domingo, 6 de junio de 2010

NERÓN, ÍCONO DE LA ROMA ANTIGUA

El más célebre de los emperadores romanos es Nerón. Casi todos consideran que fue un loco. Si te detienes en estas líneas, querido lector, no conocerás verdades históricas pero solamente algo –muy poco– de la fama que lo siguió. Como este artículo no es la obra de un especialista, bastará con recordar que Nerón vivió en el siglo I AD y que hizo varias excentricidades. No es para nada seguro el que él haya incendiado Roma (cf.: http://es.wikipedia.org/wiki/Ner%C3%B3n). Pero al imaginario poco suele importarle la verdad y se queda con lo que comúnmente se cree. Hasta tal punto es esto así que tenemos lo siguiente: “Nero Burning ROM es un popular programa para producir CD y DVD, que funciona en Microsoft Windows y Linux. La compañía responsable de su desarrollo es Nero AG, anteriormente Ahead Software. Nero Express viene gratuitamente con muchos grabadores de discos ópticos.” Y continúa el artículo de la enciclopedia virtual (http://es.wikipedia.org/wiki/Nero_Burning_ROM):
“El nombre del programa pretende ser un juego de palabras.
El proceso de grabar un CD o un DVD es conocido como "quemar".
Teniendo en cuenta que el programa es alemán:
Nero hace referencia a Nerón, el emperador romano del cual se dice que quemó la ciudad de Roma.
Rom hace referencia a Roma. ROM corresponde a "Memoria de solo lectura", como antiguamente eran los CDs (y posteriormente DVDs). Su pronunciación es similar.
El logo del programa es el Coliseo ardiendo. Burning, en inglés.”

También lleva el nombre del emperador el gran detective Nero Wolfe, una creación del escritor estadounidense Rex Scout (1886-1975). “Nero Wolfe pesa cerca de 150 kilos, bebe más de diez litros de cerveza por día (sin que esto le produzca ningún síntoma de ebriedad), y cultiva su pasión por coleccionar orquídeas de incalculabre valor. Es una persona terca y malhumorada, que vive ayudado por su eficiente colaborador Archie Goodwin, su cocinero Fritz y un jardinero. No acostumbra a moverse de su casa y tiene horarios muy limitados para recibir clientes. Sus métodos son estrictos, primarios e incluso algunas veces ilegales o estorbando a la policía, mientras Archie y Saul Panzer (su otro ayudante en casos policiales) buscan pistas, Wolfe se dedica a pensar, en medio de abundantes banquetes y vasos de cerveza” (cf.: http://es.wikipedia.org/wiki/Rex_Stout).

Hay incluso un célebre texto español, el anónimo “Romance que dice Mira Nero de Tarpeya”, que se puede copiar de la Red, en el Centro Virtual Cervantes (http://cvc.cervantes.es/artes/fotografia/esp_roma/introduccion/textos_literarios01.htm).

Mira Nero de Tarpeya
a Roma cómo se ardía;
gritos dan niños y viejos,
y él de nada se dolía.
El grito de las matronas
sobre los cielos subía;
como ovejas sin pastor,
unas a otras corrían;
perdidas, descarriadas,
a las torres se acogían.
Los siete montes romanos
lloro y fuego los hundía;
en el grande Capitolio
suena muy gran vocería;
por el collado Aventino
gran gentío discurría;
van en caballo rotundo,
la gente apenas cabía;
por el rico Coliseo,
gran número se subía.
Lloraban los ditadores
y los cónsules a porfía;
daban voces los tribunos,
los magistrados plañían,
los cuestores se mataban,
los senadores gemían.
Llora la orden ecuestre,
toda la caballería,
por la crueldad de Nero,
que lo ve y toma alegría.
Siete días con sus noches,
la ciudad toda se ardía;
por tierra yacen las casas,
los templos de tallería;
los palacios muy antiguos,
de alabastro y sillería,
por tierra van en ceniza
sus lazos y pedrería.
Las moradas de los dioses
han triste postrimería:
el templo Capitolino
do Júpiter se servía,
el grande templo de Apolo
y el que de Mars se decía,
sus tesoros y riquezas
el fuego los derritía.
Por los carneros y osarios,
la gente se defendía.
De la torre de Mecenas,
mirábala todavía
el ahijado de Claudio,
que a su padre parecía;
el que a Séneca dio muerte,
el que matara a su tía;
el que, antes de nueve meses
que Tiberio se moría,
con prodigios y señales
en este mundo nacía;
el que siguió los cristianos,
el padre de tiranía.
De ver abrasar a Roma
gran deleite recebía,
vestido en sénico traje
decantaba en porfía.
Todos le ruegan que amanse
su crueldad y porfía:
Doriporo se lo ruega,
Esporo la combatía;
a sus pies Rubia se lanza
acepte lo que pedía.
Claudia Augusta se lo ruega;
ruégalelo Mesalina.
Ni lo hace por Popea
ni por su madre Agripina;
no hace caso de Antonia,
que la mayor se decía;
ni de padre tío Claudio
ni de Lípida, su tía.
Aulo Plauco se lo habla,
Rufino se lo pedía;
por Británico ni Trusco
ninguna cuenta hacía.
Los ayos se lo rogaban,
el Tonsor y el que tenía;
a sus pies se tiende Otavia;
esa queja no quería.
Cuanto más todos le ruegan,
él de nadie se dolía.

Tan famoso era que –narra Fray Bartolomé de las Casas en su Brevísima relación de la destruición de las Indias– “estando metiendo a espada los cinco o seis mil hombres en el patio estaba cantando el capitán de los españoles: ‘Mira Nero de Tarpeya / a Roma cómo se ardía. / Gritos dan niños y viejos / y él de nada se dolía.’ ” (cf.: http://www.ciudadseva.com/textos/otros/brevisi.htm). No queremos aburrir con la roca Tarpeya, con Británico, con Octavia y demás datos históricos, pero se ve claramente que el romance español, no muy amante de la brevedad, hace de Nerón un incendiario insensible ante el dolor de los demás; solo era sensible para su peculiar arte “realista”. En todo caso, el autor tenía algo más que un barniz de historia romana. Solo quiero detenerme en la castellanización “Nero”, que aquí leemos. No es la habitual hoy para los nombres latinos de ese tipo. Quienes han estudiado latín, saben que Nero,onis es como Cato,onis, ‘Catón’, y Varro,onis, ‘Varrón’; o como Pero,onis, ‘Perón’, según castellanizó Oscar Conde en su versión latina de la “Marcha peronista” (no transcribo el correspondiente pasaje, para no lesionar su derecho de autor).

Pero vayamos un poco al mundo de la publicidad. Hay un vino argentino que se llama NERÓN. Supongo que es de precio popular, porque viene en envase Tetra Brik. Sobre un fondo de uvas, un círculo encierra una reproducción de la cabeza marmórea de nuestro César. Lo rodea la inscripción “VINO TINTO – red wine”, repetida tres veces. Ignoro por qué está también bilingüe: quizás acate el standard de calidad que exige la exportación. En todo caso, la buena mesa está asociada al nombre del romano más famoso. Otro tanto hace el restaurante Nerón (Juncal 2479, Ciudad de Buenos Aires).

Pero no solo está el placer de la comida, pues AQUA (sic) DE NERON (sic) es un establecimiento que organiza “Fiestas Partner” (no sé con precisión el significado). En la misma tarjeta se lee que allí están “los shows más eróticos de Bs. As.”; y que es “an exclusive place for a (sic) heavenly moments in exquisite company”. Tal vez la bella señorita escasa de ropas que engalana el cartón invita de modo especial a turistas extranjeros. A pesar de que queda en Santa Fé (sic) 1130, a cuatro calles de mi casa, confieso que nunca entré a ese angélico local para proseguir mis investigaciones.

Pero mi amor por los años ’60 me lleva a citar una nota que escribí hace tiempo: “El latín del Club del Clan” (en: Ludus, nº 4. Buenos Aires, jul. 1995). Debo rectificar mi error, porque debí haber escrito “de El Club del Clan”, porque el artículo forma parte del nombre (http://www.violetarivas.com.ar/cc-el%20club%20del%20clan%201.htm). Pero lo que importa es que en esa época “el cantante italiano Gianni Morandi hizo famoso Che me ne faccio del latino?, tema de Marchesi, Bereta y Bertolazzi.” Así escribía entonces. En esa canción no se nombra a Nerón, pero cito una parte de la versión castellana, que fue hecha por Ben Molar y cantaron Violeta Rivas y también Ricardo Roda:

En tiempos de Nerón
era la moda dar latín.
Hoy Chubby Checker con el twist
otro incendio provocó.

Vuelvo a citar lo que entonces escribí: “Ben Molar hizo bien y no fue incisivo en la traducción: eliminó otros romanos ilustres y puso al paradigmático Nerón (a quien es dudoso que se le pueda atribuir el célebre incendio).” Y esto me sirve como conclusión de estas líneas. En efecto quizás otros tiempos y lugares ponderaban a Augusto o a Trajano. Pero en el hombre común, sin estudios específicos, Nerón ha quedado como símbolo. Quizás no fue tan loco y no fue loco todo el tiempo, pero eso poco importa. No es mi tarea decirle al pueblo lo que debe imaginar sino, humildemente, ilustrar con vanas voces su imaginario. Además Nerón admiraba mucho la cultura griega; por eso está bien que digamos que fue un ícono de la Ciudad Eterna.

Radulfus

lunes, 22 de marzo de 2010

LATINES MARINOS


En esta modesta página mía publiqué, a comienzos de 2009, "Escocia en mis lecturas de verano". Ahora, a comienzos de 2010, escribo algo sobre algunos libros que leí en vacaciones. Esta vez no se trata de obras relacionadas con las tierras altas, sino con el latín; y empiezo no con un libro, sino con un barco. En Punta del Este está el hotel Ajax. Me llamó la atención que en su logo hubiera una campana y que, en el jardín de entrada, una madera llevara la inscripción Nec quisquam nisi Ajax. Un impreso de la Dirección General de Turismo de la Intendencia Municipal de Maldonado dice: “A 290 millas al oriente de la desembocadura del Río de la Plata, a las 06:17’ de la mañana del miércoles 13 de diciembre de 1939, comenzó la batalla llamada de Punta del Este, entre el poderoso acorazado alemán Graf Spee, al mando del capitán Langsdorff, y los cruceros británicos livianos Ajax y Achilles y el crucero pesado Exeter, todos al mando del comodoro Harwood.” En el hotel Ajax hay una réplica de la campana del buque homónimo y se conserva un farol original de la nave. Ahora bien, ¿y la frase latina? La tenía el buque inglés, cambiando un verso de las Metamorfosis de Ovidio (13, 390): ne quisquam Aiacem possit superare nisi Aiax, ‘para que nadie pueda vencer a Áyax sino el propio Áyax.’ Confieso que no esperaba hallar estos latines en una ciudad que parece relacionarse más con el jet set.

