de doctrina cristiana, atribuida a Vicente de Lérins: la fe es quod semper, quod ubique, quod ab omnibus (‘lo que fue creído siempre, en todo lugar y por todos’; es un autor cristiano del s. V: cf.: http://en.wikipedia.org/wiki/St._Vincent_of_Lerins). Pensé que esto se ha dado con la luz de la Hélade y la gloria de la Roma eterna. En efecto en lugares muy curiosos es posible encontrar sus huellas. Pongo aquí por escrito solamente unos pocos de esos sitios.

Empezaré por un actor cómico de nombre artístico Calígula. Afortunadamente la Red ayuda a mi memoria, con un artículo de la revista Nosotros, del diario El Litoral (Santa Fe, 27 de marzo de 2004). “Délfor Amaranto Dicásolo, más conocido por Délfor, y creador en 1954 de La revista dislocada, programa que lideró durante años la audiencia de los mediodías dominicales y luego pasó a la TV, regresó a la radio –por Nacional, domingos a las 14– con su programa tradicional. […] ‘Así se hizo la Dislocada, la mayoría apareció de esa manera, como Jorge Porcel o Calígula; a Porcel me lo trajo un amigo […], que lo conoció una noche que fue a actuar a Villa Domínico’, describió. Conoció a Jorge en la confitería donde actuaba […] ‘Porcel era un gordito simpático que estaba haciendo el servicio militar, y así empezó; lo mismo que Calígula, obrero en Segba en Dock Sud, traído por mi amigo el locutor Miguelito Franco’, recordó. Por ese entonces, Délfor había visto el filme El manto sagrado y, cuando el futuro cómico apareció, alto y flaco, peinado hacia adelante en su intento de ocultar su calva, él exclamó ‘¡Calígula!’, por su parecido con el actor que interpretaba al célebre incendiario. Así quedó en el olvido su verdadero nombre, Luis Decibe, imitador memorioso de los diálogos de las películas de Carlos Gardel y primo hermano de la ex ministra de Educación Susana Decibe, nativa como él de la ciudad de Bragado.” (cf.: http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2004/03/27/nosotros/NOS-06.html).

Dos o tres cosas para comentar. Primero que el incendiario no fue Calígula sino Nerón, aunque en realidad es muy dudoso que este último haya incendiado Roma; no obstante, esa es la idea que circula vulgarmente (cf.: http://en.wikipedia.org/wiki/Nero). En cuanto a El manto sagrado, era un libro de Lloyd C. Douglas que fue llevado después al cine por Henry Koster; Jay Robinson hacía de Calígula (cf.: http://www.imdb.com/title/tt0046247/). Por último, Délfor tenía un hijo que a veces cantaba en La revista dislocada y en algún otro programa. Su nombre de pila era Carlos, pero su nombre artístico era romano: Espartaco (cf.: http://rockolafree.com.ar/ARG-E.htm). No obstante, era un muchacho muy flaco, más parecido al alfeñique de 44 kg de Charles Atlas que a un gladiador. Nota sobre nota, Charles Atlas también era un nombre de fantasía, tomado sin duda del mundo clásico (cf.: http://dealgunamanera1.blogspot.com/2008/05/ser-como-charles-atlas.html).

Más de res computatrales. Los chicos nos llenan de vida con su buen humor; en este mundo de hoy, tan comunicado, algunos de ellos ponen latines en sus direcciones electrónicas: galarzorum@ (el chico quedó impresionado por la música del genitivo plural); mi alumno Claudio usa egosumclaudius@ (según propia admisión, ama la novela de Robert Graves); y otro, Augusto, prefiere augustus@; un profesor griego que reside en Miami y es experto en elegía latina, Konstantinos P. Nikoloutsos, usa constantinus_magnus@ (su dirección muestra sin duda su admiración por el epónimo de Constantinopla); otro alumno, no mío, de latín, usa spqr@. En fin, las epistulae electronicae, de parabienes.

Todos los de mi época conocemos a Donald, el de Tiritando, tema de Nono Pugliese (utilizó en esta ocasión el seudónimo Charlie Tonto). Pues bien, cierta vez vi a Donald en la calle y me acerqué respetuosamente a él. Después de conseguir su autógrafo, le pedí su dirección electrónica, para enviarle por ese medio mi versión latina de su máximo éxito. Su comienzo es:

Fluctus flaminaque, [Enos Mars, Enos Mars]
frigora maris;
tui frigora animi
me conterritant.

Para verter el famoso sucundum, me valí de una frase de un himno que cantaban, en la antigua Roma, los sacerdotes del dios Marte. De vuelta, en correo del 7 dic. 2006, Donald me agradeció y dijo: “En realidad la palabra o el sonido sucundum se me ocurrió en el año ’67, cuando estudiaba Derecho Romano en primer año de la Universidad del Salvador, y la palabra de la cual derivó era secundum. ¡Qué gracioso después de tantos años volver a las fuentes!” Ni siquiera yo, siempre optimista respecto del futuro del latín, me pude haber imaginado tal cosa.