Pero mi primera lectura junto al piélago uruguayo fue El capitán Blood, de Rafael Sabatini. Compré por centavos un volumen de Editorial Tor (Buenos Aires, 1957), aunque los estudiosos dicen que tales ediciones son muy malas. Tienen razón, pero me gusta su sabor antiguo. La Wikipedia me informó sobre Sabatini (1875-1950): “Rafael Sabatini nació en la localidad de Jesi (Italia). Su madre fue inglesa y su padre fue italiano; ambos fueron cantantes de ópera y maestros. Por haber vivido con su abuelo en Inglaterra y estudiado en Portugal y Suiza, Sabatini hablaba hasta seis idiomas. De ellos, decidió escribir en inglés, la lengua de su madre, porque entendía que ‘los mejores cuentos están escritos en inglés’.Tras un breve período en el mundo de los negocios, Sabatini comenzó a trabajar como escritor. Durante la Segunda Guerra Mundial trabajó como traductor para el Servicio de Inteligencia Británico. Escribió varios relatos cortos entre 1890 y 1900 y publicó su primera novela en 1902. Le llevaría casi un cuarto de siglo alcanzar el éxito, lo que conseguiría con Scaramouche (http://es.wikipedia.org/wiki/Rafael_Sabatini). Confieso que nada sabía de esto: al único que conocía era a Errol Flynn, el actor que personificó en el cine a Blood; en todo caso, el artículo citado nada dice de sus latines, que son abundantes en esta novela de piratas.

Blood era de profesión médico, aunque la vida lo llevó en determinados momentos a tomar las armas, como soldado y como pirata. Quiere decir que, como hombre educado de sus tiempos (segunda mitad del s. XIX), había aprendido nuestra lengua madre. No por nada tenía “un ejemplar, encuadernado en piel de becerro, de las Odas de Horacio” (cap. 22). Van solo algunos ejemplos de tal conocimiento. A tres buques tomados a los españoles los bautizó Cloto, Láquesis y Átropo (cap. 18), los nombres de las tres Parcas, o Moiras, de los antiguos. También hay mención de dichos célebres latinos: “Los dioses empiezan por volver locos a aquellos a quienes quieren destruir” (cap. 17), que es sin duda quem Deus vult perdere, prius dementat; “praemonitus, praemunitus” (cap. 23), juego de palabras que podría verterse ‘quien está avisado, está resguardado’; y versos de Horacio (Odas 1, 24, 19-20) que se hicieron proverbiales: “levius fit patientia / quicquid corrigere est nefas” (cap. 22), ‘con la paciencia se hace más leve / aquello que no se puede cambiar.’

Cuando Blood ve a los hombres dirigirse a la guerra, se pregunta con palabras de Horacio (Epodos 7, 1): quo, quo, scelesti ruitis? (cap. 1), ‘¿dónde, dónde vais en vuestra maldad?’ Y ante la fuerza del destino recuerda, modificada, una frase de Virgilio (Eneida 10, 113): fata viam invenerunt (cap. 13) ‘los hados hallaron su camino.’ Y también, mal citado, recuerda al poeta de la Eneida (10, 284) con audaces fortuna iuvat (cap. 15), ‘la fortuna ayuda a los audaces.’ Y hay bastantes ejemplos más, pero basten estos como muestra de que la voz del Lacio viajaba también por los mares del Caribe.

Para el último libro de viajes, el comienzo de un artículo de la enciclopedia en línea: “Louis Antoine de Bougainville, conde de Bougainville (1729-1811) fue un militar, explorador, y navegante francés que hizo la primera circunnavegación francesa, y se destacó por su descripción de Tahití. En su memoria se bautizó la isla Bougainville y la fosa de Bougainville, en el archipiélago de Salomón, y la planta bugamvilia, que descubrió el naturalista de la expedición en Brasil y trajeron a Europa” (http://es.wikipedia.org/wiki/Louis_Antoine_de_Bougainville). En una librería de viejo compré el libro que leí en mi enero junto al mar, no en el Pacífico sino en el Atlántico uruguayo: L. A. de Bougainville. Viaje a Tahití (pról. Joan Bestard). Barcelona, José J. de Olañeta, 1982. Cumple agregar que trae como apéndice el Suplemento al viaje de Bougainville, de Diderot, un muy buen mapa del periplo y fotos en blanco y negro.

Es natural que un europeo de ese entonces vea un mundo nuevo con visión del viejo. Por eso no llama la atención leer que en Tahití “impera todavía la franqueza de la edad dorada” (pp. 28-29). Cuando una bella nativa se desnuda ante ellos, “apareció a los ojos de todos como la Venus se dejó ver de los ojos del pastor frígido” (p. 29). Sin duda hay en error en la traducción: debe ser ‘el pastor frigio’, esto es Paris, príncipe de Troya; no “frígido.” El Paris de la mitología poca frialdad parecía tener en cosas de amores. Y el nombre que dieron los franceses a Tahití fue Nouvelle Cythère (p. 49). Recordemos que Citera era una isla del Egeo consagrada a Venus. Y, al ver ellos cómo hombres y mujeres tahitianos pintaban sus cuerpos (p. 58), es lógico que alguno recordara a César, quien en La guerra de las Galias (5, 14) contaba que los británicos también se pintaban (Omnes vero se Britanni vitro inficiunt, quod caeruleum efficit colorem). Y –última referencia– ante las maravillas naturales de la Polinesia, Bougainville dice “se creería uno en los Campos Elíseos” (p. 52).

En fin, agradezco a los lectores por haberme acompañado en mis meditaciones, hechas junto al mar y en un país de gente muy cordial. Ya no estoy en las vacaciones ni en el Uruguay, pero los libros son capaces de llevarnos a tierras muy lejanas. Y en tales viajes siempre me acompaña mi viejo latín.

Raúl Lavalle

domingo, 14 de marzo de 2010

VIRGILIO ENTRE VIKINGOS

De Marcos Méndez Filesi


Regresos troyanos

Durante la Edad Media, a medida que se iban formando conciencias nacionales, fue frecuente reinterpretar la historia con el objetivo de ligar el pasado de cada lugar con la Antigüedad clásica, cuyo prestigio aún debía de perdurar en la mentalidad colectiva.
Un ejemplo claro lo encontramos es la Estoria de España de Alfonso X (1221-1284), en la que se hace a los españoles descendientes de Heracles y los griegos. Según esta crónica, antes de su llegada, la península Ibérica recibía el nombre de Hesperia —como el legendario jardín de la mitología griega— y, entre sus reyes, el más poderoso era uno llamado Caco, que en los mitos griegos se presenta como un hijo de Hefesto enemigo de Heracles.
Tras derrotar Caco, Heracles fundó varias ciudades, como Híspalis (Sevilla) o Barca nona (Barcelona), y los griegos que constituían su ejército poblaron esta nueva tierra. Luego marchó a recorrer el mundo en busca de aventuras, pero antes dejó al mando de Hesperia a su sobrino Espan, un gran señor del que proviene el nombre de España.

«E por esso la poblo daquellas yentes que troxiera consigo que eran de Grecia, e puso en cada logar omnes de so linaje. E sobre todos fizo señor un so sobreino, que criara de pequenno, que auie nombre Espan; y esto fizo el por quel prouara por much esforçado e de buen seso; e por amor del camio el nombre a la tierra que ante dizien Esperia e pusol nombre Espanna» (1).

Para escribir estas crónicas nacionales legendarias, algunos autores se inspiraron en Virgilio, quien había descrito en el siglo I a.C. la fundación mítica de Roma a partir de las aventuras de Eneas, un príncipe troyano que había sobrevivido a la guerra de Troya.

El caso más claro lo encontramos en la Historia de los de los reyes de Britania, escrita en el siglo XII por Geoffrey de Monmouth (2). En esta obra, de la que nació todo el ciclo artúrico, Geoffrey de Monmouth reinventó la historia de las islas Británicas mezclando mitos, leyendas, cuentos, poemas y genealogías para ensalzar el pasado de los galeses y, en menor medida, el resto de pueblos y culturas que constituían las variopintas islas británicas.

Según Geoffrey de Monmouth, quizás basándose en una tradición galesa, el origen de los británicos se remonta a la guerra de Troya. Un bisnieto de Eneas llamado Bruto se fue de Italia hasta Grecia para expiar el homicidio involuntario de su padre y allí liberó a 7.000 troyanos y sus familias que se encontraban prisioneros. Luego, siguiendo los consejos de la diosa Diana (Artemisa), navegó hacia el oeste rumbo de hacia una isla que antaño se encontraba poblada por gigantes pero que ahora estaba casi desierta. Por el camino se encontró con el gran guerrero Corineo, otro descendiente de troyanos, que se convirtió en su mejor amigo y compañero de batallas. Después de pasar por diversas peripecias llegaron hasta Aquitania, en Francia, donde derrotaron a Gofario el Picto, y finalmente arribaron a la isla de Albión, que desde entonces se denominó Britania en honor de Bruto. Tras vencer a unos pocos gigantes que aún quedaban por la isla, los troyanos —ahora britanos— se asentaron y fundaron la ciudad de Nueva Troya, que más tarde pasaría a llamarse Kaerlud, en honor del rey Lud, y en la actualidad se conoce como Londres.

Otro caso similar lo vemos en el Edda Menor de Snorry Stúrluson (1179-1241), autor de varias obras fundamentales de la literatura medieval islandesa (3). En el prólogo cuenta que en el centro del mundo, en lo que por entonces se conocía como Turquía, había una ciudad llamada Troya, la cual estaba por gobernada por doce reyes. Uno de estos reyes era Memnón y estaba casado con Troyana, que era la hija de Príamo, el rey más poderoso de la ciudad. De esta unión nació Tros, «el que nosotros conocemos por Thor», es decir, el famoso dios vikingo del trueno y el rayo.

Tros se educó con el duque de Tracia, que se llamaba Lorikus, en equivalencia al dios vikingo Loki. Cuando Tros cumplió doce años:

«Alcanzó la plenitud de sus fuerzas: diez pieles de oso levantaba del sueño de una vez. Entonces mató a su padrino, el duque de Lorikus, y a la esposa de éste, Lora o Glora, y se adueñó del reino de Tracia; Trudheim le decimos nosotros.

»Luego salió a recorrer el mundo y conoció todas las tierras y venció él solo a todos los berserkir y a todos los gigantes y a un enorme dragón y muchas fieras. En la parte norte del mundo encontró una adivina llamada Sibila, la que nosotros conocemos por Sif, y se casó con ella. La familia de Sif no la sé, pero era la más hermosa de todas las mujeres; su cabello era como el oro».

Con esta Sibila, una profetisa que desempeña un papel fundamental en la Eneida, Thor inaugura un largo linaje en el que, después de varias generaciones, aparece Voden, es decir, Odín, el rey de los dioses en la mitología germánica. Odín se casó con Frígida, a la que los vikingos denominan Frig, y luego marchó desde Troya, en Turquía, hasta Escandinavia poblando estas gélidas tierras de troyanos.

«Odín poseía, como también su esposa, el don de la adivinación, y mediante esta ciencia supo que en la parte norte del mundo su nombre sería más honrado y ensalzado que el de ningún rey. Quiso por ello venirse para acá, y salió de Turquía seguido de una gran multitud de jóvenes y viejos, hombres y mujeres, que llevaban consigo muchas cosas de valor».

Un tercer ejemplo se encuentra en la Crónica de los Bohemios, de la que por fin podemos disfrutar de una traducción al español gracias a Raúl Lavalle (4). Fue escrita por Cosmas de Praga hacia el año 1120 y relata el origen legendario del reino de Bohemia a partir de un antepasado mítico llamado Bohemo. En este caso, la influencia virgiliana es más sutil. Los personajes de la generación fundadora no derivan directamente de Troya o la Eneida, pero sí se inspiran en ellos, como es el caso de Kazi, una hechicera que se compara en varias ocasiones con la Sibila de Cumas.

Y ahora ha llegado el momento de preguntarnos, ¿por qué esta insistencia en Virgilio?

Virgilio rodeado por las musas en un mosaico romano

Virgilio el poeta

Publio Virgilio Marón está considerado uno de los mayores autores de toda la historia de la literatura universal. Nació el 15 de octubre del año 70 a.C. en Andes, un pequeño pueblo cerca de Mantua (Italia) en el seno de una familia humilde. Su padre era un campesino que, al parecer, mejoró su situación económica al casarse con la hija de su patrono. Tras vivir en Cremona y Milán, donde estudió en profundidad la literatura grecolatina y la disciplina de matemáticas (que incluía medicina, astronomía y astrología, entre otras), marchó a Roma cuando contaba unos 20 años. En la ciudad más importante de su tiempo, en teoría, iba a seguir la carrera forense pero la literatura le resultó mucho más interesante y pronto la abandonó para dedicarse a la poesía. También dejó la capital para instalarse en Nápoles, quizá la más griega de las ciudades romanas, donde procuró llevar una vida apacible y sosegada en consonancia con los planteamientos epicúreos que compartía por aquella época. Sin embargo, hacia el año 42 a.C., su tranquilo retiro de la mundanal Roma se vio interrumpido por un terrible acontecimiento.

Desde hacía tiempo, la otrora orgullosa República romana estaba gobernada de facto por los distintos señores de la guerra que iban surgiendo a cada momento y se sucedían constantes enfrentamientos entre los partidarios de uno y otro bando. Los generales del ejército intervenían con creciente frecuencia en la política de la república pero a cambio, entre otras recompensas, debían pagar la obediencia de sus legionarios con la promesa de asentarlos tras su servicio en tierras confiscadas o conquistadas. En una de esas confiscaciones, la familia de Virgilio perdió todas sus propiedades en Mantua y el poeta debió de abandonar Nápoles para hacerse cargo de la situación. Por fortuna, parece ser que consiguió que les restituyesen las tierras y poco después, en el año 39 a.C. publicó su primer gran éxito, las Bucólicas, con el que obtuvo el suficiente reconocimiento a su talento literario como para no volver a padecer penurias económicas. Sin embargo, con la fama y el dinero llegaron también nuevos peligros pues había llamado la atención de un hombre al que más valía no contrariar: el emperador Augusto.

Tras la publicación de las Bucólicas, Virgilio había regresado a su amada Nápoles, donde durante unos diez años se encarga de terminar pacientemente su segunda gran obra, las Geórgicas, una loa a la vida rural que consolidó definitivamente su prestigio. Tras su conclusión, en el año 29 a.C., era ya tal su fama que recibió un encargo del emperador, debía escribir una epopeya de tintes homéricos que glorificase el pasado de la ciudad de Roma y, por ende, de la familia imperial que en la actualidad la regía. Fruto de aquel encargo fue una obra extraordinaria, la Eneida, a cuya redacción le dedicó los últimos diez años de su vida. Cuando apenas le faltaban un par de revisiones a la Eneida para estar concluida, Virgilio decidió emprender un viaje por Grecia y los demás lugares donde se desarrollaba para ver con sus propios ojos los principales escenarios de la obra. Antes de partir, cuenta la leyenda que le pidió a su amigo Vario que destruyese la Eneida y el resto de sus textos inéditos si moría durante el viaje. Curioso presentimiento, pues enfermó cerca de la ciudad de Megara y murió al poco de regresar a Italia, el 21 de septiembre del año 19 a.C.

Aún antes de morir, insistió en que destruyesen las copias inconclusas de la Eneida. Alabados sean los dioses, sus ruegos fueron ignorados y a la posteridad ha pasado una de las mejores obras literarias de todos los tiempos, aunque la verdad es que nos queda una pregunta por resolver, ¿qué debería haber hecho Vario?, ¿respetar la última voluntad de un moribundo sobre su propia obra o ignorarla pensando en el resto de la humanidad?

La respuesta es complicada porque lo cierto es que la influencia posterior de Virgilio ha sido enorme en la literatura, la filosofía y el arte. De hecho, tan grande era el prestigio de Virgilio el poeta que tiempo después abrieron su tumba para dar paso a Virgilio el santo.


Virgilio el santo

Cuando cayó el imperio romano, la Iglesia oficialmente condenó y despreció por paganos a los antiguos autores clásicos, tildándolos literalmente de perros pulgosos. Sin embargo, no podían relegarlos por completo porque representaban todo el saber de la época y, lo que aún resultaba más importante, sin ellos no podían aprender la lengua de la liturgia y de la propia Iglesia: el latín. Y decir latín es decir Virgilio, el autor más reconocido desde tiempos romanos.

Así, a pesar de las consignas oficiales, se siguió leyendo a los clásicos, y los eclesiásticos más sensibles al arte literario se rindieron ante la belleza y profundidad de aquellos textos. En un pionero ensayo de 1866, el filólogo Domenico Comparetti recogía una anécdota sintomática de esta tensión entre la postura oficial y la pasión que despertaba Virgilio:
«Este fanatismo, llevado al exceso, se nos presenta con ciertas características de leyenda. Un escritor de siglo XI nos cuenta que: «En Rávena, Vilgardo estudiaba gramática con gran intensidad, tal y como suelen hacer los italianos, descuidando todo lo demás. Había empezado a enorgullecerse como un necio por su saber, cuando una noche se le aparecieron los demonios con la forma de los poetas Virgilio, Horacio y Juvenal; y estos demonios le agradecieron con palabras falaces el estudio que hacía de sus textos y le prometieron hacerle partícipe de su gloria. Así, depravado por estas malas artes, empezó a enseñar muchas cosas contrarias a la Fe y a decir que debía creerse ciegamente en las palabras de los poetas. Al final, fue declarado hereje y condenado por el arzobispo Pietro».

Para resolver esta contradicción, dieron con una ingeniosa solución. Si no podemos ni queremos abandonar a los clásicos, convirtámoslos en cristianos, basta con pensar que tras sus textos paganos se esconden, a modo de metáforas y alegorías, los principios del cristianismo. Y entonces descubrieron que Virgilio había anticipado el nacimiento de Jesús.

En la cuarta Bucólica (c. 40 a.C.), Virgilio describe la llegada de una nueva era profetizada por la Sibila de Cumas con pasajes tan significativos para un clérigo medieval como este:

«La última edad del vaticino de Cumas es ya llegada; una gran sucesión de siglos nace de nuevo. Vuelve ya también la Virgen, vuelve el reinado de Saturno; una nueva descendencia baja ya de lo alto de los cielos. Tú, casta Lucina, sé propicia al niño que ahora nace, con él la raza de hierro dejará de serlo al punto y por todo el mundo surgirá una raza de oro» (5).

Daba igual que, en realidad, la Virgen fuera la diosa de la justicia, Temis, o su hija Astrea, el niño algún hijo de un ilustre personaje romano y la nueva edad de oro hiciera referencia a la extendida creencia grecolatina de que la humanidad ha pasado por diversas generaciones a cada cual más envilecida hasta llegar a la actual. Virgilio se convirtió en una autoridad incuestionable, casi un santo. De ahí que terminemos encontrando sibilas en la Capilla Sixtina de Miguel Ángel y en la Crónica de los Bohemios, o a descendientes troyanos por Gales y Escandinavia.

La Sibila de Cumas, Miguel Ángel

Notas
1. Alfonso X. Prosa histórica. Estoria de Espanna. Cátedra. Madrid, 1990.
2. Geoffrey de Monmouth. Historia de los reyes de Britania. Traducción de Luis Alberto de Cuenca. Alianza Editorial.
3. Snorri Sturluson. Edda Menor. Traducción de Luis Lerate. Alianza Editorial, Madrid, 2000.
4. Cosmas de Praga. Crónica de los Bohemios. Traducción de Raúl Lavalle. Edición on line.
5. Virgilio. Bucólicas. Traducción de Tomás de la Ascensión Recio García. Gredos. Madrid, 2000.

domingo, 21 de febrero de 2010

HORACIO EN HOLANDA

La bella ciudad holandesa de Maastricht está edificada sobre la población llamada Traiectum. Para decirlo más completo, sobre Mosae Traiectum; es decir, sobre ‘Pasaje del Mosa.’ En efecto los romanos hicieron una calzada que salía de la ciudad de los Tungri (Tongeren, en la Bélgica actual) y pasaba por esa urbe del río Mosa. Pero vayamos a tiempos más recientes. El santo patrono de Maastricht es San Servacio. A él está dedicada una extraordinaria basílica, que alberga tesoros artísticos numerosos y notables. La visité a principios de 2010 y quedé maravillado. No me ocupo ahora sobre Servacio y su templo de Maastricht, porque ello supera con mucho mis pobres conocimientos, pero me detengo en una inscripción latina.

Me refiero a la que se halla en la tumba de “Herman Frederik, Count van den Bergh” (ob. 1669), cuyo texto copié allí mismo y ahora transcribo modificando la puntuación:

Quisquis ades, qui morte cades, sta respice sortem:
te, nosti certo, talia fata manent;
rex, princeps, judex, dominus, servus, miser, aeger,
sis quicumque velis, pulvis et umbra sumus.

‘Tú que estás aquí y has de caer, detente y mira
tu suerte. Sabes bien que tal destino te aguarda.
Rey, príncipe, juez, señor, siervo, pobre, enfermo
o todo lo que quieras ser: somos polvo y sombra.

Una foto del monumento se halla en la guía: Maastricht; Basilica of St Servatius, texto del P. Sigismund Tagage y trad. inglesa de Katherine Vanovitch (3. ed. Regensburg, Schell & Steiner, 2007, p. 13). Las ideas de este bello epitafio son comunes en la epigramática funeraria: el poeta aconseja al lector meditar en la suerte común de los mortales todos. En efecto el destino así lo dispuso, no importa si eres rey o mendigo. No amontonaré citas, pues los lectores conocen los antecedentes literarios. Nada más subrayo el final, que es cita directa de Horacio: pulvis et umbra sumus (Odas, 4, 7, 16). Como vemos, se hace una lectura cristiana del poeta romano.

Raúl Lavalle

jueves, 22 de octubre de 2009

LATINES GAUCHESCOS

LATINES GAUCHESCOS

Algunos escritores gauchescos sabían sus latines. Quizás no eran grandes expertos pero tenían algún conocimiento. Y parece que de algo les sirvió; al menos yo estoy convencido de que así fue. El primer ejemplo que pongo es el de Javier de Viana (1868-1926), uno de los más grandes escritores gauchescos uruguayos. Sus cuentos están ambientados tanto en Uruguay como en Argentina. De él leí el libro Abrojos, en una primera edición de la Biblioteca Rodó (Montevideo, Claudio García Editores, 1936). Dicha edición tiene una “auto-biografía”, donde se lee: “Estudié latín y griego, francés, inglés, italiano, portugués, y hasta algo de castellano. Cumple a mi franqueza declarar que a todos –incluso en el que escribo– los domino menos que mediocremente” (p. 14). Creo que peca de falsa modestia, pues escribe muy bien y con gran soltura. Más ponderada es la frase: “El latín, el griego, el francés, el inglés, el italiano, portugués, español y guaraní, –me había olvidado decir que también estudié el admirable idioma indígena,– […] han tenido una mínima influencia en la gestación de mi edificio artístico: nido de hornero, nada más, y con ello se conforma mi modestia” (p. 15).