A griegos y romanos les gustaron mucho las carreras de caballos. Tal vez por eso algunos nombres de “burros” (et nos cedamus vulgari eloquio!) proceden de allí. Por ejemplo Edipo Rey, un caballo chileno que ganó el Gran Premio Latinoamericano en 1990 (cf.: http://dealgunamanera1.blogspot.com/2008/05/ser-como-charles-atlas.html). Hay muchas asociaciones que pueden hacerse a partir de este nombre, pero a mí me gusta porque dicen que el resultado final siempre es un enigma, cuando se trata del pasto o de la arena de las apuestas: por algo los que saben de esto son llamados “la cátedra.” Otro équido importante era Nonbis in Idem (cf.: http://mbprofesionales.com.ar/fabulada/info/forsale.pdf . El error en la separación y en el uso de mayúsculas (debería ser non bis in idem) no es mío, sino del dueño de este sangre pura). ‘No dos veces en lo mismo’ significa que no debemos cometer dos veces el mismo error; quizás por eso alguien, sabedor de que los habitantes de esta parte del mundo tenemos cierta propensión a ello (no somos los únicos), hablaba de los latinoamnesicanos. El premio República de Bolivia (1100 m, Hipódromo de La Plata) lo obtuvo la yegua Lux Lucis, que es de la tercera pero resultó de primera (cf.: La Nación, 22 oct. 2010). Pero el que más me gustó fue Borístenes, varias veces ganador (cf.: La Nación, 26 sept. 1999). Tiene el mismo nombre que un caballo de Adriano; este emperador romano del s. II le dedicó un epitafio (fragm. nº 4) que elogiaba su gran rapidez:

Borysthenes Alanus,
Caesareus veredus,
per aequor et paludes
et tumulos Etruscos
volare qui solebat.

Borístenes era el Dnieper, río que desagua en el Mar Negro. El mundo clásico y los corceles siempre fueron amigos; tanto que un antecesor de Adriano, Calígula, hizo para su caballo Incitatus un establo de mármol, lo custodiaba con soldados, lo vestía de púrpura, le ponía collares y joyas, le destinó una casa y esclavos para su atención y hasta, se decía, tenía pensado hacerlo cónsul (cf.: Suetonio, Calígula 55). Y Alejandro Magno llegó también bastante lejos, pues en honor a su caballo Bucéfalo fundó, junto al río Hidaspes, ‘no de otro modo que si hubiera perdido a un amigo’ la ciudad de Bucefalia (cf.: Plutarco, Vida de Alejandro 61).

Muy leído es el ingenioso humorista gráfico Nik. En uno de sus dibujos (cf.: La Nación, 25 jun. 2008), relacionado con la protesta agrícola que hubo en Argentina en 2008, un periodista le preguntaba al político de turno cómo andaban las instituciones en Argentina. El bigotudo funcionario le contesta que muy bien, pues lo hacen “de acuerdo a [sic] lo que deciden los tres poderes.” Estos no son ejecutivo, legislativo y judicial, como se espera, sino “piquete, cacerolazo y carpa.” El característico gato de Nik comenta: “Ya lo dijo el poeta: Carpe diem, diez carpas en el Congreso.” No sorprende la cita horaciana (Odas 1, 11, 8), pues es ex alumno del Colegio Nacional de Buenos Aires, gloria de la latinidad.

No me gusta, y lo digo sinceramente, el abuso de las palabrotas. Me refiero aquí a una de ellas por necesidad. Pues bien, pendejo es voz del español general, “pelo que nace en el pubis y en las ingles”, define la Academia. También sabe que: “vulg. Arg. y Ur. Chico, adolescente.” Pero ni la Academia ni el Diccionario del habla de los argentinos, de la Academia Argentina de Letras, registran pendex, que es deformación de la voz citada y que tiene ya unos treinta años. Más aún, la Red testimonia su abundante uso, como puede ver cualquiera que se valga de un buscador. Creo que pendex fue idea de un conocedor, en mucho o en poco, del latín: a la manera de latex,icis (‘líquido’), simplex,icis (‘simple’) o apex,icis (‘punta’). Lo curioso es que, cuando se usa en plural, no se dice pendices, en buen latín, sino “los pendex.” (Cf.: http://bicicletas-usadas.vivavisos.com.ar/motos-usadas+otras-santa-fe-region/yamaha-xj-600cc-ideal-p-pendex-q-no-llegan-al-cbr/10260134). Es como cuando alguien dice que, por su desempeño en el trabajo, le dieron “varios bonus”, en vez de boni; o como cuando alguien presentó “varios curriculums”, en vez de curricula.

Pero el lenguaje corriente comete muchos asesinatos. Dígalo, si no, la frase latina primum vivere, deinde philosophari (‘primero vivir, luego filosofar’). El mal uso ha llegado a forjar una mezcla con el italiano: primum vivere dopo filosofare. ¡Ni hablar del rarísimo non calentarum: largum vivirum! En la Red están documentados ambos usos. Muy curioso, porque parte de la creencia de que casi todo en latín termina en –um; en todo caso, la frase tiene un lejanísimo aire de ars longa, vita brevis, versión del aforismo griego hipocrático (ho bíos brachýs, con perdón por el uso de la trasliteración; cf.: http://es.wikipedia.org/wiki/Ars_longa_vita_brevis). Y, cuando surge alguna contrariedad, los sexagenarios decimos: Sonati, frates. Sin duda paráfrasis jocosa del Orate, fratres, de la Misa en latín.

Ahora, a los libros de viajes y aventuras. John L. Brom (1908-1969) fue explorador y fotografío y filmó muchísimo sobre el África (cf.: http://www.nmnh.si.edu/naa/whatsnew2000_02.htm). En uno de sus libros escribe: “El jefe de una familia de hipopótamos es un tirano feroz y celoso que reina sobre muchas hembras que lo obedecen ciegamente. Y ¡ay del intruso, de todo macho extraño que se atreva a acercarse a una de sus esposas! La consecuencia será una batalla a muerte […]. Puede suceder que ambos adversarios sucumban a causa de sus heridas, en cuyo caso las hembras se van y se buscan nuevo marido. Sin duda, este temperamento celoso impulsaba a los machos a destruir a sus propios vástagos masculinos, en quienes ven rivales en potencia. También puede suceder que el hijo, después de haber alcanzado la edad adulta viviendo solo, vuelva al seno de la familia, combata con su padre, lo mate y se apodere de todas las hembras, inclusive su propia madre. ¡El drama de la vida del hipopótamo es, en suma, digno de Shakespeare, o más bien de Sófocles, con matices que recuerdan a Edipo!” (John L. Brom. 32000 kilómetros por la selva africana. Buenos Aires, Ediciones Selectas, 1959, p. 278). Ya de por sí el hipopótamo tiene mucho de griego, pues su nombre es algo así como ‘caballo de río.’

En fin, llegado ya a puerto, debo aclarar que el título de este trabajo no es del todo preciso. En efecto no pueden considerarse demasiado “inesperados” los latines en alguien que, como Nik o como Brom, tuvo una formación de base europea. A pesar de tal impropiedad, quise mantenerlo, pues desde siempre me llamó la atención hallar el mundo clásico en lugares distantes de la literatura y del arte. También tuve una intención evocativa y otra de carácter humorístico y lúdico. Si mis lectores dedicaron su irreparable tiempo a tales bocadillos, venia, precor, sit mihi concessa.

RADULFUS

domingo, 6 de junio de 2010

NERÓN, ÍCONO DE LA ROMA ANTIGUA

El más célebre de los emperadores romanos es Nerón. Casi todos consideran que fue un loco. Si te detienes en estas líneas, querido lector, no conocerás verdades históricas pero solamente algo –muy poco– de la fama que lo siguió. Como este artículo no es la obra de un especialista, bastará con recordar que Nerón vivió en el siglo I AD y que hizo varias excentricidades. No es para nada seguro el que él haya incendiado Roma (cf.: http://es.wikipedia.org/wiki/Ner%C3%B3n). Pero al imaginario poco suele importarle la verdad y se queda con lo que comúnmente se cree. Hasta tal punto es esto así que tenemos lo siguiente: “Nero Burning ROM es un popular programa para producir CD y DVD, que funciona en Microsoft Windows y Linux. La compañía responsable de su desarrollo es Nero AG, anteriormente Ahead Software. Nero Express viene gratuitamente con muchos grabadores de discos ópticos.” Y continúa el artículo de la enciclopedia virtual (http://es.wikipedia.org/wiki/Nero_Burning_ROM):
“El nombre del programa pretende ser un juego de palabras.
El proceso de grabar un CD o un DVD es conocido como "quemar".
Teniendo en cuenta que el programa es alemán:
Nero hace referencia a Nerón, el emperador romano del cual se dice que quemó la ciudad de Roma.
Rom hace referencia a Roma. ROM corresponde a "Memoria de solo lectura", como antiguamente eran los CDs (y posteriormente DVDs). Su pronunciación es similar.
El logo del programa es el Coliseo ardiendo. Burning, en inglés.”

También lleva el nombre del emperador el gran detective Nero Wolfe, una creación del escritor estadounidense Rex Scout (1886-1975). “Nero Wolfe pesa cerca de 150 kilos, bebe más de diez litros de cerveza por día (sin que esto le produzca ningún síntoma de ebriedad), y cultiva su pasión por coleccionar orquídeas de incalculabre valor. Es una persona terca y malhumorada, que vive ayudado por su eficiente colaborador Archie Goodwin, su cocinero Fritz y un jardinero. No acostumbra a moverse de su casa y tiene horarios muy limitados para recibir clientes. Sus métodos son estrictos, primarios e incluso algunas veces ilegales o estorbando a la policía, mientras Archie y Saul Panzer (su otro ayudante en casos policiales) buscan pistas, Wolfe se dedica a pensar, en medio de abundantes banquetes y vasos de cerveza” (cf.: http://es.wikipedia.org/wiki/Rex_Stout).

Hay incluso un célebre texto español, el anónimo “Romance que dice Mira Nero de Tarpeya”, que se puede copiar de la Red, en el Centro Virtual Cervantes (http://cvc.cervantes.es/artes/fotografia/esp_roma/introduccion/textos_literarios01.htm).

Mira Nero de Tarpeya
a Roma cómo se ardía;
gritos dan niños y viejos,
y él de nada se dolía.
El grito de las matronas
sobre los cielos subía;
como ovejas sin pastor,
unas a otras corrían;
perdidas, descarriadas,
a las torres se acogían.
Los siete montes romanos
lloro y fuego los hundía;
en el grande Capitolio
suena muy gran vocería;
por el collado Aventino
gran gentío discurría;
van en caballo rotundo,
la gente apenas cabía;
por el rico Coliseo,
gran número se subía.
Lloraban los ditadores
y los cónsules a porfía;
daban voces los tribunos,
los magistrados plañían,
los cuestores se mataban,
los senadores gemían.
Llora la orden ecuestre,
toda la caballería,
por la crueldad de Nero,
que lo ve y toma alegría.
Siete días con sus noches,
la ciudad toda se ardía;
por tierra yacen las casas,
los templos de tallería;
los palacios muy antiguos,
de alabastro y sillería,
por tierra van en ceniza
sus lazos y pedrería.
Las moradas de los dioses
han triste postrimería:
el templo Capitolino
do Júpiter se servía,
el grande templo de Apolo
y el que de Mars se decía,
sus tesoros y riquezas
el fuego los derritía.
Por los carneros y osarios,
la gente se defendía.
De la torre de Mecenas,
mirábala todavía
el ahijado de Claudio,
que a su padre parecía;
el que a Séneca dio muerte,
el que matara a su tía;
el que, antes de nueve meses
que Tiberio se moría,
con prodigios y señales
en este mundo nacía;
el que siguió los cristianos,
el padre de tiranía.
De ver abrasar a Roma
gran deleite recebía,
vestido en sénico traje
decantaba en porfía.
Todos le ruegan que amanse
su crueldad y porfía:
Doriporo se lo ruega,
Esporo la combatía;
a sus pies Rubia se lanza
acepte lo que pedía.
Claudia Augusta se lo ruega;
ruégalelo Mesalina.
Ni lo hace por Popea
ni por su madre Agripina;
no hace caso de Antonia,
que la mayor se decía;
ni de padre tío Claudio
ni de Lípida, su tía.
Aulo Plauco se lo habla,
Rufino se lo pedía;
por Británico ni Trusco
ninguna cuenta hacía.
Los ayos se lo rogaban,
el Tonsor y el que tenía;
a sus pies se tiende Otavia;
esa queja no quería.
Cuanto más todos le ruegan,
él de nadie se dolía.