Ahora menciono a Luis Franco (1898-1988), que no era gauchesco pero era un “gaucho.” Escribe Lucas Moreno en su prólogo a Poesía de Luis Franco (Buenos Aires, Eudeba, 1964): “Con el concurso de sus manos, como un griego de los tiempos de Esquilo, fue logrando las bases mínimas de una vida austera. No desechó oficio ni menester por elemental o humilde que fuese. Labrador en Belén de Catamarca, su pueblo natal, cultivó durante largos años un predio por demás desparejo y fragoso, hasta nivelarlo, llevándolo luego, con los muy escasos y rudimentarios enseres de que disponía, a un aceptable rendimiento, al combinar el cultivo de cereales y pastos con el de la vid. Más de diez mil cepas plantó a lo largo de esos años con sus propias manos. No se conoce entre sus colegas de la literatura quien pueda hacer una afirmación en igual sentido. Sus manos manejan hoy todavía el hacha con la misma certeza y maestría que la pluma” (p. 6). Bastante de esto se ve en “El buey”, que tomo de la citada edición (pp. 23-24).

Tu grandura se aploma con sencillez de monte.
Tu paso es remansado, profundo, fértil como
un río en la llanura. La paz del horizonte
del campo se echa en tu ojo. Manso como una encina,
a los pájaros cedes, para rama, tu lomo.
Lames tu mansedumbre, suave como la malva.
Tu morro humea al alba, igual que una cocina.
Y oyes como una misa los rumores del alba…

Rumiando, de rodillas sobre las hierbas o entre
los pastos, quizá rezas tu amor sacerdotal:
Ave, tierra, llena eres de gracia virginal
y maternal. Benditos los frutos de tu vientre.

Por tu rastro que tiene forma de corazón;
por tus cuernos, par de hoces a tu testa amarrado
en seña; por el yugo, la cruz de tu pasión
fecunda; por el santo madero del arado;
por la reja que brilla sin mancha en su faena,
y por la harina blanca y la gleba morena,
y por el pan del rico y el pan del indigente,
oh esposo de la tierra, por lo puro de toda
labor con la que honramos y nos honramos, mi oda
te corone de espigas y de olivo la frente.

Anotemos primero que “El buey” es parte de Los trabajos y los días (1928), lo cual inmediatamente nos remite a Hesíodo y la poesía del campo. Se unen aquí las dos grandes tradiciones de occidente. En efecto “el rezo” de la bestia de labor, su sacerdocio, el “ave, tierra”, la cruz y “el santo madero” mezclan lo bíblico con lo virgiliano. Por otra parte, en cuanto a la relación entre lo clásico y el terruño provinciano, permítanme los lectores una brevísima mención del riojano Arturo Marasso, oriundo de Chilecito, quien amó como pocos en estas tierras la gloria eterna de Grecia. Así comenzaba su “Narciso”:

¿Qué oculta voz escuchas? Te enajena el secreto
de tu ser que se ahonda
y refleja vendido; y en tu quietud, inquieto,
estás en ti y en la onda. (Poemas. Buenos Aires, Hachette, 1953)

Tan telúricos como los gauchos, los indios. Y el Beato Ceferino Namuncurá (1886-1905) era en verdad un indio mapuche, hijo del cacique Manuel Namuncurá. Educado por los salesianos, fue tan buen alumno como cualquier otro de sus compañeros, e incluso mejor. Sobresalía en canto y en caligrafía, según nos informa el padre Raúl A. Extraigas, en su obra El mancebo de la tierra (Buenos Aires, Instituto Salesiano de Artes Gráficas, 1974, p. 65). Pero más adelante leemos que le gustaba la gramática y traducía Epitome Historiae Sacrae y las vidas de Cornelio Nepote (p. 171). Mas no lo hacía solo por obligación; ponía gran cuidado al hacer las versiones del latín y al latín (p. 165). Creo que muy pocos estudiantes de hoy se esmeran como este hermano nuestro, que tenía un nombre de pila tan clásico. Lamentablemente nos dejó a los 19 años, veloz como el céfiro. De cualquier forma, nuestro Ceferino me hace acordar a otro gran indio. En efecto Benito Juárez (1806-1872), Presidente de México, era liberal y masón, pero había sido seminarista. Cierta vez, en una amistosa conversación, intercaló estos versos que ni siquiera sé si son de él: “La señora musa musae / y el señor dominus domini / se fueron al templum templi / a oír el sermo sermonis” (Héctor Pérez Martínez. Benito Juárez el impasible. México, Horizontes, 1939, p. 104).

Recientemente la librería Capítulo I, de Nicolás Bunge, especializada en temas argentinos, me proveyó de un muy interesante libro: Félix Weinberg. Juan Gualberto Godoy: literatura y política. Buenos Aires, Solar / Hachette, 1970. Además de un largo estudio preliminar, edita las poesías y algunas cartas. Formaba parte de la colección “Dimensión Argentina”, que publicó decenas de obras muy importantes de temática nacional. Aprendí allí que Godoy (1793-1864), a quien yo consideraba un poeta gauchesco (y lo es verdaderamente), fue hombre muy letrado. Informa Weinberg: “Aprendió las primeras letras en una escuela de mujeres, gramática latina en el convento de los padres betlemitas y caligrafía con Alejo Nazarre, un antiguo funcionario colonial” (p. 13). No estaría bien inundar con citas; basten las menciones de Ovidio (p. 148), de Alejandro Magno (p. 141), de la expresión de facto (p. 158), del mítico canto del cisne (p. 157). Pero escuchemos la definición que hace de su propia vis satírica:

Mi numen es Juvenal,
no Tácito y Tito Livio;
por eso no doy alivio
a vicios en general. (p. 236)
Casi todos los de mi generación leímos El inglés de los güesos. Benito Lynch no sé si era un gaucho, pero pasó parte de su infancia en el campo y conocía bien –no por nada era irlandés– el verde de nuestra pampa. Pues bien, en el comienzo del cap. VI del Inglés, se habla de una muchacha de “adiposidad formidable”, a la cual llamaban La Talquina. La edición a cargo de Julio Caillet Bois (Buenos Aires, Troquel, 1960, p. 61) trae una “nota del autor”: “Tarquina, vaca tarquina, por los descendientes del primer toro Durham que se trajo al país y que tenía por nombre Tarquino.” Poco y nada sé de razas de animales, pero no dudo de que el nombre del noble bruto (con perdón del protagonista) le vino de un personaje de los tiempos idos. En efecto Tarquinio el Antiguo (Tarquino es otra castellanización de Tarquinius, menos recomendable pero correcta) y Tarquinio el Soberbio fueron dos de los siete legendarios reyes de Roma. Como dato curioso, The Breeder’s Choice, la marca de whisky nacional que conocemos cono Criadores, trae en la etiqueta tres toros: “TARQUINO, VIRTUOSO, NIAGARA” (cf.: http://www.whiskycriadores.com.ar/). Según el dicho, “cuando menos se piensa, salta la liebre” (cf.: http://www.1de3.com/refranes/3080/cuando-menos-se-piensa-salta-la-liebre); así es la gloria de Roma: también puede presentarse de improviso.
El padre Amado Anzi escribió El Evangelio Criollo, libro que fue ilustrado por bellísimos dibujos de Eleodoro Marenco (Buenos Aires, Ágape, 1964). Recientemente tuve la fortuna de hallar, en librería de viejo, una obra en esta misma dirección: Francisco H. Orellano. Evangelio según “San Fierro”. Buenos Aires, Difusión, 1976. Ambos autores gauchescos emplean la estrofa de nuestra gran épica. Pero Orellano trae algo muy curioso. En efecto habla así de la simpleza de los discípulos de Jesús:

Estos fueron sus laderos,
seleccionados por él,
gente ruda y sin cartel,
ni otro “curriculum vitae”
que aquel que les dio el envite
de su suerte en Israel. (p. 43)

A mí me parece bien ese latinismo, pues hasta el iletrado está obligado a veces a recurrir a palabras y frases cultas (sobre todo hoy, en esta época de médicos y pedagogos, cuando escuchamos cosas como laparoscopia, retroalimentación y objetivos procedimentales). Si alguno consigue estas obras de Jesús en criollo, léalas y hallará placer.

Hemos comprobado aquí una vez más algo muy sabido, la gran fuerza del mundo griego y latino. De cualquier forma, podría parecer algo impensado lo clásico en lo gauchesco. En realidad se explica perfectamente, pues los gauchos son americanos y América, como tantos sitios, sintió la educación de la vieja Europa, de base clásica. En más de un caso vimos que tal educación debía no poco a las órdenes religiosas, que llevaron el latín junto con la escuela. Por eso quizás, a la hora de escribir, también a los escritores nativos la cultura clásica les brotaba de lo hondo.

RADULFUS

jueves, 10 de septiembre de 2009

EL CISNE NEGRO DE CARMINA BURANA (Y DE MARTINUS ZYTHOPHILUS)


Martin Freundorfer, poeta neolatino actual, me envió el 15 de junio de 2009 un mensaje literario. Lo escribió a un grupo de amigos, de cuyo santo número formo parte inmerecidamente.

Rara auis est dictus niger a te cygnus, acerbe,
cum tuus albentem mundus haberet auem.
Si foret Australi sita in aequore cognita, uates,
terra, coli scires hanc ab olore nigro.
Tempora enim semper mutantur multaque fiunt,
quae fieri non uult credere caecus homo.

Duro poeta, llamas una rara ave al cisne negro,
porque tu mundo conoce solo cisnes blancos.
Vate, si conocieras la tierra bañada por el mar
del sur, sabrías que en ella hay cisnes negros.
Pero los tiempos mudan y hay muchas cosas
que el ciego hombre no quiere creer que son.

Sabemos que el último canto del cisne es el mejor. Geoffrey de Monmouth en su Vida de Merlín (1335-1336) escribe: Excedit volucres dulci modulamine cunctas, / cum moritur cignus nautis gratissimus ales. Poco sé de volátiles pero creo haber visto u oído hablar de cisnes negros, aunque la mayoría sean cándidos. Yo vivo en una tierra del mar austral, si bien no sé a cuál de ellas se refiere Martinus. No importa; haya o no cisnes negros versus meridiem, están claros algunos consejos: no menospreciemos lo que no conocemos; no pensemos que las cosas siempre tienen que ser de una sola manera; aceptemos los cambios que mater Natura nos da. Después de leer, felicité a Martinus y le contesté que hay otro famoso cisne negro, el célebre cisne hervido de Carmina Burana, el que comienza 'En otro tiempo vivía en los lagos' (Olim lacus colueram). No le desagradó mi noticula, pues me dijo en mensaje del mismo 15 de junio: “Verum dicis, mi Radulfe, sed illum cygnum, cum lacus coleret, album fuisse addendum est.” Añadió que antes la gente no hacía tales distinciones poéticas y enviaba a su estómago tanto cisnes como gansos. Más aún el día anterior, en un paseo a orillas del Danubio, había visto un cisne blanco, aunque no quiso comerlo (no sé si estos tiempos conservacionistas alientan cacerías de esta índole). En fin, sea entonces esta nota un humilde homenaje a Carmina Burana, a uno de sus poemas más divertidos y a la poesía de un amigo que es gloria de la latinidad de hoy.
RADULFUS

martes, 14 de julio de 2009

NOMBRES SANMARTINIANOS Y EL LATÍN[1]

Las ideas de libertad que florecieron en Hispanoamérica en el s. XIX estaban expresadas, como era de esperar, en términos griegos y latinos. Esa era –y sigue y seguirá siendo– la educación de base. Libertad, república, revolución, las tres son palabras latinas. Pero detengámonos un momento en algunos de los nombres que se aplicaron al General San Martín, cuya memoria hoy… veneramos, celebramos, recordamos, enaltecemos (más palabras de la lengua del Lacio). A veces es el Héroe Máximo;[2] quiere decir que era como los que los griegos llamaban héroes, hombres de excepcional fortaleza física y que eran hijos o descendientes muy próximos de los dioses. Pero, así como entre los héroes antiguos unos sobresalían más que otros (Hércules, por su vigor; Eneas, por su piedad), también él ha sobresalido entre los otros viri fortes de la causa americana.

Padre de la Patria, Pater Patriae, era un título que los romanos daban habitualmente a los emperadores y que las monedas abreviaban PP.[3] Cicerón nos dice que muchos lo habían llamado así a él, por sus servicios a la república.[4] San Martín es para nosotros el Libertador por antonomasia. Liberator había sido llamado Lucio Junio Bruto, quien había expulsado al último rey de Roma, en esa historia mítica que nos narra Tito Livio.[5] Liberator también se aplicaba a Júpiter, el dios supremo.[6] Ahora bien, todos sabemos que estamos en la idea de ‘libre.’ Por rara ironía del destino nuestro Colegio tiene como lema Liber liberat, ‘el libro libera.’[7] En realidad no hay conexión etimológica entre libre y libro; pero podemos aceptar y transmitir el juego de palabras que hicieron los proceres fundadores de nuestra institución y valernos de él para estimularnos a diario en el deseo de saber, porque sabiendo más seremos más libres, con la libertad luminosa de la inteligencia.

Hay otras voces latinas que pertenecen a José de San Martín (si le anteponemos el Don, tendremos otra, derivada del dominus romano); general, generalísimo y capitán[8] fueron títulos que ganó gracias a su preparación y esfuerzo permanentes; ejemplo y modelo lo hemos considerado nosotros, que necesitamos un speculum, algo donde mirarnos, si queremos servir mejor a la patria.

Otro de sus títulos, Gobernador Intendente de Cuyo. Gubernare, voz latina de origen griego, es técnica, perteneciente a la náutica.[9] Los griegos, gentes de mar, gustaban de términos de esa procedencia. Significa ‘dirigir la nave’, ‘dirigir el timón.’ Nuestro héroe también desde este punto de vista mereció ser así llamado, pues no eran pocas las tormentas que se cernían sobre nuestra tierra. Un buen piloto sabe, entre otras cosas, leer los tiempos, amainar las velas y mover los ánimos de su tripulación. En cuanto a intendere, es en latín ‘encaminar’, ‘dirigir.’ Por ello un intendente es un jefe superior, en el ejército y en los ámbitos de la vida civil.

Nos interesan también las designaciones Protector del Perú y Fundador de la Libertad del Perú. Protector tiene la raíz del verbo tego, ‘cubrir’, ‘proteger.’ En cuanto a ‘fundador’, el latín clásico prefiere la raíz del verbo condo: conditor, ‘fundador’; conditio, ‘fundación’; ab Vrbe condita, ‘desde la fundación de la Ciudad.’ En efecto condere, como derivado de ‘dar’, es ‘dar conjuntamente’, ‘dar los elementos de algo’; de allí, ‘fundar.’ Fundator es más bien de la latinidad tardía (aunque la usa Virgilio[10]); su origen es fundus, ‘fondo.’ Pues quien funda, da un fondo, un cimiento, un fundamentum. En definitiva, la lengua del Lacio ha sido óptimo vehiculum para las ideas de ‘emancipación’ de la gran patria americana.
RADULFUS
[1] Estas líneas las escribí para un acto escolar del 17 de agosto de 2008, día en que recordamos al Gral. San Martín, en el Instituto Libre de Segunda Enseñanza, Buenos Aires. Quizás algún docente del área de lengua pueda encontrar utilidad en ellas.
[2] San Martín es "el héroe máximo de los argentinos. Se lo nombra como el Padre de la Patria. La literatura lo llamó el Santo de la Espada. Se lo conoce como el Libertador de América. En las luchas por la independencia americana, fue un héroe venerado por varios países sudamericanos.” Cf. http://www.telpin.com.ar/InternetEducativa/Proyectos/2007/HIMNOS/San%20Martin.htm .
[3] Un ejemplo entre muchos, una moneda de Claudio; cf.: David R. Sear. Roman coins and their values. London, Seaby, 1964, nº 537, p. 59
[4] Cicerón, Pro Sestio 121).
[5] Tito Livio 2, 5.
[6] Tácito, Anales 15, 64.
[7] Otra formulación es Liber, libertas, ‘el libro es libertad’ (cf.: L’ape latina; Dizionarietto dei 2948 sentenze, proverbi, motti, divise, frasi e locuzioni latine (ed. Giuseppe Fumagalli). Milano, Hoepli, 1949, nº 1238.
[8] Fue Capitán General de Chile y Generalísimo del Perú.
[9] Cf.: A. Ernout – A. Meillet. Dictionnaire étymologique de la langue latine. Paris, Klincksieck, 1979, s. v. GUBERNO.
[10] Virgilio, Eneida 7, 678.

domingo, 17 de mayo de 2009

A NUEVOS DISCÍPULOS DE LATÍN

Martin Freundorfer es un poeta latino actual. Nació y vive en Austria y usa el nombre literario Martinus Zythophilus (el apellido romano significa ‘amante de la cerveza’). Enseña latín en su patria y, próximo ya a comenzar un nuevo curso anual, envió a algunos de sus amigos este poema.

Vos, quibus est, pueri, discenda Latina, saluto,
lingua, et, uti uobis fiat amica, rogo.
Hunc docuit populos sermonem Roma subactos,
nam ferrum fuerant uerba secuta ferum.
Hunc patrium loquitur sermonem Europa superba,
Romae cum ruerint moenia celsa diu.
Noscite Romanos et magnam noscite Romam
et quidquid cecinit Musa Latina uiris.
Omnia deposito monstrabunt scripta timore :
pergite, inite nouam me comitante uiam.

[Os saludo, discípulos que aprendéis la lengua
latina, y os ruego que sea ella vuestra amiga;
ella, que fue enseñada por Roma a los pueblos
sometidos, pues las palabras siguieron al duro
hierro. La soberbia Europa la habla como lengua
propia, aunque hace tiempo los muros de Roma
cayeron. Conoced a los romanos y a la excelsa
Roma y cuanto cantó la Musa latina a sus varones.
Todo esto mostrarán los escritos, si dejáis el temor.
¡Adelante! Os acompañaré en este nuevo camino.]

Todos, antes de empezar cualquier año académico, nos preguntamos cómo serán nuestros alumnos, cuáles dificultades enfrentaremos… Aquí Martin se dirige a discípulos a quienes no conoce (y que naturalmente no podrán entender al principio sus versos), a los que enseñará cosas no sencillas. Hoy parece que esto es más difícil que nunca, pero es bueno tener una mirada positiva: hablar de lo que conseguiremos, no solo de cuánto esfuerzo nos demandará algo. Por eso el deseo de que ellos se amiguen, que empiecen desde el inicio a amar la lengua de Roma. Motivos para ello: varios, pero nuestro poeta da algunos. Es la lengua de un antiguo imperio, pero es superadora del mismo. En efecto aunque los muros de la antigua Urbe cayeron (solo una parte, con gran esfuerzo reconstruida, se conserva hoy), aunque solo hay reliquias materiales de su fasto lejano, su lengua es señora de Europa y de sus hijos, esparcidos (‘sembrados’, diríamos en griego) por toda la tierra. La gran tarea del maestro de la lengua del Lacio, la cual es instrumento básico para el conocimiento de la ‘soberbia’ civilización europea, es la de ser como un Hermes, un psicopompo, guía de las almas. Nunca nos libramos del todo del temor, pero podemos animarnos a emprender un camino fecundo.

Raúl Lavalle

domingo, 15 de marzo de 2009

NOCHES ÁTICAS


Hay en la Red un sitio con una gran cantidad de letras de tango: Tango Lyrics Home-Page (http://www2.informatik.uni-muenchen.de/tangos/msg03023.html). Allí encuentro Noches de Atenas, vals letra y música de Horacio Pettorossi compuesto en 1931. Quien ha enviado la letra usa el nombre Gaucho Belga; añade también una nota previa: “El autor actuó en Grecia en 1931 y allí compuso este vals. En 1932 acompañó a Gardel en la filmación de Espérame y Melodía de arrabal. En 1933 se suma al acompañamiento guitarrístico de Gardel, pero no es él quien lo acompaña en la grabación de este vals, sino un sexteto dirigido por Alberto Castellanos.” Transcribo:
Tus noches, Atenas,
me hablan de amor,
cual una bella canción.
Tu hermosa luna,con su fulgor,
acompaña mi dolor.
Fue una noche de mi Argentina,
noche divina, de ilusión;
ella juró que me quería,
yo no pensé que mentía...
Le di, en un beso, toda mi alma
y traicionó mi corazón.
Hoy son tus noches, Atenas,
que me recuerdan su amor.
Tus noches, Atenas, me hablan de amor,
cual una bella canción.
Tu hermosa luna,con su fulgor,
acompaña mi dolor.
Y así una noche de mi Argentina,
noche divina, de ilusión,
bajo un rosal, yo esperaba
a la que tanto adoraba.
Corrió una estrella...
pedí que vuelva...
Pero ella nunca más volvió.
Hoy son tus noches, Atenas,
que me recuerdan su amor.
Personalmente debo pedir disculpas a Pettorossi, pero la letra me parece muy floja. Cuando algo se llama Noches de Atenas, lo que al menos yo espero es que se me hable o se me sugiera algo típico (el mar azul, el Pireo, la Acrópolis, las islas, olivos, higos, bailes característicos). Pero aquí hay una despedida, una traición, una noche de luna, cosas que cualquiera puede encontrar en el Obelisco porteño. Si no entiendo mal, el romance del vals empezó aquí y no tuvo en Atenas la esperada continuación. En cambio Enrique Cadícamo, en Ave de paso, recrea, aunque sea de un modo difuso (¡está bien!) una atmósfera brasileña:
Adiós, muñequita de cobre,
muchacha morena, tu amor tropical
exhala en mi alma su brisa salobre
como una canción sentimental…
La luna de Río se queda
para que en las noches le cuentes que yo
pasé por tu lado, viajero incansable,
pasé por tu lado y dejé el corazón.
De cualquier forma, me alegro mucho de que mi amigo Daniel Antoniotti, de la Academia Porteña del Lunfardo, quien me había informado sobre este dato curioso de Noches de Atenas. Me sirve también como pretexto para otra curiosidad. En efecto Cristina Tsardikos, Presidente de la Asociación Cultural Helénica NOSTOS, me pasa otra. La gente de mi generación recuerda la película Nunca en domingo, con Melina Merkuri. Del film es el bellísimo tema Los niños del Pireo, compuesto por Manos Hadjidakis. Pues bien, Cristina me envió una versión, disponible en la Red, de Los Cinco Latinos, con la dulce voz de Estela Raval. Para quienes deseen escucharla: http://www.esnips.com/doc/6ca97287-158b-46e9-8e88-8ec7504be571/Los-Cinco-Latinos---Nunca-en-domingo/?widget=flash_player_esnips_blue . Para terminar esta nota, quise acercar mi granito de arena y se me ocurrió hacer una versión latina de la canción. En ella me pongo en el lugar de un latino amante de Grecia, que contempla el mar del Pireo y le pide a su amada, una joven helena de bella figura, que se case con él, que vivan juntos y tengan hijos en Atenas.