Tan famoso era que –narra Fray Bartolomé de las Casas en su Brevísima relación de la destruición de las Indias– “estando metiendo a espada los cinco o seis mil hombres en el patio estaba cantando el capitán de los españoles: ‘Mira Nero de Tarpeya / a Roma cómo se ardía. / Gritos dan niños y viejos / y él de nada se dolía.’ ” (cf.: http://www.ciudadseva.com/textos/otros/brevisi.htm). No queremos aburrir con la roca Tarpeya, con Británico, con Octavia y demás datos históricos, pero se ve claramente que el romance español, no muy amante de la brevedad, hace de Nerón un incendiario insensible ante el dolor de los demás; solo era sensible para su peculiar arte “realista”. En todo caso, el autor tenía algo más que un barniz de historia romana. Solo quiero detenerme en la castellanización “Nero”, que aquí leemos. No es la habitual hoy para los nombres latinos de ese tipo. Quienes han estudiado latín, saben que Nero,onis es como Cato,onis, ‘Catón’, y Varro,onis, ‘Varrón’; o como Pero,onis, ‘Perón’, según castellanizó Oscar Conde en su versión latina de la “Marcha peronista” (no transcribo el correspondiente pasaje, para no lesionar su derecho de autor).

Pero vayamos un poco al mundo de la publicidad. Hay un vino argentino que se llama NERÓN. Supongo que es de precio popular, porque viene en envase Tetra Brik. Sobre un fondo de uvas, un círculo encierra una reproducción de la cabeza marmórea de nuestro César. Lo rodea la inscripción “VINO TINTO – red wine”, repetida tres veces. Ignoro por qué está también bilingüe: quizás acate el standard de calidad que exige la exportación. En todo caso, la buena mesa está asociada al nombre del romano más famoso. Otro tanto hace el restaurante Nerón (Juncal 2479, Ciudad de Buenos Aires).

Pero no solo está el placer de la comida, pues AQUA (sic) DE NERON (sic) es un establecimiento que organiza “Fiestas Partner” (no sé con precisión el significado). En la misma tarjeta se lee que allí están “los shows más eróticos de Bs. As.”; y que es “an exclusive place for a (sic) heavenly moments in exquisite company”. Tal vez la bella señorita escasa de ropas que engalana el cartón invita de modo especial a turistas extranjeros. A pesar de que queda en Santa Fé (sic) 1130, a cuatro calles de mi casa, confieso que nunca entré a ese angélico local para proseguir mis investigaciones.

Pero mi amor por los años ’60 me lleva a citar una nota que escribí hace tiempo: “El latín del Club del Clan” (en: Ludus, nº 4. Buenos Aires, jul. 1995). Debo rectificar mi error, porque debí haber escrito “de El Club del Clan”, porque el artículo forma parte del nombre (http://www.violetarivas.com.ar/cc-el%20club%20del%20clan%201.htm). Pero lo que importa es que en esa época “el cantante italiano Gianni Morandi hizo famoso Che me ne faccio del latino?, tema de Marchesi, Bereta y Bertolazzi.” Así escribía entonces. En esa canción no se nombra a Nerón, pero cito una parte de la versión castellana, que fue hecha por Ben Molar y cantaron Violeta Rivas y también Ricardo Roda:

En tiempos de Nerón
era la moda dar latín.
Hoy Chubby Checker con el twist
otro incendio provocó.

Vuelvo a citar lo que entonces escribí: “Ben Molar hizo bien y no fue incisivo en la traducción: eliminó otros romanos ilustres y puso al paradigmático Nerón (a quien es dudoso que se le pueda atribuir el célebre incendio).” Y esto me sirve como conclusión de estas líneas. En efecto quizás otros tiempos y lugares ponderaban a Augusto o a Trajano. Pero en el hombre común, sin estudios específicos, Nerón ha quedado como símbolo. Quizás no fue tan loco y no fue loco todo el tiempo, pero eso poco importa. No es mi tarea decirle al pueblo lo que debe imaginar sino, humildemente, ilustrar con vanas voces su imaginario. Además Nerón admiraba mucho la cultura griega; por eso está bien que digamos que fue un ícono de la Ciudad Eterna.

Radulfus

lunes, 22 de marzo de 2010

LATINES MARINOS


En esta modesta página mía publiqué, a comienzos de 2009, "Escocia en mis lecturas de verano". Ahora, a comienzos de 2010, escribo algo sobre algunos libros que leí en vacaciones. Esta vez no se trata de obras relacionadas con las tierras altas, sino con el latín; y empiezo no con un libro, sino con un barco. En Punta del Este está el hotel Ajax. Me llamó la atención que en su logo hubiera una campana y que, en el jardín de entrada, una madera llevara la inscripción Nec quisquam nisi Ajax. Un impreso de la Dirección General de Turismo de la Intendencia Municipal de Maldonado dice: “A 290 millas al oriente de la desembocadura del Río de la Plata, a las 06:17’ de la mañana del miércoles 13 de diciembre de 1939, comenzó la batalla llamada de Punta del Este, entre el poderoso acorazado alemán Graf Spee, al mando del capitán Langsdorff, y los cruceros británicos livianos Ajax y Achilles y el crucero pesado Exeter, todos al mando del comodoro Harwood.” En el hotel Ajax hay una réplica de la campana del buque homónimo y se conserva un farol original de la nave. Ahora bien, ¿y la frase latina? La tenía el buque inglés, cambiando un verso de las Metamorfosis de Ovidio (13, 390): ne quisquam Aiacem possit superare nisi Aiax, ‘para que nadie pueda vencer a Áyax sino el propio Áyax.’ Confieso que no esperaba hallar estos latines en una ciudad que parece relacionarse más con el jet set.