Litora maris percurrebam ludentis, gradientis ad album sabulum.
Lapillos legebam rotundos, iaciebam; saliebant, saltabant per undas.
Gaudens mirabar navicellas volantes, gaudentes, verrentes aequora.
Splendorem portabant Graecorum aeternum et sacrum omnibus populis.

O dulces portus, ubi mea dea habitat,
longis muris vallatus, portus Athenarum.
Ad thermopolium panes, pisces manduco,
vinum olentem bibo et mare me rapit.

A deversorii fenestella contemplor ludentes Piraei parvulos:
pila levitate currebat, currebant veloces parvuli angelici.
Sic aetas transibit nostrarum viarum, ut currunt rapida flumina.
Sed tempus venit iam sistendi, mihi crede. Et nobis adveniant parvuli!

Phidiaca puella, filia senis aquarum,
imple meam tristitiam dulcedine tua.
Utinam Athenis, gloria optima Graecorum,
brachiis in tuis suavibus vitam meam finiam!

Muchas gracias entonces a Pettorossi, a Daniel Antoniotti, a Cristina Tsardikos y a ti, querido lector.

RADULFUS

sábado, 7 de marzo de 2009

ESCOCIA EN MIS LECTURAS DE VERANO


Este último verano leí dos cosas que se relacionaban con Escocia y, al volver de las vacaciones, encontré en el correo electrónico un mensaje de Scotland in Argentina (http://www.scotlandinargentina.com.ar/symmetryesp.htm), un sitio de la Red dedicado a la cultura tradicional de Escocia y a su presencia en nuestra pampa. Dicho sitio me pareció interesantísimo y hecho con gran esmero. En fin, también me movió a referirme por escrito a mis libros estivales. Primero fue “Mackintosh”, de Somerset Maugham; tengo una antología de cuentos de este gran narrador, Historias de medio siglo (Barcelona, José Janés, 1956). Allí está esto:

“Lo curioso era que Walter permanecía completamente ajeno a la antipatía que cada mes iba creciendo en el ánimo de su subordinado. Aunque se burlaba de él, a medida que se fue acostumbrando a su compañía iba tomándole cariño. Tenía una cierta tolerancia con las particularidades de los demás y aceptaba a Mackintosh como un bicho raro. Quizá le fuese antipático inconscientemente, porque podía burlarse de él su humorismo consistía en burlas groseras y necesitaba un blanco a quien dirigirlas. Mackintosh, con su exactitud, su moralidad y su sobria conducta, le proporcionaba una fuente inagotable; además, su nombre escocés le brindaba la oportunidad de las bromas corrientes sobre Escocia. Pero cuando más se divertía era cuando había dos o tres personas delante y podía hacerlas reír a carcajadas a costa de Mackintosh. Solía también contar cosas ridículas de él a los indígenas, y Mackintosh, con su aún imperfecto conocimiento del samoano, sólo podía ver su risa contenida, sobre todo cuando Walter hacía alguna obscena referencia de él. Después sonreía con buen humor.
–He de decir esto en tu favor, Mac –le decía Walter con su áspero y violento tono de voz–. Eres capaz de aguantar una broma
–¿Pero era una broma? –preguntaba sonriendo Mackintosh–. No lo sabía.
–Escocés tenías que ser –respondió Walter con una carcajada–. Sólo hay una manera de hacer ver a un escocés una broma: por medio de una operación quirúrgica.” (pp. 17-18)

Siempre sueño con conocer los mares del sur, y especialmente en verano. Tal vez el deseo se deba a que mi patria Argentina es una especie de ínsula, algo demasiado fantástico como para ser real. Pero me apiado de los lectores y vuelvo al cuento. Poco y nada sé sobre el carácter de los escoceses. Me suena algo así como que las gentes de las tierras altas son más severas y parcas en su carácter. Si algo de esto es verdad, el tal Walter, que era un irlandés de Irlanda del norte, se hacía un festín bromeando a costa de su dependiente Mackintosh; parte de esta conducta se explica porque Walter era muy afecto a bebidas fuertes. No quiero decir el final, pero ya se ve que estos dos personajes celtas se habían alejado de sus islas de hadas y duendes, para ir a otras no menos maravillosas. De algún modo enloquecieron y esos les traerá la ruina, porque enloquecemos antes de morir; al menos así se dice aquí:

“La sonrisa que brillaba en los ojos de Mackintosh se reflejó entonces en sus labios, curvándolos dolorosamente.
–Quem deus vult perdere, prius dementat.
–¿Qué diablos es eso? –preguntó Walter.
–Latín –contestó Macintosh saliendo.” (p. 44)

En suma, en la isla de estos acontecimientos se hablaba inglés, samoano y hasta una mica de la lengua del Lacio. Pero la segunda de mis “lecturas escocesas” fue de Carolyn Keene, El indicio del gaitero silbador (Buenos Aires, Acme, 1964). El lector imaginará que tanto este como el anterior fueron comprados en librería de viejo (pagué por ambos el equivalente a un dólar). La heroína es Nancy Drew, una jovencita norteamericana con habilidades detectivescas. Sé que hay varios casos de ella y también que hay toda una literatura juvenil de chicos genios que desentrañan misterios. Como yo he sido tonto en mis años mozos (a decir verdad, nada he mejorado), no me gustan los chicos genios detectives ni los chicos genios espías, ni por escrito ni en la televisión. He leído uno o dos de ellos, cuando se trata de obras de antes. Como hombre decadente, no me llevo tan bien con los tiempos actuales y añoro esas épocas en que todo era más ingenuo. ¡Basta ya de esta necia filosofía! Digamos qué encontré en este libro. El caso de marras transcurre en Escocia.

Como es de imaginar, hay lagos, colinas y gaiteros, pero también música, pues Eloise, tía escocesa de la niña detective, recita las dos primeras líneas de una canción tradicional, “empleando el pronunciado acento escocés de las tierras bajas:
Scots, wha hae wi’ Wallace bled,
Scots, wham Bruce has aften led.
Contó entonces que la canción había sido compuesta por Robert Burns, el poeta escocés, para conmemorar la batalla de Bannockburn, librada en 1314.
–Desdichadamente –agregó– esas batallas era muy sangrientas. La letra dice así:
Escoceses, que habéis sangrado con Wallace,
escoceses, a quien Bruce a menudo condujo.” (p. 42)

Robert Burns, del s. XVIII, es el más famoso poeta en lengua escocesa. William Wallace, en el s. XIII, fue un escocés que dirigió a su país contra la ocupación inglesa. En la batalla de Bannockburn Robert Bruce derrotó a los ingleses, en las guerras por la independencia de Escocia. Más adelante, nuestro libro policial hace otra referencia histórica, pues están visitando el Palacio de Holyrood (fue originalmente una abadía y actualmente es la residencia oficial de la Reina, cuando se aloja en Escocia) y el guía menciona la unión de las dos coronas, “que acaeció a la muerte de la reina Isabel I de Inglaterra. En esa época, Jacobo VI era rey de Escocia; así fue como se convirtió también en el rey Jacobo I de Inglaterra.” (p. 96)

Y aquí me vino a la memoria una lectura anterior. En mis ya mentadas andanzas por librerías de usados compré varios volúmenes de The Royal readers. Eran unas antiguas obras (el que tengo en mano es el nº 4, de 1946) editadas por Thomas Nelson and Sons (London, Edinburgh, New Cork, Toronto, and Paris). Aunque escandalice a más de uno, abomino de casi todos los libros actuales de idiomas, llenos de ejercicios insípidos y de cosas de la vida cotidiana, que ya bastante nos fatiga con los media). En cambio los viejos estaban repletos de enseñanzas, pletóricos de geografía, de historia y, sobre todo, de bellísimos dibujos, grabados y elevados textos literarios: libros de cuarto grado traían fragmentos de escritores que hoy un alumno de quinto año apenas podría leer sin equivocarse). Vuelvo a pedir disculpas al lector por mi desenfrenado blablá y me concentro en “Bruce and the spider.” En efecto así se llama un poema de Eliza Cook, británica del s. XIX, que hay en ese viejo tesoro escolar (pp. 150-152). Cuenta esa historia que Robert Bruce desesperaba ya de su lucha por Escocia y buscó refugio en una cueva. Vio allí una araña que nueve veces repitió su intento de llegar a lo alto de la cueva, para poder desde allí tender su tela. Finalmente lo consiguió y Robert obtuvo de allí la ejemplaridad que nos cuenta la poetisa:

“Bravo! Bravo!” the king cried out;
“All honour to those who try:
The spider up there defied despair;–
He conquered, and why should not I?”

Esto se refleja en la vida diaria pues en alguna parte de las antiguas cajas, color gris plateado, del whisky Chivas Regal está la imagen de Bruce mirando a la araña. Pero termino con la historia de Carolyn Keene. Los villanos usaron una clave escrita en gaélico. Pues bien Nancy Drew busca desentrañar el enigma de estas palabras y para ello pregunta a Fiona, una chica escocesa que hablaba bien esa lengua celta:

“Fiona tomó un panecillo de una fuente que no habían quitado de la mesa y dijo: –Este es aran. Se pronuncia a-rran.
–¿Quiere decir pan?
–Sí –prosiguió Fiona–. Mañana iremos en un ló-ang. Se escribe long y quiere decir barco. En realidad, lo que vamos a tomar es un ferry-boat.
Nancy pestañeó excitada. ¡Súbitamente acababa de recordar que la palabra long figuraba en la nota hallada por ella en el cajón del escritorio!
–Fiona, ¿mall es una palabra? –preguntó.
–Sí. Se pronuncia ma-ul, y quiere decir lento.” (pp. 98-99)

Y la niña basó en esto parte de sus agudas pesquisas. En suma, tal vez esta novela detectivesca no sea la mejor, pero me enseñó varias cosas muy bellas de un bello país y me movió a aprender otras nuevas. Pero ahora voy a un tema mucho más humilde. En Argentina fue muy conocido el compositor popular Francis Smith. Murió el 11 de febrero de 2009 y su nombre verdadero era Francisco Brydon Smith, según informa La Nación en su edición del día siguiente. Sus canciones pegadizas fueron muy famosas en los años ’60 y ’70: Zapatos rotos, Otra vez en la vía, Estoy hecho un demonio y muchas otras. Smith, ‘herrero’, podría invocar diversos orígenes. En cuanto a Brydon, consulté con el Sr. Edmundo Murray, un escritor y estudioso argentino que vive en Suiza y es experto en la influencia irlandesa en América. Respondió que ese apellido le sonaba a escocés y me remitió al Rev. Jeremy Howat, presbítero anglicano que vivió en Buenos Aires y creó un sitio sobre los británicos en estas tierras (http://www.argbrit.org/). En efecto allí aparecen mencionados varios Brydon escoceses que se afincaron aquí. Agradecí tanto al Sr. Murray como al Rev. Howat sus informes. Poco después me vino a la memoria algo de diez años atrás: ¡yo había traducido al latín una canción de Francis Smith! El comienzo de De boliche en boliche era así:

De taberna in tabernam
perambulo noctem,
perambulo laetus.