Pero mi primera lectura junto al piélago uruguayo fue El capitán Blood, de Rafael Sabatini. Compré por centavos un volumen de Editorial Tor (Buenos Aires, 1957), aunque los estudiosos dicen que tales ediciones son muy malas. Tienen razón, pero me gusta su sabor antiguo. La Wikipedia me informó sobre Sabatini (1875-1950): “Rafael Sabatini nació en la localidad de Jesi (Italia). Su madre fue inglesa y su padre fue italiano; ambos fueron cantantes de ópera y maestros. Por haber vivido con su abuelo en Inglaterra y estudiado en Portugal y Suiza, Sabatini hablaba hasta seis idiomas. De ellos, decidió escribir en inglés, la lengua de su madre, porque entendía que ‘los mejores cuentos están escritos en inglés’.Tras un breve período en el mundo de los negocios, Sabatini comenzó a trabajar como escritor. Durante la Segunda Guerra Mundial trabajó como traductor para el Servicio de Inteligencia Británico. Escribió varios relatos cortos entre 1890 y 1900 y publicó su primera novela en 1902. Le llevaría casi un cuarto de siglo alcanzar el éxito, lo que conseguiría con Scaramouche (http://es.wikipedia.org/wiki/Rafael_Sabatini). Confieso que nada sabía de esto: al único que conocía era a Errol Flynn, el actor que personificó en el cine a Blood; en todo caso, el artículo citado nada dice de sus latines, que son abundantes en esta novela de piratas.

Blood era de profesión médico, aunque la vida lo llevó en determinados momentos a tomar las armas, como soldado y como pirata. Quiere decir que, como hombre educado de sus tiempos (segunda mitad del s. XIX), había aprendido nuestra lengua madre. No por nada tenía “un ejemplar, encuadernado en piel de becerro, de las Odas de Horacio” (cap. 22). Van solo algunos ejemplos de tal conocimiento. A tres buques tomados a los españoles los bautizó Cloto, Láquesis y Átropo (cap. 18), los nombres de las tres Parcas, o Moiras, de los antiguos. También hay mención de dichos célebres latinos: “Los dioses empiezan por volver locos a aquellos a quienes quieren destruir” (cap. 17), que es sin duda quem Deus vult perdere, prius dementat; “praemonitus, praemunitus” (cap. 23), juego de palabras que podría verterse ‘quien está avisado, está resguardado’; y versos de Horacio (Odas 1, 24, 19-20) que se hicieron proverbiales: “levius fit patientia / quicquid corrigere est nefas” (cap. 22), ‘con la paciencia se hace más leve / aquello que no se puede cambiar.’

Cuando Blood ve a los hombres dirigirse a la guerra, se pregunta con palabras de Horacio (Epodos 7, 1): quo, quo, scelesti ruitis? (cap. 1), ‘¿dónde, dónde vais en vuestra maldad?’ Y ante la fuerza del destino recuerda, modificada, una frase de Virgilio (Eneida 10, 113): fata viam invenerunt (cap. 13) ‘los hados hallaron su camino.’ Y también, mal citado, recuerda al poeta de la Eneida (10, 284) con audaces fortuna iuvat (cap. 15), ‘la fortuna ayuda a los audaces.’ Y hay bastantes ejemplos más, pero basten estos como muestra de que la voz del Lacio viajaba también por los mares del Caribe.

Para el último libro de viajes, el comienzo de un artículo de la enciclopedia en línea: “Louis Antoine de Bougainville, conde de Bougainville (1729-1811) fue un militar, explorador, y navegante francés que hizo la primera circunnavegación francesa, y se destacó por su descripción de Tahití. En su memoria se bautizó la isla Bougainville y la fosa de Bougainville, en el archipiélago de Salomón, y la planta bugamvilia, que descubrió el naturalista de la expedición en Brasil y trajeron a Europa” (http://es.wikipedia.org/wiki/Louis_Antoine_de_Bougainville). En una librería de viejo compré el libro que leí en mi enero junto al mar, no en el Pacífico sino en el Atlántico uruguayo: L. A. de Bougainville. Viaje a Tahití (pról. Joan Bestard). Barcelona, José J. de Olañeta, 1982. Cumple agregar que trae como apéndice el Suplemento al viaje de Bougainville, de Diderot, un muy buen mapa del periplo y fotos en blanco y negro.

Es natural que un europeo de ese entonces vea un mundo nuevo con visión del viejo. Por eso no llama la atención leer que en Tahití “impera todavía la franqueza de la edad dorada” (pp. 28-29). Cuando una bella nativa se desnuda ante ellos, “apareció a los ojos de todos como la Venus se dejó ver de los ojos del pastor frígido” (p. 29). Sin duda hay en error en la traducción: debe ser ‘el pastor frigio’, esto es Paris, príncipe de Troya; no “frígido.” El Paris de la mitología poca frialdad parecía tener en cosas de amores. Y el nombre que dieron los franceses a Tahití fue Nouvelle Cythère (p. 49). Recordemos que Citera era una isla del Egeo consagrada a Venus. Y, al ver ellos cómo hombres y mujeres tahitianos pintaban sus cuerpos (p. 58), es lógico que alguno recordara a César, quien en La guerra de las Galias (5, 14) contaba que los británicos también se pintaban (Omnes vero se Britanni vitro inficiunt, quod caeruleum efficit colorem). Y –última referencia– ante las maravillas naturales de la Polinesia, Bougainville dice “se creería uno en los Campos Elíseos” (p. 52).

En fin, agradezco a los lectores por haberme acompañado en mis meditaciones, hechas junto al mar y en un país de gente muy cordial. Ya no estoy en las vacaciones ni en el Uruguay, pero los libros son capaces de llevarnos a tierras muy lejanas. Y en tales viajes siempre me acompaña mi viejo latín.

Raúl Lavalle

domingo, 14 de marzo de 2010

VIRGILIO ENTRE VIKINGOS

De Marcos Méndez Filesi


Regresos troyanos

Durante la Edad Media, a medida que se iban formando conciencias nacionales, fue frecuente reinterpretar la historia con el objetivo de ligar el pasado de cada lugar con la Antigüedad clásica, cuyo prestigio aún debía de perdurar en la mentalidad colectiva.
Un ejemplo claro lo encontramos es la Estoria de España de Alfonso X (1221-1284), en la que se hace a los españoles descendientes de Heracles y los griegos. Según esta crónica, antes de su llegada, la península Ibérica recibía el nombre de Hesperia —como el legendario jardín de la mitología griega— y, entre sus reyes, el más poderoso era uno llamado Caco, que en los mitos griegos se presenta como un hijo de Hefesto enemigo de Heracles.
Tras derrotar Caco, Heracles fundó varias ciudades, como Híspalis (Sevilla) o Barca nona (Barcelona), y los griegos que constituían su ejército poblaron esta nueva tierra. Luego marchó a recorrer el mundo en busca de aventuras, pero antes dejó al mando de Hesperia a su sobrino Espan, un gran señor del que proviene el nombre de España.

«E por esso la poblo daquellas yentes que troxiera consigo que eran de Grecia, e puso en cada logar omnes de so linaje. E sobre todos fizo señor un so sobreino, que criara de pequenno, que auie nombre Espan; y esto fizo el por quel prouara por much esforçado e de buen seso; e por amor del camio el nombre a la tierra que ante dizien Esperia e pusol nombre Espanna» (1).

Para escribir estas crónicas nacionales legendarias, algunos autores se inspiraron en Virgilio, quien había descrito en el siglo I a.C. la fundación mítica de Roma a partir de las aventuras de Eneas, un príncipe troyano que había sobrevivido a la guerra de Troya.

El caso más claro lo encontramos en la Historia de los de los reyes de Britania, escrita en el siglo XII por Geoffrey de Monmouth (2). En esta obra, de la que nació todo el ciclo artúrico, Geoffrey de Monmouth reinventó la historia de las islas Británicas mezclando mitos, leyendas, cuentos, poemas y genealogías para ensalzar el pasado de los galeses y, en menor medida, el resto de pueblos y culturas que constituían las variopintas islas británicas.

Según Geoffrey de Monmouth, quizás basándose en una tradición galesa, el origen de los británicos se remonta a la guerra de Troya. Un bisnieto de Eneas llamado Bruto se fue de Italia hasta Grecia para expiar el homicidio involuntario de su padre y allí liberó a 7.000 troyanos y sus familias que se encontraban prisioneros. Luego, siguiendo los consejos de la diosa Diana (Artemisa), navegó hacia el oeste rumbo de hacia una isla que antaño se encontraba poblada por gigantes pero que ahora estaba casi desierta. Por el camino se encontró con el gran guerrero Corineo, otro descendiente de troyanos, que se convirtió en su mejor amigo y compañero de batallas. Después de pasar por diversas peripecias llegaron hasta Aquitania, en Francia, donde derrotaron a Gofario el Picto, y finalmente arribaron a la isla de Albión, que desde entonces se denominó Britania en honor de Bruto. Tras vencer a unos pocos gigantes que aún quedaban por la isla, los troyanos —ahora britanos— se asentaron y fundaron la ciudad de Nueva Troya, que más tarde pasaría a llamarse Kaerlud, en honor del rey Lud, y en la actualidad se conoce como Londres.

Otro caso similar lo vemos en el Edda Menor de Snorry Stúrluson (1179-1241), autor de varias obras fundamentales de la literatura medieval islandesa (3). En el prólogo cuenta que en el centro del mundo, en lo que por entonces se conocía como Turquía, había una ciudad llamada Troya, la cual estaba por gobernada por doce reyes. Uno de estos reyes era Memnón y estaba casado con Troyana, que era la hija de Príamo, el rey más poderoso de la ciudad. De esta unión nació Tros, «el que nosotros conocemos por Thor», es decir, el famoso dios vikingo del trueno y el rayo.

Tros se educó con el duque de Tracia, que se llamaba Lorikus, en equivalencia al dios vikingo Loki. Cuando Tros cumplió doce años:

«Alcanzó la plenitud de sus fuerzas: diez pieles de oso levantaba del sueño de una vez. Entonces mató a su padrino, el duque de Lorikus, y a la esposa de éste, Lora o Glora, y se adueñó del reino de Tracia; Trudheim le decimos nosotros.

»Luego salió a recorrer el mundo y conoció todas las tierras y venció él solo a todos los berserkir y a todos los gigantes y a un enorme dragón y muchas fieras. En la parte norte del mundo encontró una adivina llamada Sibila, la que nosotros conocemos por Sif, y se casó con ella. La familia de Sif no la sé, pero era la más hermosa de todas las mujeres; su cabello era como el oro».