Y una música me llevó a otra. Busqué en el sitio del Rev. Howat el apellido McCluskey (se escribe a veces con separación de prefijo). Y la Red vino en ayuda de mi desvalida memoria: “DON DEAN: Dean Mc Cluskey, americano de Oklahoma. Llegó a Argentina en los años 30, dirigiendo sus "Estudiantes de Hollywood". Debían proseguir su gira por Brasil, pero por una revolución en ese país permanecieron en Argentina. Dean conoció a su futura esposa, contrajo enlace y se radicó en el país, dirigiendo una gran orquesta que animaba los bailes en los salones más lujosos, como el Alvear y el Ambassadeur. Su tema característico fue precisamente "Bailando en el Alvear". En la foto de la derecha, con sus hijos Alex, Buddy, Patricia y Donald. Los mayores Buddy y Alex formaron los Mac Ke Mac's, mientras que los menores fueron solistas como Donald y Patricia Dean.” Esta información se halla en el muy buen sitio INTÉRPRETES ARGENTINOS (http://www.rockolafree.com.ar/ARG-D.htm#DonDean).

En fin, sepan perdonar los lectores si he mezclado lo sagrado y lo profano. En todo caso este humilde escrito sirve como testimonio de mi aprendizaje. Quizás Dios me conceda alguna vez la gracia de visitar algunos lugares del mundo celta. Por ahora debo conformarme con viajar con los libros (no es tan poca cosa) y con el trato con los celtas que viven aquí. A Jim Clark le decían The flying Scot: era ‘volador’, porque se deslizaba a velocidades fantásticas en su fórmula 1; también yo entonces puedo ser un poco volador y viajar a Escocia con la imaginación. Pero, poco después de escribir esto, tuve otra rara aproximación. Fuimos con mi mujer a visitar a Luis, un ex alumno mío que vive en Los Cardales, Provincia de Buenos Aires. Después de pasar un buen momento conversando y tomando el té ante el verde campestre, llegó el momento de la despedida. Luis e Inés, su mujer, nos obsequiaron unas cosas de platería del lugar. A mí me tocó nada menos que un precioso llavero de plata, obra del artesano Daniel Rojas, y que tiene hojas y flor de cardo, el emblema del lugar. Además de Los Cardales, pensé también en el célebre cardo de Escocia. En el sitio que cité antes, Scotland in Argentina, encuentro: “El Cardo – La Flor Nacional de Escocia. Es el emblema nacional de Escocia desde hace más de 700 años. Según la leyenda, hace mucho tiempo, los daneses invadieron Escocia sorpresivamente pero al no usar calzado y en la oscuridad, uno de ellos pisó un cardo y un grito agudo de dolor alertó a los escoceses y evitó una terrible matanza. A la planta que los salvó se la conoció como El Cardo Guardián.” En fin, esto es para quienes gustan de las coincidencias.


RADULFUS

martes, 24 de febrero de 2009

Canciones y cantores en la ODISEA

Por Enriqueta Frouté de Colantoni

INTRODUCCIÓN

La Odisea es un complejo relato de aventuras, centrado en un héroe que tiene dentro de sí un repositorio de relatos: historias similares a la del protagonista, historias que le sirven de contraste y variaciones que se abren en abanico sobre elementos comunes a unas y a otras. Hay paralelamente diferentes narradores –o cantores– que tienen a su cargo el hilo de la trama. Es necesario tener presente que, dentro de la tradición oral, el canto es el medio de transmisión del contenido, aun cuando algunos estudiosos crean que la Odisea, tal como la conocemos actualmente, es una obra pensada para la escritura.[1] Se advierten además, en las intervenciones de los distintos narradores, reflexiones explícitas o implícitas sobre la actividad creadora y sobre los valores de la poesía y sus fines. Se tratará, en este trabajo, de relevar esas situaciones y de rescatar este metalenguaje y la etiología del canto, tal como se presentan en la Odisea.

LA MATERIA DEL CANTO Y LOS CANTORES

¿Cuál es la materia del canto en la Odisea? Fundamentalmente, el itinerario de Odiseo, el más ingenioso de los jefes aqueos que marcharon a Troya. Los infortunios que padece en su viaje de regreso a Ítaca conformarán el argumento del canto. Sirviendo de fondo a esta historia, están los relatos de los otros regresos, de los demás nostoi.[2] Aventuras que tienen en común el punto de partida y el escenario marino del trayecto, que prueban a los héroes y los conducen de la victoria a la derrota o a la recuperación del reino perdido. El movimiento general es un desplazamiento de la periferia hacia el centro:[3] Odiseo viaja desde los extremos del mundo hacia su patria, para recuperar el hogar amenazado y el trono asediado por los pretendientes.

Vivamente contrastada con la historia de Odiseo, está la de Agamenón, particularmente en los cuatro primeros cantos: Telémaco viaja a Pilos y a Esparta para recuperar al padre perdido y lograr su ayuda para un reino en crisis. En esa situación, resulta ejemplar la historia del infortunado regreso de Agamenón a Mecenas y del hijo que llega demasiado tarde para salvar al padre de la muerte ignominiosa, preparada por el usurpador y la esposa adúltera. En la Telemaquia, el fin de Agamenón es una incitación a la acción para la inversión de signo en el resultado final.

La Telemaquia es también una preparación para la aparición del héroe, que domina con su ausencia el panorama de la acción: se habla de él y él es el centro de preocupación de los dioses y de los hombres. Se despliegan historias semejantes, con regresos felices, como los de Néstor y Menelao; especialmente esta última, que presenta dificultades y encierra un relato fabuloso, el de Proteo, como anticipo de las aventuras que afrontará más adelante el héroe.

Los relatos sobre la suerte de Áyax, Filoctetes, Idomeneo y Aquiles están en un plano más lejano y sirven de fondo a la línea principal de la acción. De estas historias se ocupan distintas voces; enana verdadera polifonía, toman el relato los dioses (Zeus, Atenea, Proteo); los sobrevivientes de Troya (Néstor, Menelao) y los héroes que ya están en el Hades (Agamenón y Aquiles). Estos cantores, ubicados dentro de la ficción en diferentes espacios, forman una estructura especular, dentro de la cual una historia se relaciona con todas las otras historias y donde un cantor siente el eco de los otros cantores. En el narrador se da la intersección entre los dos planos: el de la narración y el de lo narrado, tanto por la materia del canto, como por su origen divino.

Importantes son, para nuestro objetivo, los cantores profesionales que presenta Homero: Femio y Demódoco. En el palacio de Ítaca, Femio inicia un relato sobre los nostoi (1, 325 ss.) que Demódoco continuará en el rico palacio de los reacios (8, 487 ss.). Son variaciones sobre el mismo tema: Troya, sus héroes, sus aventuras y sus dioses. Es decir que cantan lo mismo que canta Homero. Este no se declara autor del relato, sino que le pide a una diosa que le dé su versión de los hechos: “cuéntame, oh diosa” (1, 1). Los otros aedos hacen lo mismo: ninguno de ellos canta por su propia capacidad técnica. Femio confiesa que canta por voluntad divina y se confiesa autodidacto: “Yo me he enseñado a mí mismo, que un dios me inspiró en la mente canciones de toda especie” (22, 347-348).

De Demódoco nos dice el narrador que: “La Musa le había concedido un bien y un mal: lo privó de la vista, pero le concedió el dulce canto” (8, 61-64). Demódoco es ciego para una determinada realidad, pero tiene el poder de instaurar otra con su propio canto. La especial relación del aedo con la divinidad es reconocida socialmente y se le concede un lugar de privilegio en los palacios: se lo ubica en el centro de las salas, apoyado en las columnas que sostienen el techo. Este carácter divino del canto inspirado le vale al otro cantor (Femio) el perdón de la vida en la matanza de los pretendientes (22, 344 ss.).

Valioso por la inspiración divina, tiene un efecto positivo sobre los hombres. En primer lugar, enfrenta a los actores con sus propias acciones y, al reconocerse en sus esfuerzos y dolores (sus patea), los oyentes se acercan a su propia verdad por el poder de la palabra que actualiza los hechos: Odiseo llora en el palacio de Alcínoo al escuchar la versión de su disputa con Aquiles (8, 83) y pide luego a Demódoco que le cuente la artimaña del caballo de madera, instrumento de la victoria para los aqueos (8, 492).

En segundo lugar, la areté es siempre merecedora de encomio y de imitación, en grado tal que Alción afirma que las desgracias de dánaos y troyanos se originaron con el fin de ser cantadas. De manera que no es el cantor el que presta relieve a la materia del canto inspirado sino que los dioses mismos originaron los hechos, para que sean ejemplo para los hombres, como historias dignas de ser contempladas (8, 579 ss.).

Sustituyendo a los cantores profesionales, el protagonista ocupa el centro y comienza a contar su propia historia en el racconto del palacio de Alción, que abarca cuatro cantos (IX-XII). Se ahonda aquí el plano de la narración, en el narrador y en lo narrado: se trata de un mundo más arcaico, poblado de monstruos y diosas, que se aleja en el tiempo; de las hazañas guerreras y del territorio conocido se remonta a los confines del espacio. En el canto XI confluyen la gloria del héroe y la del cantor, en la exclamación del rey de los reacios: “Tú das belleza a las palabras, tienes ingenio y, como un aedo, hiciste sabiamente la narración de tus crueles padecimientos y de los de todos los argivos” (11, 363-369).

Es en el relato de Odiseo donde aparecen cantoras divinas, cuyo canto no se vive como positivo, sino como amenaza. Será tarea del héroe el saber resistir esta seducción femenina, tal como lo había hecho en el relato de Menelao (4, 279 ss.). Allí Helena intenta hacer salir del caballo de madera a los griegos, llamándolos con la voz de sus esposas. Odiseo resiste y ayuda a los demás a resistir, impidiéndoles responder al llamado. Más que la materia del llamado, importa la cualidad de la voz, en esta extraña poliglosia que asimila a Helena con las otras divinidades: Calipso, Circe y las Sirenas.

Calipso es una ninfa que vive en una vasta gruta, en la remota isla de Ogigia. Este lugar apartado es un paraíso poblado por árboles de toda especie y regado por cuatro ríos. La ninfa canta en el interior de la gruta, mientras teje con lanzadera de oro (5, 68 ss.). La relación con la vegetación y con las aguas muestra a la diosa como administradora de un centro espiritual de la vida y la juventud eternas. Ella está, además, ubicada junto a una gran vid, la planta que produce un licor de inmortalidad.[4] Odiseo comparte sus amores, pero sólo como compañero de lecho. Es un paredro de la diosa, que se resiste a la boda sacra y añosa su tierra y su mujer, a punto tal que rechaza la oferta de Calipso.

Circe es la otra cantora divina. También ella teje y la trama de su tejido, como la de Calipso, está hecha con el hilo de la vida de los hombres. El canto que acompaña al tejido es el aspecto sonoro de la realidad visualmente simbolizada en el tejido: es la palabra que crea vida, es el recitado de la vida misma. Circe es una hija de Helios y su morada está en los confines del mundo. Ella no eleva a los visitantes a la altura de los dioses, sino que precipita en lo infrahumano. Ella degrada a los hombres a la condición de animal y los conduce a la muerte iniciática: indica a Odiseo el camino del Hades como única ruta de regreso y, al volver, él y sus compañeros habrán muerto en vida (12, 21).

Las entradas al paraíso y al infierno están marcada por dos mujeres seductoras, que intentan retener al héroe con sus amores. Su apariencia es falsa, ya que no son mujeres sino divinidades, y tienen extrañas habilidades canoras. Homero emplea para ambas el epíteto audéessa, ‘de voz canora’; y siendo audé la palabra en su aspecto musical y sonoro, su canto importa fundamentalmente por su cualidad (12, 150). Circe, por otra parte, “hace resonar todo el pavimento con su canto” (10, 227). Una tercera divinidad lleva este epíteto: es Ino-Leucótea, la diosa blanca del mar, que socorre al héroe en su naufragio y le facilita la llegada al país de los feacios. El epíteto ‘de la voz sonora’ se debe también a la Artemisa efesia, venerada como pótnia lýras.[5] Esta denominación se atribuía a la gran diosa mediterránea, de cuyos caracteres y atribuciones participan las tres divinidades que Odiseo encuentra.

Hay otras dos mujeres, esta vez con apariencia de diosas, que aparecen en relación con el agua: Nausícaa y la princesa lestrigona. La primera juega y canta junto al río y la segunda lleva un cántaro a la fuente. Nausícaa es comparada con Artemisa en medio de su cortejo de ninfas y la hija de los lestrigones pertenece a un mundo de gigantes. Son dos episodios paralelos a los de Calipso y Circe, pero en un plano menor. La princesa feacia hace una velada propuesta de amores al forastero: “ojalá a tal varón pudiera llamársele mi marido, viviendo acá; ojalá le pluguiera quedarse con nosotros” (6, 244-245). El rey mismo la refrenda luego: “ojalá tomases a mi hija por mujer” (7, 313). Esta tentación de vivir en la tierra de la edad de oro es también rechazada por Odiseo.

En el mundo de los lestrigones la aventura conduce al peligro de lo infrahumano: los lestrigones arponean a los compañeros de Odiseo como si fueran peces y los convierten en comida (10, 115 ss.).

LAS SIRENAS

El aspecto negativo del canto en grado sumo, como aniquilación y descomposición, ocupa un lugar central en la obra, con el episodio de las sirenas. Son éstas monstruos que “hechizan con el sonoro canto, sentadas en una pradera y teniendo a su alrededor enorme montón de huesos de hombres putrefactos” (12, 44 ss.). Como las diosas, se distinguen por la cualidad de su canto y, como los aedos, ocupan el centro.

En el arte funerario, aparecen sirenas con barbas,[6] lo cual muestra que había sirenas-hombres y sirenas-mujeres. El sexo femenino marca la atracción sexual vinculada con el canto como círculo mágico y el poder de vida y muerte asociado con la mujer en los antiguos mitos. Como las ninfas (y las musas), las sirenas están relacionadas con las aguas. Viven a la orilla del mar, en un lugar lejano, relacionado con la entrada al país de los cimerios –las ninfas están diseminadas por doquier y las musas aparecen limitadas al monte Helicón y a la fuente Hipocrena. También las sirenas introducen a los viajeros a un reino: el de la muerte. Con su canto encantaban a los que llegaban ante la reina de los infiernos, reduciendo la amargura de la muerte. Eran compañeras de Prosérpina, convertidas en monstruos luego del rapto, según un antiguo mito. Son deidades poderosas, con un cuerpo de pájaro, como antiguas figuraciones de la gran diosa mediterránea, y corona en la cabeza para señalar su poder.

¿En qué reside la atracción de las sirenas? Quizás en la sugerente cualidad de la voz, pero también en la materia del canto: “célebre Odiseo, gloria insigne de los aqueos” (12, 184). Las sirenas seducen adulando y los hombres se pierden a sí mismos, contemplando su propia imagen reflejada en un espejo, como Narciso.

Ellas prometen recrear a los hombres, aliviarlos: “nadie ha pasado sin que oyera la suave voz que fluye de nuestra boca, sino que todos se van después de recrearse con ella” (12, 186-187). Las sirenas mienten, ya que está a la vista de todos la muerte que producen; sin embargo atraen con triple promesa: belleza de la voz, recreación y sabiduría. Los hombres se van sabiendo más que antes (cf. 12, 187-188).

¿Pero cuál es el argumento de su canción? No es otro que el relato de Odiseo y que el relato de Homero. En un tercer nivel de profundidad, ellas narran la misma historia: “Sabemos cuántas fatigas padecieron en la vasta Troya argivos y teucros, por la voluntad de los dioses, y conocemos cuanto ocurre en la tierra fértil” (12, 190-192). La tentación de las sirenas alcanza al héroe y al cantor: a Odiseo como narrador de su propia geta y a Homero, en cuanto es peligro mayor del cantor el complacerse en su propio canto y en creer en su omnisciencia. Saberlo todo es una forma de ser como dioses, por apropiación de la sabiduría, que es una potestad divina. Es una forma de ser dioses o de creer serlo. Pero la sabiduría asociada al propio canto y a la propia canción es una mentira dicha por un monstruo que arrastra a la muerte. Quedar atrapado en el canto es la amenaza del cantor; si sucumbe a ella, morirán uno y otro, atrapados en su propia vacuidad y falta de trascendencia.

LA RECUPERACIÓN DEL CENTRO

La intervención del protagonista como narrador se incrementa a su llegada a Ítaca. La tierra de los feacios ha sido un lugar de paso en el movimiento general del relato que va de la periferia al centro. Es también un lugar intermedio entre lo divino y lo humano. Es interesante considerar que el tránsito de uno a otro plano se realiza mediante el sueño, estado límite entre la vida y la muerte. En la relación vigilia-sueño hay, además, un paralelo realidad ficción, por ser el mundo del sueño una imagen especular del mundo en el cual vivimos.

Estos planos se implican mutuamente y la periferia y el centro son semejantes: la gruta de las ninfas, como la de Calipso, tiene apertura a lo divino. En la gruta de Ítaca hay agua fecundante, telares de las diosas (con la tela purpúrea del rey) y un panal de abejas. Las abejas, asociadas a las ninfas, marcan aquí la gloria del héroe y su canto, a los que aseguran la inmortalidad.[7]

Las historias de Ítaca son las del pseudo-cretense. En un relato alternativo, Odiseo relata una historia con apariencia de verosimilitud: es un cretense, hombre rico y guerrero destacado que hizo incursiones a Egipto, pero que fue apresado y esclavizado por imprudencia de sus compañeros. Sabe reponerse, porque es hombre de recursos, y alcanza riquezas, que quedan en depósito en el país de los feacios (o de los tesprotos), pero resulta engañado por piratas fenicios. La historia se va desgranando de a poco: a Atenea-pastor (13, 256 ss.), a Eumeo (14, 192 ss.), a Antínoo (16, 415 ss.) y a Penélope (19, 172 ss.). Son relatos antiheroicos que contrastan con lo narrado en el país de los feacios. El derrotero de esta odisea alternativa es el territorio conocido del sur y del este, y las amenazas provienen de los hombres que lo habitan (fenicios, egipcios, tesprotos). Odiseo se enmascara en el relato, tal como lo está en el exterior, convertido en viejo y en mendigo. En dos situaciones paralelas se enmascara el protagonista antes del asalto final: entra a Troya disfrazado de mendigo (4, 245 ss.); entra a su tierra y a su palacio de la misma forma. Se hace inofensivo para lograr eficacia; baja para ascender.

El terreno intermedio es la casa del porquerizo, lugar hospitalario donde se desarrollo en amplitud la historia del pseudo-cretense y llega al punto más alto este tipo de canto utilitario. Particularmente interesante es el segundo relato a Eumeo: la emboscada nocturna a los troyanos (14, 462 ss.). Allí confluyen los dos: mendigo y héroes; y los dos Odiseas: el narrador y el protagonista. La historia es la siguiente: transido de frío por carecer de manto, el pseudo-cretense le dice a Odiseo que está a punto de morir congelado. Por toda respuesta, Odiseo le pide silencio y finge haber tenido un sueño premonitorio sobre la necesidad de pedir refuerzos a las naves. Toante se desprende del manto y corre hacia el campamento de los aqueos, circunstancia que aprovecha el pseudo-cretense.

Inmediatamente pasa a señalar igual necesidad a su receptor y Eumeo le alcanza unas pieles para cubrirse, en premio por el relato: “porque la historia que acabas de hacer es irreprensible y nada has dicho que sea inútil o incoherente” (14, 508-509). Los narradores y la narración se implican, gracias a una caprichosa elaboración del tiempo, que zigzaguea constantemente entre el presente, el pasado y el futuro. Odiseo y el tono del canto han descendido para elevarse. En la serie de anagnórisis que preceden al triunfo final, el héroe avanza hacia su centro: el lecho nupcial construido con el olivo sagrado que es eje y sostén de su palacio. Allí recupera a la reina y el canto vuelve a elevarse y a retomar el signo ejemplar: Odiseo vuelve a ser el héroe que desdeña a las diosas y puede evitar a las sirenas. Ha perdido la posibilidad de una eternidad desdichada, para reintegrarse a la felicidad humana junto a la esposa-reina, bajo la protección divina.


[1] FERNÁNDEZ GALIANO, Manuel, “La tradición homérica”, en Introducción a Homero. Madrid, Alianza, 1963.
[2] Para mayor comodidad tipográfica, translitero (sé que imperfectamente) los caracteres griegos. [Nota del editor.]
[3] VIDAL-NAQUET, Pierre, “Land and sacrifice in the Odyssey”, en The black hunter. London, The Johns Hopkins Univ. Press, 1984.
[4] ELIADE, Mircea, Tratado de historia de las religiones. México, Era, 1981, p. 260. Compara a Calipso con Siduri, la muchacha que ofrece el licor de la inmortalidad a Gilgamesh.
[5] UNTERSTEINER, Mario, Le origini della tragedia e del tragico. Torino, Einaudi, 1955, p. 122.
[6] KERÉNYI, Karl, Gli dei e gli eroi della Grecia, III. Milano, Garzanti, 1988, p. 56.
[7] OTTO, Walter. “Las ninfas”, en Las Musas. Buenos Aires, Eudeba, 1981.