Con esta Sibila, una profetisa que desempeña un papel fundamental en la Eneida, Thor inaugura un largo linaje en el que, después de varias generaciones, aparece Voden, es decir, Odín, el rey de los dioses en la mitología germánica. Odín se casó con Frígida, a la que los vikingos denominan Frig, y luego marchó desde Troya, en Turquía, hasta Escandinavia poblando estas gélidas tierras de troyanos.

«Odín poseía, como también su esposa, el don de la adivinación, y mediante esta ciencia supo que en la parte norte del mundo su nombre sería más honrado y ensalzado que el de ningún rey. Quiso por ello venirse para acá, y salió de Turquía seguido de una gran multitud de jóvenes y viejos, hombres y mujeres, que llevaban consigo muchas cosas de valor».

Un tercer ejemplo se encuentra en la Crónica de los Bohemios, de la que por fin podemos disfrutar de una traducción al español gracias a Raúl Lavalle (4). Fue escrita por Cosmas de Praga hacia el año 1120 y relata el origen legendario del reino de Bohemia a partir de un antepasado mítico llamado Bohemo. En este caso, la influencia virgiliana es más sutil. Los personajes de la generación fundadora no derivan directamente de Troya o la Eneida, pero sí se inspiran en ellos, como es el caso de Kazi, una hechicera que se compara en varias ocasiones con la Sibila de Cumas.

Y ahora ha llegado el momento de preguntarnos, ¿por qué esta insistencia en Virgilio?

Virgilio rodeado por las musas en un mosaico romano

Virgilio el poeta

Publio Virgilio Marón está considerado uno de los mayores autores de toda la historia de la literatura universal. Nació el 15 de octubre del año 70 a.C. en Andes, un pequeño pueblo cerca de Mantua (Italia) en el seno de una familia humilde. Su padre era un campesino que, al parecer, mejoró su situación económica al casarse con la hija de su patrono. Tras vivir en Cremona y Milán, donde estudió en profundidad la literatura grecolatina y la disciplina de matemáticas (que incluía medicina, astronomía y astrología, entre otras), marchó a Roma cuando contaba unos 20 años. En la ciudad más importante de su tiempo, en teoría, iba a seguir la carrera forense pero la literatura le resultó mucho más interesante y pronto la abandonó para dedicarse a la poesía. También dejó la capital para instalarse en Nápoles, quizá la más griega de las ciudades romanas, donde procuró llevar una vida apacible y sosegada en consonancia con los planteamientos epicúreos que compartía por aquella época. Sin embargo, hacia el año 42 a.C., su tranquilo retiro de la mundanal Roma se vio interrumpido por un terrible acontecimiento.

Desde hacía tiempo, la otrora orgullosa República romana estaba gobernada de facto por los distintos señores de la guerra que iban surgiendo a cada momento y se sucedían constantes enfrentamientos entre los partidarios de uno y otro bando. Los generales del ejército intervenían con creciente frecuencia en la política de la república pero a cambio, entre otras recompensas, debían pagar la obediencia de sus legionarios con la promesa de asentarlos tras su servicio en tierras confiscadas o conquistadas. En una de esas confiscaciones, la familia de Virgilio perdió todas sus propiedades en Mantua y el poeta debió de abandonar Nápoles para hacerse cargo de la situación. Por fortuna, parece ser que consiguió que les restituyesen las tierras y poco después, en el año 39 a.C. publicó su primer gran éxito, las Bucólicas, con el que obtuvo el suficiente reconocimiento a su talento literario como para no volver a padecer penurias económicas. Sin embargo, con la fama y el dinero llegaron también nuevos peligros pues había llamado la atención de un hombre al que más valía no contrariar: el emperador Augusto.

Tras la publicación de las Bucólicas, Virgilio había regresado a su amada Nápoles, donde durante unos diez años se encarga de terminar pacientemente su segunda gran obra, las Geórgicas, una loa a la vida rural que consolidó definitivamente su prestigio. Tras su conclusión, en el año 29 a.C., era ya tal su fama que recibió un encargo del emperador, debía escribir una epopeya de tintes homéricos que glorificase el pasado de la ciudad de Roma y, por ende, de la familia imperial que en la actualidad la regía. Fruto de aquel encargo fue una obra extraordinaria, la Eneida, a cuya redacción le dedicó los últimos diez años de su vida. Cuando apenas le faltaban un par de revisiones a la Eneida para estar concluida, Virgilio decidió emprender un viaje por Grecia y los demás lugares donde se desarrollaba para ver con sus propios ojos los principales escenarios de la obra. Antes de partir, cuenta la leyenda que le pidió a su amigo Vario que destruyese la Eneida y el resto de sus textos inéditos si moría durante el viaje. Curioso presentimiento, pues enfermó cerca de la ciudad de Megara y murió al poco de regresar a Italia, el 21 de septiembre del año 19 a.C.

Aún antes de morir, insistió en que destruyesen las copias inconclusas de la Eneida. Alabados sean los dioses, sus ruegos fueron ignorados y a la posteridad ha pasado una de las mejores obras literarias de todos los tiempos, aunque la verdad es que nos queda una pregunta por resolver, ¿qué debería haber hecho Vario?, ¿respetar la última voluntad de un moribundo sobre su propia obra o ignorarla pensando en el resto de la humanidad?

La respuesta es complicada porque lo cierto es que la influencia posterior de Virgilio ha sido enorme en la literatura, la filosofía y el arte. De hecho, tan grande era el prestigio de Virgilio el poeta que tiempo después abrieron su tumba para dar paso a Virgilio el santo.


Virgilio el santo

Cuando cayó el imperio romano, la Iglesia oficialmente condenó y despreció por paganos a los antiguos autores clásicos, tildándolos literalmente de perros pulgosos. Sin embargo, no podían relegarlos por completo porque representaban todo el saber de la época y, lo que aún resultaba más importante, sin ellos no podían aprender la lengua de la liturgia y de la propia Iglesia: el latín. Y decir latín es decir Virgilio, el autor más reconocido desde tiempos romanos.

Así, a pesar de las consignas oficiales, se siguió leyendo a los clásicos, y los eclesiásticos más sensibles al arte literario se rindieron ante la belleza y profundidad de aquellos textos. En un pionero ensayo de 1866, el filólogo Domenico Comparetti recogía una anécdota sintomática de esta tensión entre la postura oficial y la pasión que despertaba Virgilio:
«Este fanatismo, llevado al exceso, se nos presenta con ciertas características de leyenda. Un escritor de siglo XI nos cuenta que: «En Rávena, Vilgardo estudiaba gramática con gran intensidad, tal y como suelen hacer los italianos, descuidando todo lo demás. Había empezado a enorgullecerse como un necio por su saber, cuando una noche se le aparecieron los demonios con la forma de los poetas Virgilio, Horacio y Juvenal; y estos demonios le agradecieron con palabras falaces el estudio que hacía de sus textos y le prometieron hacerle partícipe de su gloria. Así, depravado por estas malas artes, empezó a enseñar muchas cosas contrarias a la Fe y a decir que debía creerse ciegamente en las palabras de los poetas. Al final, fue declarado hereje y condenado por el arzobispo Pietro».

Para resolver esta contradicción, dieron con una ingeniosa solución. Si no podemos ni queremos abandonar a los clásicos, convirtámoslos en cristianos, basta con pensar que tras sus textos paganos se esconden, a modo de metáforas y alegorías, los principios del cristianismo. Y entonces descubrieron que Virgilio había anticipado el nacimiento de Jesús.

En la cuarta Bucólica (c. 40 a.C.), Virgilio describe la llegada de una nueva era profetizada por la Sibila de Cumas con pasajes tan significativos para un clérigo medieval como este:

«La última edad del vaticino de Cumas es ya llegada; una gran sucesión de siglos nace de nuevo. Vuelve ya también la Virgen, vuelve el reinado de Saturno; una nueva descendencia baja ya de lo alto de los cielos. Tú, casta Lucina, sé propicia al niño que ahora nace, con él la raza de hierro dejará de serlo al punto y por todo el mundo surgirá una raza de oro» (5).

Daba igual que, en realidad, la Virgen fuera la diosa de la justicia, Temis, o su hija Astrea, el niño algún hijo de un ilustre personaje romano y la nueva edad de oro hiciera referencia a la extendida creencia grecolatina de que la humanidad ha pasado por diversas generaciones a cada cual más envilecida hasta llegar a la actual. Virgilio se convirtió en una autoridad incuestionable, casi un santo. De ahí que terminemos encontrando sibilas en la Capilla Sixtina de Miguel Ángel y en la Crónica de los Bohemios, o a descendientes troyanos por Gales y Escandinavia.

La Sibila de Cumas, Miguel Ángel

Notas
1. Alfonso X. Prosa histórica. Estoria de Espanna. Cátedra. Madrid, 1990.
2. Geoffrey de Monmouth. Historia de los reyes de Britania. Traducción de Luis Alberto de Cuenca. Alianza Editorial.
3. Snorri Sturluson. Edda Menor. Traducción de Luis Lerate. Alianza Editorial, Madrid, 2000.
4. Cosmas de Praga. Crónica de los Bohemios. Traducción de Raúl Lavalle. Edición on line.
5. Virgilio. Bucólicas. Traducción de Tomás de la Ascensión Recio García. Gredos. Madrid, 2000.

domingo, 21 de febrero de 2010

HORACIO EN HOLANDA

La bella ciudad holandesa de Maastricht está edificada sobre la población llamada Traiectum. Para decirlo más completo, sobre Mosae Traiectum; es decir, sobre ‘Pasaje del Mosa.’ En efecto los romanos hicieron una calzada que salía de la ciudad de los Tungri (Tongeren, en la Bélgica actual) y pasaba por esa urbe del río Mosa. Pero vayamos a tiempos más recientes. El santo patrono de Maastricht es San Servacio. A él está dedicada una extraordinaria basílica, que alberga tesoros artísticos numerosos y notables. La visité a principios de 2010 y quedé maravillado. No me ocupo ahora sobre Servacio y su templo de Maastricht, porque ello supera con mucho mis pobres conocimientos, pero me detengo en una inscripción latina.

Me refiero a la que se halla en la tumba de “Herman Frederik, Count van den Bergh” (ob. 1669), cuyo texto copié allí mismo y ahora transcribo modificando la puntuación:

Quisquis ades, qui morte cades, sta respice sortem:
te, nosti certo, talia fata manent;
rex, princeps, judex, dominus, servus, miser, aeger,
sis quicumque velis, pulvis et umbra sumus.

‘Tú que estás aquí y has de caer, detente y mira
tu suerte. Sabes bien que tal destino te aguarda.
Rey, príncipe, juez, señor, siervo, pobre, enfermo
o todo lo que quieras ser: somos polvo y sombra.

Una foto del monumento se halla en la guía: Maastricht; Basilica of St Servatius, texto del P. Sigismund Tagage y trad. inglesa de Katherine Vanovitch (3. ed. Regensburg, Schell & Steiner, 2007, p. 13). Las ideas de este bello epitafio son comunes en la epigramática funeraria: el poeta aconseja al lector meditar en la suerte común de los mortales todos. En efecto el destino así lo dispuso, no importa si eres rey o mendigo. No amontonaré citas, pues los lectores conocen los antecedentes literarios. Nada más subrayo el final, que es cita directa de Horacio: pulvis et umbra sumus (Odas, 4, 7, 16). Como vemos, se hace una lectura cristiana del poeta romano.

Raúl Lavalle